viernes, 22 de diciembre de 2006

¿Justicia?


Hace casi cinco años, el 10 de febrero de 2002, tuve un accidente de circulación en la N-I. Afortunadamente, pese a que hubo cinco coches implicados, todos salimos ilesos. Además, los cinco estábamos casi completamente de acuerdo en cómo había tenido lugar la colisión, aunque luego los agentes que redactaron el parte no lo reflejaron de esa manera (más adelante, pese a habérmelas ofrecido en un principio, se negaron a proporcionarme las fotos que tomaron en el lugar de los hechos, aduciendo percances poco menos que rocambolescos). Pero el verdadero problema vino después: aunque los conductores estábamos de acuerdo, las aseguradoras respectivas no lo estaban, por lo que, casi un año después, mi compañía presentó una demanda en el Juzgado de Primera Instancia de Torrelaguna (Madrid). Otros tres años después (cuatro después del accidente), y tras infinidad de demoras a cual más ridícula y absurda (me río yo de Larra y su “Vuelva Usted Mañana” –la Administración y la burocracia que sufrimos ahora han “superado” con creces a aquélla), por fin fui citado para testificar en dicho Juzgado el pasado 5 de diciembre de 2006. Tras el madrugón, y tras más de doscientos kilómetros de carretera (pasando de nuevo por el lugar del accidente), me di cuenta, primero, de que podía haberme ahorrado el primero (puesto que los retrasos continuaron y la juez no tuvo a bien recibirnos hasta media hora después), y segundo, que también podía haber evitado los segundos, ya que esta funcionaria prefirió no hacerme testificar ese día, sino suspender el juicio y posponerlo hasta el 3 de abril de 2007, más de cuatro años después de dar comienzo el caso. Sus razones (y las de los abogados y procuradores que propusieron la cancelación): no estaban presentes todos los testigos. Para ahorrarme otra mañana de trabajo perdida en la carretera, y como todos los presentes reconocían que era bastante improbable que alguna vez se pudiera reunir a todos los declarantes (uno de ellos tuvo que pasar por el quirófano ese mismo día, por lo que avisó con cuatro días de antelación, pero se conoce que no son suficientes para notificar a los interesados y ahorrarles el desplazamiento), mi abogado propuso que se tomara mi declaración en ese momento y la del resto de los testigos (los que asistieran) en la próxima fecha, pero a la juez, aunque no dijo el motivo, no le pareció conveniente. Así que nada, el próximo 3 de abril, más de cinco años después de tener lugar el accidente, volveré a malgastar mi mañana conduciendo cuatrocientos kilómetros de ida y vuelta para visitar a esta insigne señora y, probablemente, para ver cómo vuelve a suspender el juicio. Si nos vemos así en un caso aparentemente sencillo como éste (aunque yo me quedé sin coche sin comerlo ni beberlo), no quiero ni pensar lo que ocurrirá en otros más complicados. Pobrecillos.

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