viernes, 1 de diciembre de 2006

Israel se mofa de la comunidad internacional


Recordemos cómo comenzó, hace unas semanas, el último acto de la tragedia que viene asolando las tierras de Palestina durante varias sangrientas décadas. Las tropas israelíes cogieron a dos civiles, un médico y su hermano, en Gaza. Un incidente escasamente contado, excepto en la prensa turca. Al día siguiente, miembros de la resistencia palestina, combatiendo la violenta y prolongada ocupación militar de su país, mataron a dos soldados israelíes, apresaron a un tercero y propusieron negociar un intercambio con prisioneros tomados por los israelíes: hay aproximadamente 10.000 en cárceles israelíes. En respuesta, Israel bombardeó y destruyó las centrales eléctricas de Gaza, inutilizó los sistemas de alcantarillado y agua potable, arruinó puentes y carreteras, cerró “la franja” y aterrorizó al pueblo mediante las explosiones y las atronadoras pasadas sónicas, día y noche, de sus aviones de combate. En términos de derecho internacional, esto es un castigo colectivo infligido a la población civil, prohibido por los convenios de Ginebra. Hoy en Gaza se vive (y se muere) bajo el imperio del terror y en la miseria casi total, impuestos por Israel.
Pero Europa miró hacia otra parte. Apenas hubo unas vagas declaraciones pidiendo moderación y expresando preocupación. Sólo el diario israelí Haaretz se atrevió a expresarse así: “No es legítimo privar de electricidad a 750.000 personas, expulsar de sus casas a 20.000 y convertir sus ciudades en pueblos fantasma. No es legítimo secuestrar a medio Gobierno y a un cuarto del Parlamento. Un Estado que adopta esas medidas no se distingue en nada de una organización terrorista. Hay que afirmar y reafirmar que Israel no tiene más opción, a largo plazo, que retirarse de los territorios ocupados y poner fin a la ocupación. Esto debería ser el propósito de cualquier táctica a utilizar en la actual crisis”. Ese terrorismo de Estado, perpetrado por Israel y denunciado en Haaretz, tiene hoy un objetivo claro: hacer imposible la vida del pueblo palestino en lo que siempre ha sido su tierra y forzar su emigración.
El pueblo de Israel tiene derecho a su existencia, pero también tiene los mismos derechos el pueblo palestino, hoy oprimido y masacrado por el Estado de Israel.
Palestina, como una serie de países, ha vivido la colonización pero, en lugar de serle concedida la independencia, ha sido entregada a una comunidad israelí en nombre de un supuesto mensaje de Yahvé hace miles de años, del mismo modo que Sevilla o Granada podrían darse de nuevo a los árabes en nombre de una Guerra Santa inspirada por Alá.
La ostensible deriva israelí hacia la aniquilación y desarticulación de la sociedad palestina tiene el marchamo de las más abominables limpiezas étnicas que ha contemplado la historia de la humanidad.
Y no todo el pueblo de Israel está de acuerdo con la política de destrucción y muerte llevada adelante por el gobierno israelí, apoyado por los Estados Unidos y el silencio de los gobiernos europeos, cómplices del horror desatado en Medio Oriente. Están aquellos, tanto en Israel como en Palestina, que desean el diálogo, la resolución del conflicto y el respeto a la existencia de los dos pueblos.
Lamentablemente, las Naciones Unidas han perdido presencia, coraje y decisiones para poder aportar algo a la solución del enfrentamiento entre los dos pueblos, situación que pone en serio riesgo la paz mundial. La ONU fue avasallada por las grandes potencias y la usan cuando responden a sus intereses, en vez de a las necesidades de la humanidad. Es necesaria una reforma profunda, democratizar sus estructuras y hacerlas más operativas y eficaces en bien de los pueblos.
Israel amenaza con destruir Líbano y anuncia ataques contra Siria. Al mismo tiempo, sigue construyendo un muro declarado ilegal por la Corte Internacional de Justicia y pisotea las resoluciones de Naciones Unidas que le mandan volver a las fronteras de 1967, internacionalmente reconocidas. En ese ambiente de ilegalidad, destrucción y guerra ¿Qué les queda a los palestinos, sino la resistencia por cualquier medio y a cualquier costo? ¿Qué pueden negociar con un Israel que sólo entiende de balas y cañones? Y de fondo, ¿con qué autoridad moral se pedirá a Irán que renuncie a su legítimo derecho a la tecnología nuclear? ¿Para Israel todo y para los musulmanes nada?
Porque la crisis, conviene recordarlo, tiene una causa y un origen: Israel. País que ocupa los Altos del Golán, en Siria, mantiene parcelas de territorio que reclama Líbano y, sobre todo, ocupa los territorios palestinos. Es Israel el que debe recapacitar, quien tiene que poner fin a una política basada en el uso criminal de la violencia. Es paz por territorios o la guerra interminable. Es Israel, en suma, al que debe detenerse.
El gobierno israelí se mofa de la comunidad internacional y menosprecia a Naciones Unidas, apoyado por EE. UU., que recurrió a un ignominioso veto para oponerse a una resolución del Consejo de Seguridad que pretendía condenar los ataques israelíes contra Gaza.
El presidente Bush afirmó que Israel tiene derecho a defenderse. ¿No tiene Líbano también el mismo derecho? Y, sobre todo, ¿quién defiende al pueblo palestino, invadido, humillado y exterminado sistemáticamente durante largos años de incumplimiento israelí de las resoluciones de la ONU? ¿Se le deja sólo el terrorismo como único recurso para alimentar su esperanza?
No es a través de la violencia, que genera más violencia entre las partes, como se resolverá el conflicto. El Mahatma Gandhi decía que si se aplica el “ojo por ojo, terminaremos todos ciegos”.
Es necesario que la comunidad internacional reaccione y detenga la locura de los gobiernos, antes de que sea tarde. Pero más necesario es que los israelitas y los palestinos reaccionen y comprendan que no pueden seguir matándose.

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