jueves 19 de enero de 2012

Okupando a Góngora

 

Varias veces les he hablado en esta página del barrio de las letras de Madrid, donde hace tres siglos se cruzaban cada mañana, camino de comprar el pan, los periódicos o lo que se comprase entonces, Quevedo, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Góngora y el buen don Miguel de Cervantes, entre otros. Cada cual, como españoles de fina casta que eran, con sus fobias, envidias, desprecios y descalificaciones mutuas a punto de nieve. También comenté en alguna ocasión que si un barrio con semejante pedigrí hubiera estado en Londres o París, todo el lugar sería hoy un inmenso museo al aire libre cuajado de bibliotecas, placas conmemorativas, monumentos y autobuses con turistas. Pero donde está es en Madrid, a ver si me entienden. Capital de España, o de lo que sea este puticlub de carretera. Así que pueden imaginar la diferencia.
Una de esas diferencias ocurrió hace unos días. Y lo más simpático no es la anécdota, sino su desarrollo y posterior tratamiento mediático. Un grupo de okupas se había instalado, mediante el procedimiento tradicional de patada a la puerta y de aquí no me saca ni Kristo bendito, en una casa de la calle Huertas en la que vivió Góngora después de que su enemigo mortal Francisco de Quevedo comprase su anterior vivienda, a fin de darse el gustazo de echarlo a la calle. La casa —ya hemos precisado que hablamos de Madrid— estaba hecha una piltrafa, decrépita y llena de escombros. Así que los okupas se instalaron tan ricamente con su parafernalia habitual, también llamada ajuar perroflauta de toda la vida. Con la seguridad, por otra parte, que a cualquier okupa bien informado le da saber con certeza absoluta que en España, líder mundial en libertades y derechos del hombre y la mujer, si te metes por el morro en una casa ajena, es seguro que entre el hecho, la demanda del propietario, la decisión judicial y la ejecución de la sentencia de desalojo, si llega a producirse, y dependiendo de que el juez sea compañero de carrera o colega de universidad del abogado de una parte o de la otra, pueden transcurrir veinte años. O más.
El caso es que esos inquilinos por la kara estaban instalados en la antaño gongorina y ahora ruinosa morada, gozando de pleno derecho las innumerables facilidades que la Justicia española en general y el Ayuntamiento de Madrid en particular prestan a esta suerte de bonitas iniciativas populares. Pero siempre hay un pelo en la sopa. En ésas, algún propietario desesperado, impaciente, y si rascamos un poco seguro que fascista, racista, machista, violento, homófobo y misógino —etiquetas que en España suelen atribuirse en bloque a cualquiera que no se baje los calzones y ofrezca el ojete sin rechistar— debió decidir que aquella situación la solucionaba él a título personal, por el artículo catorce. Así que cuatro individuos fornidos tiraron la puerta, cogieron a los okupas en brazos y los sacaron a la calle. Acto reprobable, éste, que acogiéndome a la retórica al uso me apresuro a calificar —conste en acta para que no haya dudas sobre mi punto de vista ético— de terrorismo urbano. Incluso de genocidio perroflauta. De mi opinión debieron ser también los desalojados; pues en seguida pidieron apoyo a través de las redes sociales, y al poco se congregaron tres docenas de presuntos representantes del 15-M exigiendo reparación aún más indignados si cabe; pues la policía, que acabó presentándose, no actuó contra los malvados desalojadores ni devolvió las cosas al statu quo ante. Como si no estuviera clarísimo y consagrado por el uso hispano que, entre patada a la puerta de un okupa y patada a la puerta de un propietario, el segundo es quien actúa al margen de la ley, y el primero es la verdadera víctima del asunto. Por favor. A estas alturas.
Por cierto: escalofriante testimonio sobre la demencial pesadilla sufrida por los desalojados —algunos periodistas parecían compartir su asombro y justa indignación— fue el de una joven que afirmó, aún nerviosa del soponcio, que lo había pasado muy mal al verse sacada así a la calle, de sopetón, y que lo que había hecho el propietario de la casa era una infamia social de las que no tenían nombre, ni apellidos. Tras cuyo pertinente telediario, supongo, el Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid enviaron con suma urgencia un equipo de psicólogos y psicólogas para aliviarle el trauma. Eso me lleva a sugerir sin reservas que en las próximas okupaciones, tanto si son en las casas ruinosas de Góngora, Quevedo o Cervantes como en la del Payaso Fofó —que también tiene calles en España, y posiblemente en mayor número y con la placa más grande—, la policía abandone esa vergonzosa pasividad que me atrevo a calificar de filonazi y proteja de propietarios y otros energúmenos a quienes debe proteger. Que para eso cobra, la muy perra.

lunes 16 de enero de 2012

Miembras


Ahora que nos disponemos a entrar en el “Año Mariano”, me gustaría recordar lo que para mí fue uno de los momentos más memorables de la “Era ZP”.


A mediados de 2008, la “menestra” Bibiana Aído (pueden consultar su apabullante curriculum haciendo clic —perdón, cliqueando— en su nombre) realizaba su primera comparecencia para anunciar la puesta en marcha del teléfono gratuito de atención a víctimas del maltrato 016, la Ley de Igualdad de Trato, el Plan Integral de Lucha contra la Trata de Seres Humanos con fines de explotación sexual y otros muchos avances para la igualdad real en nuestro país. Sin embargo, todo ello quedó eclipsado por su referencia a “los miembros y miembras de esta comisión”, quizás en un intento sin mala intención de subrayar el origen de su Ministerio. Al día siguiente, en el programa Los desayunos de TVE, explicó que se había debido a “un lapsus”, pero que no descartaba que dicho término pudiera llegar a incluirse próximamente en el diccionario. Esgrimiendo el sempiterno argumento de que «el idioma es reflejo de una sociedad machista,» se quejaba la ilustre señora de que «palabras como guay o fistro (sic) no tuvieron tanta dificultad para ser incorporadas al diccionario». Desconozco cuál es el diccionario de cabecera de esta “fistra”, pero por más que busco no encuentro el palabro en ningún diccionario. Adujo asimismo que su “lapsus” se debía a su reciente viaje a Iberoamérica, donde, según ella, se emplea dicho palabro; nada más lejos de la realidad.


No tardaron en llegar por doquier aluviones de críticas, alabanzas, discusiones y comentarios de todo tipo; incluso se creó una bitácora ad hoc.
Quienes estaban a favor argumentaban que, del mismo modo que la profesión de “modista” dio lugar al término “modisto” al comenzar a ser desempeñada por hombres (yo la verdad no lo había oído antes, al igual que “sastra”, aunque sí que conocía otros como “diseñador/a”, “creador/a” o “costurero/a”). Sin embargo, el razonamiento se queda un poco cojo: si lo trasladamos a otras profesiones, deberíamos concluir que el fútbol era una profesión inicialmente practicada por mujeres (“futbolistas”), y que más adelante se hizo también popular entre los hombres, a los cuales deberíamos denominar “futbolistos”; del mismo modo, las “policías” se dedicaban a la protección y seguridad de los ciudadanos, aunque más adelante pasó a ser una profesión mayoritariamente masculina (“policíos”), y lo mismo ocurre en el caso de las “dentistas” y “dentistos”, “anestesistas” y “anestesistos”, “pediatras” y “pediatros”, “electricistas” y “electricistos”, “jirafas” y “jirafos”, “víctimas” y “víctimos”, “pensionistas” y “pensionistos”, “poetas” y “poetos”, “sindicalistas” y “sindicalistos”, “pianistas” y “pianistos”, “golfistas” y “golfistos”, “funambulistas” y “funambulistos”, “turistas” y “turistos”, “telefonistas” y “telefonistos”, “masajistas” y “masajistos”, “trompetistas” y “trompetistos”, “artistas” y “artistos”, “taxidermistas” y “taxidermistos”, “paisajistas” y “paisajistos”, “taxistas” y “taxistos”, “violinistas” y “violinistos”, “espías” y “espíos”, “guardaespaldas” y “guardaespaldos”, “personas” y “personos”, “curas” y “curos”, “cantamañanas” y “cantamañanos”, e incluso “machistas” y “machistos”. En el caso de las “piernas”, ¿deberían llamarse “piernos” cuando se trate de las extremidades de un hombre?
Siguiendo la misma lógica, “jineta” sería el femenino de “jinete”, “paja” el de “paje”, “gerenta” el de “gerente”, “titana” el de “titán”, “jóvena” el de “joven”, “sera” el de “ser” (“la mujer es una sera viva”), como indicativos de que la animadversión no va dirigida exclusivamente a palabras acabadas en o, sino que es mucho más amplia. La solución a este guirigay se encuentra en nuestra desconocida gramática. Veamos de qué se trata:
Los sustantivos en español pueden ser masculinos o femeninos. Cuando el sustantivo designa seres animados, lo más habitual es que exista una forma específica para cada uno de los dos géneros gramaticales, en correspondencia con la distinción biológica de sexos, bien por el uso de desinencias o sufijos distintivos de género añadidos a una misma raíz, como ocurre en gato/gata, profesor/profesora, nene/nena, conde/condesa, zar/zarina; bien por el uso de palabras de distinta raíz según el sexo del referente (heteronimia), como ocurre en hombre/mujer, caballo/yegua, yerno/nuera; no obstante, son muchos los casos en que existe una forma única, válida para referirse a seres de uno u otro sexo: es el caso de los llamados “sustantivos comunes en cuanto al género” y de los llamados “sustantivos epicenos”. Si el referente del sustantivo es inanimado, lo normal es que sea sólo masculino (cuadro, césped, día) o sólo femenino (mesa, pared, libido), aunque existe un grupo de sustantivos que poseen ambos géneros, los denominados tradicionalmente “sustantivos ambiguos en cuanto al género”.
Sustantivos comunes en cuanto al género son los que, designando seres animados, tienen una sola forma, la misma para los dos géneros gramaticales. En cada enunciado concreto, el género del sustantivo, que se corresponde con el sexo del referente, lo señalan los determinantes y adjetivos con variación genérica: el/la pianista; ese/esa psiquiatra; un buen/una buena profesional. Los sustantivos comunes se comportan, en este sentido, de forma análoga a los adjetivos de una sola terminación, como feliz, dócil, afable, etc., que se aplican, sin cambiar de forma, a sustantivos tanto masculinos como femeninos: un padre/una madre feliz, un perro/una perra dócil.
Sustantivos epicenos son los que, designando seres animados, tienen una forma única, a la que corresponde un solo género gramatical, para referirse, indistintamente, a individuos de uno u otro sexo. En este caso, el género gramatical es independiente del sexo del referente. Hay epicenos masculinos (personaje, vástago, tiburón, lince) y epicenos femeninos (persona, víctima, hormiga, perdiz, ratio). La concordancia debe establecerse siempre en función del género gramatical del sustantivo epiceno, y no en función del sexo del referente; así, debe decirse «La víctima, un hombre joven, fue trasladada al hospital más cercano», y no «La víctima, un hombre joven, fue trasladado al hospital más cercano». En el caso de los epicenos de animal, se añade la especificación macho o hembra cuando se desea hacer explícito el sexo del referente: «La orca macho permanece cerca de la rompiente zarandeada por las aguas de color verdoso».
Sustantivos ambiguos en cuanto al género son los que, designando normalmente seres inanimados, admiten su uso en uno u otro género, sin que ello implique cambios de significado: el/la armazón, el/la dracma, el/la mar, el/la vodka. Normalmente la elección de uno u otro género va asociada a diferencias de registro o de nivel de lengua, o tiene que ver con preferencias dialectales, sectoriales o personales. No deben confundirse los sustantivos ambiguos en cuanto al género con los casos en que el empleo de una misma palabra en masculino o en femenino implica cambios de significado: el cólera (‘enfermedad’) o la cólera (‘ira’); el editorial (‘artículo de fondo no firmado’) o la editorial (‘casa editora’). De entre los sustantivos ambiguos, tan sólo “ánade” y “cobaya” designan seres animados.
En los sustantivos que designan seres animados, el masculino gramatical no solo se emplea para referirse a los individuos de sexo masculino, sino también para designar la clase, esto es, a todos los individuos de la especie, sin distinción de sexos: “El hombre es el único animal racional”; “El gato es un buen animal de compañía”. Consecuentemente, los nombres apelativos masculinos, cuando se emplean en plural, pueden incluir en su designación a seres de uno y otro sexo: “Los hombres prehistóricos se vestían con pieles de animales”; “En mi barrio hay muchos gatos” (de la referencia no quedan excluidas ni las mujeres prehistóricas ni las gatas). Así, con la expresión “los alumnos” podemos referirnos a un colectivo formado exclusivamente por alumnos varones, pero también a un colectivo mixto, formado por chicos y chicas. A pesar de ello, en los últimos tiempos, por razones de corrección política, que no de corrección lingüística, se está extendiendo la costumbre de hacer explícita en estos casos la alusión a ambos sexos: «Decidió luchar ella, y ayudar a sus compañeros y compañeras». Se olvida que en la lengua está prevista la posibilidad de referirse a colectivos mixtos a través del género gramatical masculino, posibilidad en la que no debe verse intención discriminatoria alguna, sino la aplicación de la ley lingüística de la economía expresiva; así pues, en el ejemplo citado pudo —y debió— decirse, simplemente, “ayudar a sus compañeros”. Solo cuando la oposición de sexos es un factor relevante en el contexto, es necesaria la presencia explícita de ambos géneros: “La proporción de alumnos y alumnas en las aulas se ha ido invirtiendo progresivamente”; “En las actividades deportivas deberán participar por igual alumnos y alumnas”. Por otra parte, el afán por evitar esa supuesta discriminación lingüística, unido al deseo de mitigar la pesadez en la expresión provocada por tales repeticiones, ha suscitado la creación de soluciones artificiosas que contravienen las normas de la gramática: “las y los ciudadanos”.
Para evitar las engorrosas repeticiones a que da lugar la reciente e innecesaria costumbre de hacer siempre explícita la alusión a los dos sexos (los niños y las niñas, los ciudadanos y ciudadanas, etc.), ha comenzado a usarse en carteles y circulares el símbolo de la arroba (@) como recurso gráfico para integrar en una sola palabra las formas masculina y femenina del sustantivo, ya que este signo parece incluir en su trazo las vocales a y o: “l@s niñ@s”. Debe tenerse en cuenta que la arroba no es un signo lingüístico y, por ello, su uso en estos casos es inadmisible desde el punto de vista normativo; a esto se añade la imposibilidad de aplicar esta fórmula integradora en muchos casos sin dar lugar a graves inconsistencias, como ocurre en “Día del niñ@”, donde la contracción sólo es válida para el masculino “niño”.
Por otra parte, en castellano existen los participios activos como derivado de los tiempos verbales. El participio activo del verbo atacar es “atacante”; el de salir es “saliente”; el de cantar es “cantante” y el de existir, “existente”. ¿Cuál es el del verbo ser? Es “ente”, que significa “el que tiene entidad”, en definitiva “el que es”. Por ello, cuando queremos nombrar a la persona que denota capacidad de ejercer la acción que expresa el verbo, se añade a este la terminación “-nte”. Así, al que preside, se le llama “presidente” y nunca “presidenta”, independientemente del sexo (masculino o femenino) del que realiza la acción. De manera análoga, se dice “capilla ardiente”, no “ardienta”; se dice “estudiante”, no “estudianta”; se dice “independiente” y no “independienta”; “paciente”, no “pacienta”; “dirigente”, no dirigenta”; “residente”, no “residenta”.
Es cierto que el sistema morfológico del idioma permite la creación de femeninos (y masculinos), por lo que podrían aplicarse las reglas correspondientes para ese fin, pero analizando siempre cada caso particular y no generalizando sin razón, es decir, sin incurrir en el error de extender o generalizar las marcas morfológicas de género (-o para el masculino y -a para el femenino) a cualquier palabra. Efectivamente, estos dos morfemas sirven para marcar esos géneros en muchísimas palabras, pero de esto no puede deducirse que todas las palabras que terminan en -o deberán tener una opción en -a cuando se refieran a mujeres, ni tampoco que todas las palabras que terminan en -a deberán tener una opción en -o cuando se refieran a varones.
Si se consulta Google, se encuentran ejemplos del femenino “ídola”, como “Tú eres una ídola” para referirse a una cantante. La forma que registran los diccionarios es “ídolo”, cuya primera acepción es ‘imagen de una deidad objeto de culto’, es decir, se aplica a cosas (y los sustantivos referidos a cosas —incluidos los usos figurados, como las metáforas— generalmente no cambian de género cuando se aplican a personas); la segunda acepción que proporciona el DRAE es ‘persona o cosa amada o admirada con exaltación’. Los usuarios de “ídola” seguramente se limitan a pensar que, si “ídolo” termina en o, solo puede referirse a varones, por lo cual deben emplear un femenino que acabe en a cuando se refiere a mujeres. Si este análisis fuera correcto, también, para referirse a una mujer, deberían decir Tú eres una “ícona” o Tú eres una “mita” en vez de Tú eres un ícono o Tú eres un mito. Esto es tan poco lógico como decir Juan es el “glorio” del equipo o Juan es un “fábulo” en vez de Juan es la gloria del equipo o Juan es una fábula.
Uno no puede cambiar el género de la palabra “mesa” porque le dé la gana. ¿Por qué “la mesa” o “la mano” (que acaba en o) son femeninas? No hay una razón semántica primaria que lo explique. A lo mejor la hubo, milenios atrás, pero nadie la recuerda. La mayor parte de las palabras son femeninas o masculinas porque lo son, igual que hay verbos de la primera y de la segunda conjugación. Y no hay que buscarle más explicación. Los hablantes pueden proponer innovaciones lingüísticas y estas ser aceptadas. Pero otras veces se quedan en ocurrencias individuales. Los hablantes tienen el derecho de hacer innovaciones lingüísticas y propaganda de ellas; cada quien que diga lo que quiera, “miembra” o lo que sea, pero no se puede pretender que la RAE lo sancione, porque no es un uso real.
A veces se aduce que este tipo de formaciones sirven para aclarar un contexto, como un titular que diga “Fernández, excelente miembro del grupo, triunfó anoche”. Obviamente, no se puede saber si Fernández es el apellido de una mujer o de un varón. Pero decir que eso se resuelve con emplear “miembra” en caso de referirse a una mujer sería como decir que también se desambiguaría si, en vez de “Fernández, excelente cantante [o integrante] del grupo, triunfó anoche”, se empleara “cantanta” o “integranta”. El problema es la redacción del titular, no el sustantivo empleado. La lengua no es siempre diáfana. Hay muchísimas ambigüedades que solo los contextos aclaran.
Las palabras son masculinas o femeninas por el artículo que las encabeza, no por su terminación. Por eso, cuando alguien dice “la miembro”, esa palabra es femenina. No se puede regular el lenguaje desde arriba, porque es un acto colectivo. Si quisiéramos poner una concordancia en los nombres y decir “la miembra”, ¿por qué no llevarlo más allá y extenderlo al verbo y decir “la miembra ha venida de París”? En francés y en italiano se hace. Sería posible en castellano, pero también absurdo. ¿Es que el español es más machista por tener un participio invariable? Es inapropiado pretender solucionar problemas sociales por la vía del lenguaje.
Incluso a veces se pierden usos que antes existían. El DRAE todavía recoge “culebro”, sustantivo masculino, aunque lo marca como “desusado”. Los propios hablantes han preferido solamente la forma femenina para referirse también a los machos de estos animales: “la culebra hembra”, “la culebra macho”.
En el caso de la palabra “miembro”, procede del latín membrum, -i, sustantivo de género neutro que se usaba primeramente para referirse a cosas con el sentido de ‘parte’. Lo mismo sucedió en español. La primera acepción de “miembro” que proporciona el DRAE es ‘cada una de las extremidades del hombre o de los animales articuladas con el tronco’, y la segunda es ‘pene’ (antes “miembro viril”, igual que en latín: “membrum virile”). Las acepciones tercera, cuarta, quinta y sexta se refieren a las partes de algo. Y la última acepción, la séptima, es la única que se refiere a personas y se define como ‘individuo que forma parte de un conjunto, comunidad o cuerpo moral’.
Otra palabra que se aplicaba originalmente a cosas es “parte”; si consultamos el DRAE, vemos que las acepciones octava y novena se refieren a personas: ‘cada una de las personas que contratan entre sí o que tienen participación o interés en un mismo negocio’ y ‘cada una de las personas o de los grupos de ellas que contienden, discuten o dialogan’. Por eso, cuando se habla de “las partes de un contrato”, nos referimos a las personas que participan en él, independientemente de si son mujeres o varones. Incluso podrían ser dos varones y se hablaría de “ambas partes”. Del mismo modo, se puede hablar de “los dos pilares de este proyecto” y referirse a dos mujeres, o de “las dos estrellas del concierto” y referirse a dos varones. En ninguno de los dos casos mencionados es necesario cambiar el género gramatical de “pilar” o de “estrella”; tampoco si decimos que “Mariano es una maravilla” o que “Bibiana es un desastre”.
Y ahora, la pregunta: nuestros políticos y muchos periodistas (hombres y mujeres, que los hombres que ejercen el periodismo no son “periodistos”), ¿hacen mal uso de la lengua por motivos ideológicos o por ignorancia de la Gramática de la Lengua Española? Creo que por las dos razones. Es más, creo que la ignorancia les lleva a aplicar patrones ideológicos y la misma aplicación automática de esos patrones ideológicos los hace más ignorantes (a ellos y a sus seguidores).
Queda claro entonces que la lengua no es sexista; lo es en todo caso la sociedad. No se puede cambiar la lengua por decreto, pero sí se puede apoyar el cambio positivo de la sociedad. El lenguaje se crea todos los días y hay palabras que triunfan y otras no. La lengua es el organismo más democrático que existe en el mundo. Las instituciones pueden legislar sobre el lenguaje, pero las reformas solo funcionan si la mayoría de los hablantes las aceptan. La gente nunca consulta a las autoridades antes de abrir la boca. La lengua es un organismo que cambia, es un ser vivo.
Como indicó en su día Javier Marías, «es absurdo, además de dictatorial, que diferentes grupos —sean feministas, regionales o étnicos— pretendan, o incluso exijan, que la RAE incorpore tal o cual palabra de su gusto, suprima del diccionario aquella otra de su desagrado, o “consagre” el uso de cualquier disparate o burrada que les sean gratos a dichos grupos.» Es decir, que las palabras tienen que estar al servicio de las personas y no al revés.
Félix de Azúa profundizó un poco más explicando que «Lo que desdichadamente oculta el juego de imponer el vocablo “miembras” es la inoperancia de una lucha por la igualdad concebida desde el deseo y no desde la realidad y la necesidad. Pone de manifiesto la nula voluntad de enfrentarse con las causas reales de la desigualdad. Es la actitud conservadora de toda la vida que se arrodilla ante el poder real, pero vende publicidad onírica contra el poder. Quienes se enriquecen gracias a la desigualdad deben de estar felices con su “miembra”.»
Visto todo lo anterior, llegamos a la conclusión de que la mismísima Ministra de Igualdad no fue sino una víctima más del lenguaje machista, pues con frecuencia era calificada como “un cargo público” cuando, si aplicáramos la corrección política a nuestro lenguaje, debería ser calificada como “una carga pública”.
George Orwell: «Nuestra civilización está en decadencia y nuestro lenguaje —así se argumenta— debe compartir inevitablemente el derrumbe general. Se sigue que toda lucha contra el abuso del lenguaje es un arcaísmo sentimental, así como cuando se prefieren las velas a la luz eléctrica o los cabriolés a los aeroplanos. Esto lleva implícita la creencia semiconsciente de que el lenguaje es un desarrollo natural y no un instrumento al que damos forma para nuestros propios propósitos» (La política y el lenguaje).

miércoles 28 de diciembre de 2011

Las ocho propuestas de Democracia Real Ya


«El estamento político en España, producto de la transición, se ha mantenido impermeable a los deseos de proseguir modernizando la sociedad española. Yo recuerdo perfectamente, porque lo viví, que en la transición hubo reformas fundamentales que no se ultimaron por razones muy justificables. Se dejó que la elección de los representantes de los ciudadanos estuviera en manos de los partidos políticos. Cuando yo protestaba sobre eso, se me contestaba, con razón, que en un país esquilmado por el franquismo lo que había que hacer era fortalecer los partidos y que, cuando estuvieran estructurados y asentados, se cambiaría el sistema de elección. Lo mismo sucede con la separación de poderes. Aquí, el Ejecutivo interviene en el poder judicial. Las razones fueron las mismas: tras el control del franquismo de la judicatura, era conveniente un periodo de adaptación. No se podían hacer todas las revoluciones al mismo tiempo. Bien. Pero han pasado 30 años. El 15-M les recuerda a los políticos que no concluyeron su trabajo.»

viernes 16 de diciembre de 2011

El golpe de Estado de los bancos en la actual crisis económica

El alquimista paciente


La ciudad-estado de Venecia había sido próspera durante tanto tiempo que sus ciudadanos estaban convencidos de que su pequeña república tenía la suerte de su lado. Durante la Edad Media y el Renacimiento, su casi total monopolio sobre el comercio con Oriente la convirtió en la ciudad más rica de Europa. 


Bajo un beneficioso gobierno republicano, los venecianos disfrutaban de unas libertades que pocos italianos habían conocido anteriormente. Sin embargo, su fortuna cambió repentinamente en el siglo XVI. El descubrimiento del Nuevo Mundo transfirió el poder hacia la Europa atlántica: a los españoles y los portugueses, y más tarde a los holandeses y los ingleses. Venecia no podía competir económicamente y su imperio menguaba paulatinamente. El golpe final fue la devastadora pérdida de una preciada posesión mediterránea: la isla de Chipre, conquistada a Venecia por los Turcos en 1570.


Entonces las familias nobles de Venecia se arruinaron y los bancos comenzaron a venirse abajo. Los ciudadanos fueron presa de la melancolía y el abatimiento. Habían conocido un pasado fastuoso, bien por haberlo vivido, bien por haber escuchado historias sobre ello de sus mayores. La cercanía de los años de gloria lo hacía aún más humillante. En parte, los venecianos creían que la diosa Fortuna solo les estaba gastando una broma y que los buenos tiempos pronto volverían. Sin embargo, ¿qué podían hacer por el momento? 


En 1589 comenzó a extenderse por todo Venecia el rumor de la próxima llegada de un hombre misterioso llamado “Il Bragadino”, un maestro de la alquimia, un hombre que había conseguido increíbles riquezas merced a su habilidad, según se decía, de multiplicar el oro por medio del uso de una sustancia secreta. El rumor se extendía rápidamente, ya que unos años antes un noble veneciano de paso por Polonia había escuchado a un sabio profetizar que Venecia recuperaría sus pasados gloria y poder si pudiera encontrar un hombre que conociera el arte alquímico de la fabricación del oro. De este modo, mientras llegaban a Venecia las noticias sobre la cantidad de oro que tenía Bragadino (siempre estaba entrechocando monedas de oro en sus manos y su palacio estaba repleto de objetos dorados), algunos comenzaron a soñar: gracias a él, la ciudad prosperaría de nuevo. 


Por lo tanto, los miembros de las familias nobles más importantes de Venecia se dirigieron juntos a Brescia, donde vivía Bragadino. Recorrieron su palacio y observaron sobrecogidos la demostración de sus habilidades de producción de oro, simplemente con un pellizco de minerales aparentemente sin ningún valor y transformándolo en varias onzas de oro en polvo. Cuando el senado veneciano se disponía a debatir la idea de cursar una invitación a Bragadino para que se instalara en Venecia a cuenta de la ciudad, de pronto se corrió la voz de que competían con el Duque de Mantua por sus servicios. Llegó a sus oídos el relato de una espléndida fiesta en honor del duque en el palacio de Bragadino, destacando las ropas con botones dorados, relojes de oro, platos de oro y así sucesivamente. Preocupados por la posibilidad de perder a Bragadino frente a Mantua, el senado votó casi con unanimidad a favor de invitarle a Venecia y prometerle el montón de dinero que necesitaría para continuar viviendo con los mismos lujos; pero solo si se mudaba inmediatamente. 


Más adelante durante ese mismo año, el misterioso Bragadino llegó a Venecia. Sus penetrantes ojos negros bajo sus pobladas cejas y los dos enormes mastines negros que le acompañaban a donde fuera le convertían en una figura imponente e impresionante. Fijó su residencia en un suntuoso palacio en la isla de La Giudecca; la república financiaba sus banquetes, su costoso vestuario y todos sus caprichos. Una especie de fiebre por la alquimia se extendió por toda Venecia. En cada esquina, los vendedores ambulantes ofrecían carbón, alambiques, fuelles y manuales sobre la materia. Todo el mundo comenzó a practicar la alquimia; todos menos Bragadino. 



El alquimista parecía no tener ninguna prisa por comenzar a fabricar el oro que salvaría a Venecia de la ruina. Por extraño que parezca, esto no hacía sino aumentar su popularidad y sus seguidores; gente de toda Europa, e incluso Asia, se agolpaba para conocer a este hombre extraordinario. Pasaron los meses, con presentes que le llegaban a Bragadino a raudales de todas partes. Pero todavía no daba señales del milagro que los venecianos confiaban que hiciera. Al final, los ciudadanos comenzaron a impacientarse, preguntándose si tendrían que esperar toda la vida. Al principio los senadores les advirtieron de que no le metieran prisa: era un diablillo caprichoso al que había que convencer con zalamerías. Sin embargo, finalmente también la nobleza comenzó a especular y el senado se vio presionado a demostrar la rentabilidad de la enorme inversión de la ciudad. 


Bragadino solo tenía desdén para los escépticos, pero les dio una respuesta. Según les dijo, ya había depositado en la casa de la moneda de la ciudad la misteriosa sustancia con la que multiplicaba el oro. Podía utilizarse toda de una vez y producir el doble de oro pero, cuanto más lento fuera el proceso, mayor sería el rendimiento. Manteniéndolo durante siete años sellado en un cofre, la sustancia multiplicaría por treinta el oro de la casa de la moneda. 


La mayoría de los senadores estuvieron de acuerdo en recoger la mina de oro que prometía Bragadino. Otros, sin embargo, estaban furiosos: ¡siete años más con este individuo viviendo espléndidamente a expensas del dinero público! Y muchos de los ciudadanos de Venecia se hacían eco de esos sentimientos. Finalmente, los enemigos del alquimista exigieron que hiciera una demostración de sus habilidades: una cantidad considerable de oro, y pronto. 


Altivo, aparentemente leal a su arte, Bragadino respondió que Venecia, con su impaciencia, le había traicionado, por lo que deberían prescindir de sus servicios. 


Dejó la ciudad, pasando antes por la cercana Padua y después, en 1590, por Munich, invitado por el Duque de Baviera quien, como la ciudad de Venecia, había conocido grandes riquezas pero había caído en la bancarrota a causa de su despilfarro, por lo que esperaba recuperar su fortuna merced a los servicios del famoso alquimista. 


De este modo, Bragadino reanudó el acomodado convenio que había conocido en Venecia, repitiendo una vez más la misma pauta. 


Interpretación. El joven chipriota Mamugna había vivido varios años en Venecia antes de reencarnase a sí mismo como Bragadino el alquimista. Había visto cómo la melancolía había cuajado en la ciudad, cómo todos tenían fe en la salvación a través de alguna fuente indefinida. Mientras que otros charlatanes dominaban los timos cotidianos basados en su habilidad con las manos, Mamugna se especializó en la naturaleza humana. Con Venecia como su objetivo desde el principio, viajó al extranjero, ganó algo de dinero por medio de sus estafas alquímicas y después volvió a Italia, abriendo su negocio en Brescia. 


Allí fue donde se forjó una reputación de la que estaba seguro que se extendería hasta Venecia. De hecho, la distancia haría que su aura de poder fuera aún más impresionante. 


Al principio, Mamugna no hacía uso de vulgares demostraciones para convencer a la gente de sus habilidades alquímicas. Su suntuoso palacio, sus opulentas ropas y el tintineo del oro en sus manos eran suficientes para proporcionar argumentos superiores a cualquier razonamiento. Y así se establecía el círculo vicioso: su evidente riqueza confirmaba su reputación como alquimista, con lo que recibía más dinero de mecenas como el Duque de Mantua, lo cual le permitía vivir rodeado de riquezas, reforzando su reputación de alquimista, y así sucesivamente. Una vez establecida su reputación, con los duques y senadores rifándose sus servicios, era cuando recurría a la trivial necesidad de una demostración. Para entonces, sin embargo, la gente se había vuelto más crédula: necesitaban creer. Los senadores venecianos que le vieron multiplicar el oro tenían tal necesidad de creer que no advirtieron el tubo de cristal escondido en su manga, a través del cual dejaba caer oro en polvo encima de sus pellizcos de mineral. Brillante y caprichoso, era el alquimista de sus fantasías; una vez creada tal aura, nadie se daba cuenta de sus más simples engaños. 


Tal es el poder de las fantasías que tenemos arraigadas, sobre todo en épocas de escasez y decadencia. Las personas casi nunca son conscientes de que sus problemas surgen de sus propios errores y estupideces. Siempre hay alguien o algo ahí fuera a quien echar la culpa: los otros, el mundo, Dios; de este modo, la salvación debe venir también de fuera. Si Bragadino hubiera llegado a Venecia provisto de un análisis detallado sobre las razones subyacentes en el declive económico de la ciudad, así como de las duras medidas que podría adoptar para mejorar las cosas, habría sido recibido con desdén. La realidad era demasiado desagradable y la solución demasiado dolorosa: en su mayor parte el tipo de trabajo que los antepasados de los ciudadanos habían realizado para crear un imperio. Por otro lado, la fantasia (en este caso la romántica alquimia) era fácil de entender e infinitamente más apetecible. 


Si quieres acaparar poder, debes convertirte en una fuente de placer para todos los que te rodean; y el placer proviene de las fantasías de la gente. Nunca prometas mejoras graduales por medio del trabajo duro; es mejor que prometas la luna, una transformación grande y repentina, el cofre del tesoro. 


Las claves del poder. La fantasía no puede funcionar por sí sola. Necesita el telón de fondo de la rutina y de lo mundano. Es en la tiranía de la realidad donde la fantasía enraíza y florece. En la Venecia del siglo XVI, la realidad consistía en el declive y la pérdida de prestigio. La fantasía correspondiente describía una pronta recuperación de las glorias pasadas por medio del milagro de la alquimia. Mientras la realidad no hacía sino empeorar, los venecianos vivían en un feliz mundo de ensueño en el que su ciudad recuperaba su fabulosa riqueza y poder de la noche a la mañana, transformando el polvo en oro. 


Quienquiera que sea capaz de sacarse de la manga una fantasía a partir de una realidad agobiante tendrá acceso a un poder incalculable.

miércoles 14 de diciembre de 2011

El poder político ha sido doblegado

Reproduzco aquí la esclarecedora carta de D. Pedro Serrano, publicada el 5 de octubre de 2011 en el diario 20 Minutos, sobre algo que todos sabemos pero no nos decidimos a gritar al unísono: que el emperador está desnudo. 


Es evidente que el poder económico ha doblegado al poder político. El mundo actual está gobernado por el poder del dinero y los políticos bailan a son. Por tanto, no es extraño que la profesión de político carezca de credibilidad y prestigio social. Si hoy estamos en esta grave y desconcertante crisis, no es porque el mundo se haya empobrecido de repente, sino por la cobardía y la ineptitud de la clase política. Que algunos ricos reconozcan públicamente que pagan pocos impuestos es una muestra evidente de la estupidez de quienes nos gobiernan. Si los Estados abdican de sus funciones, los poderes económicos toman las riendas y nos gobiernan a su conveniencia.
Los partidos políticos ya solo se representan a sí mismos, y los ciudadanos solo somos para ellos la coartada que justifica su existencia en el ya deteriorado juego democrático. El mundo de la política está falto de personas capaces y con coraje personal y democrático. Estamos hartos de demagogias, de promesas imposibles y de medias verdades. La complejidad del mundo actual necesita del ejercicio de política con mayúsculas. Ya no sirve la mediocridad. O la política recupera las riendas de la economía o la paz y cohesión social saltaran por los aires.