viernes, 1 de diciembre de 2006

Perdone usted que le moleste, pero...


Perteneces a la clase media, como la gran mayoría de los occidentales. Desde arriba, desde la clase alta a la que muchos aspiran, te dicen que si no les apoyas a ellos, si no votas a la derecha (y con derecha me refiero tanto a PP como a PSOE –y sus equivalentes en el resto de occidente: republicanos y demócratas, conservadores y laboristas, etc.– porque ambos se han vendido a la banca, a las grandes corporaciones y al capitalismo y liberalismo salvajes) y les dejas que te despojen de todos tus derechos (paro, jubilación, educación, sanidad), si no les dejas que apliquen impuestos regresivos, si no les dejas que inviertan tu dinero en defensa sin dejar nada para tu bienestar, si no les dejas que privaticen la sanidad y la educación, todo irá a peor: los inmigrantes nos quitarán los trabajos, los terroristas camparán a sus anchas y la Seguridad Social quebrará, entre otras cosas. Las empresas te dicen que están teniendo pérdidas (su manera de explicar que han pasado de tener unos beneficios astronómicos en los noventa a tener “sólo” unos grandes beneficios en esta década), y que si no les permiten que te bajen el sueldo y que despidan a miles de tus compañeros, cientos de empresas quebrarán y todos nos quedaremos en la calle y, por supuesto, que en ello no influye en absoluto que los presidentes y ejecutivos de dichas empresas cobren sueldos muy superiores a la suma de los de todos los trabajadores que quieren despedir y, encima, se evadan de sus obligaciones fiscales.
La elección está en tu mano, y depende de con quién te sientas más identificado, con los de arriba o con los de abajo. Si te sientes más identificado con el empresario o con el concejal de urbanismo multimillonarios, será porque te sientes insatisfecho de pertenecer a la clase media y quieres subir a la alta, pasando por encima de quien sea necesario: entonces vota a la derecha, haz de tu capa un sayo, cierra los ojos a todas las barbaridades e injusticias que veas cada día (puesto que te has convertido en su cómplice) y cierra el pico, que en boca cerrada no entran moscas.
Si te sientes más identificado con el trabajador, con el estudiante, con el parado, con el jubilado o con el enfermo, será porque eres consciente de que vivimos en un país rico, con medios suficientes para mantener un estado del bienestar con educación y sanidad de calidad y gratuitas para todos, con subsidios para los jubilados y para los desempleados que lo merezcan, a condición de que los impuestos sean progresivos como en los países civilizados de Escandinavia, donde los ricos devuelven con sus impuestos el dinero que no necesitan y que han ganado gracias al sudor de los trabajadores: entonces vota a la izquierda (o, si vives en un país como España, donde la izquierda ha desaparecido, vota en blanco o no votes) y no permitas que ningún capitalista egoísta y avaro te lave el cerebro con sus amenazas y sus historias de terror. Sólo echa un vistazo a los EE. UU., donde la sanidad es privada y donde la educación se está privatizando de forma encubierta, donde sólo los ricos o quienes trabajan en grandes empresas que les pagan un buen seguro médico pueden hacer frente a eventualidades como el cáncer, el sida, los transplantes o las hospitalizaciones de larga duración, donde gracias al “patrocinio” de las grandes corporaciones como Coca-Cola, Pepsi, Nike o McDonald’s, la educación de los niños en las escuelas se reduce prácticamente a la nada. Fíjate bien, porque eso es España dentro de unos años si seguimos dejando que nos gobiernen los Polancos y los Botines.
Poniendo las pensiones como ejemplo, algunas personas opinan que sería mejor que los ingresos de nuestra ancianidad procedieran de una pensión privada, idea puesta en práctica en muchos países, como Gran Bretaña, donde la bolsa se estrelló en 2001, momento en el cual las jubilaciones complementarias ya proporcionaban aproximadamente la mitad de todos los ingresos percibidos en la tercera edad, demostrándose lo desastroso del sistema. La experiencia confirma la sabiduría de una pensión estatal relacionada con los ingresos percibidos durante la vida laboral y basada en la capacidad del Estado para recaudar impuestos. Eso sí, siempre que se de el factor de tener un gobierno honesto, cosa difícil en España.
La gente quiere la tranquilidad que proporcionan la Seguridad Social y el Estado de Bienestar, pero este deseo de seguridad es el que Ronald Reagan, Margaret Thatcher y George W. Bush han desafiado, subrayando que la seguridad puede ser peligrosa. Pero, si la seguridad es lo que la mayor parte de nosotros busca desesperadamente, debería convertirse en un objetivo principal de la sociedad. Los ricos tienen mucha seguridad y los pobres no tanta; pero una sociedad feliz requiere que haya mucha en todas partes.
Muchas personas piensan que ya no podemos permitirnos tanta seguridad. La razón que alegan es la globalización, que supuestamente nos enfrenta con una competencia como nunca antes habíamos experimentado, por lo que, se dice, ya no podemos permitirnos más el lujo de nuestro antiguo modo de vida, que va a tener que ser más dura para todos. Sin embargo, esto carece de sentido: la existencia de nuevas oportunidades para el comercio es siempre una ventaja, y el ciudadano de Occidente ha salido muy beneficiado de este crecimiento del comercio mundial en el último medio siglo, y seguirá estándolo. Además, no se ha registrado ningún aumento de la tasa de destrucción de empleo durante los últimos veinticinco años; a las empresas les ha ido mejor, y la proporción de beneficios y rentas con relación a los salarios se ha elevado del 33 % en los años setenta a casi el 50 % en los noventa: ni el menor indicio de pérdida de ganancias (y mucho menos de existencia de pérdidas) a resultas de la competencia extranjera. Mucha de esta palabrería sobre el desafío competitivo no es más que un cuento para asustar a los niños; ningún país occidental tiene que despedirse de su antiguo modo de vida porque ya no pueda permitírselo. Eso sí: si queremos mejorar la seguridad, puede que tengamos que aceptar un reducción salarial provocada por una subida de impuestos; la elección es nuestra.
La globalización tampoco impone ningún nuevo límite al gasto público; desde luego, será difícil que un país atraiga capitales si sus impuestos son más altos que el resto, pero la mayor parte de las rentas proviene del trabajo: por eso muchos de los países más pequeños y abiertos de Europa (los escandinavos) han sido capaces de mantener las tasas impositivas más altas. Han sido los gobiernos de los países nórdicos, de tradición socialdemócrata, los que mayor protección han dado a las familias. Y ello por un principio ético de igualdad de sexos y para que la mujer se integrase mejor en el trabajo. De esta forma han desarrollado los servicios públicos de ayuda a la familia: escuelas de infancia de 0 a 3 años, servicios domiciliarios a personas con discapacidades, viviendas asistidas para tales personas, residencias para ancianos, becas para jóvenes que propicien su autonomía, etc. Las políticas neoliberales de reducción de impuestos, practicadas hoy en día por la derecha favoreciendo a las clases más pudientes, tienen un impacto estimulador del crecimiento económico menor que el gasto público, como reconoció incluso el semanario liberal The Economist, que afirmaba en un editorial que una primera lección que los gobiernos deberían aprender es que el gasto público tiene un impacto estimulador mucho mayor que la reducción de impuestos. La Reserva Federal estadounidense ha calculado que un incremento del gasto público de un dólar para producir bienes y servicios estimula tres veces más el PIB al cabo de un año que un dólar obtenido mediante una rebaja de impuestos.
Estadounidenses y británicos deberían dejar de decir a sus colegas europeos que adopten radicalmente el despido libre, ya que éstos han alcanzado los niveles estadounidenses de productividad por hora a pesar de contar con mayor seguridad en el empleo: en Dinamarca y Países Bajos sólo reciben prestaciones quienes de verdad estén buscando trabajo, pero reciben ayuda para encontrarlo, y el paro es muy bajo. No es sensato entonar el mantra de la “flexibilidad” si lo que buscamos es el pleno empleo y una calidad decente en la vida laboral; deberíamos hacer hincapié en el concepto de bienestar a cambio de trabajo, así como en una razonable estabilidad laboral y en la flexibilidad salarial. Un Estado compasivo debe proteger a las víctimas del cambio económico.
Necesitamos unas prácticas laborales más compatibles con la familia, y cuidados infantiles de alta calidad, pagados en relación con los ingresos; los países escandinavos son un modelo para el resto del mundo.
A medida que un país se hace más rico, puede escoger libremente qué parte de su riqueza suplementaria dedica a elevar el nivel de vida, y cuánto a la estabilidad laboral, la protección de los ancianos y la mejora de la comunidad; el objetivo de la política es hacer del mundo un lugar más amable, no un campo de batalla.
Una de las razones por las que los países en vías de desarrollo no salen de su espiral de la pobreza es porque los gobiernos de esos países no recaudan suficiente dinero con el que invertir posteriormente en educación, sanidad, infraestructuras, etc. El motivo por el que no recaudan es porque los únicos que pagan impuestos en esos países son las clases medias y bajas, mientras que las elites económicas pueden legalmente no pagar impuestos buscando la fórmula adecuada.
Blanquear dinero en España es más sencillo que en cualquier otro país de la UE. Mientras los españoles realizan sus declaraciones fiscales, los grandes bancos y grupos mafiosos se enriquecen de forma inmoral. De ahí que uno pueda preguntarse si, dado el silencio e inoperatividad del Gobierno español ante esta vergüenza criminal del blanqueo de dinero en nuestro país, no convendría echarnos a la calle a protestar y anunciar que nos declaramos en huelga fiscal hasta que pongan remedio a semejante despropósito. ¿Por qué vamos a pagar las clases trabajadoras a Hacienda mientras se escamotean al fisco miles de millones de euros impunemente? Si te da igual, o hasta te parece bien porque estás lo suficientemente arriba en la sociedad que sabes que nunca te va a pasar y disfrutas viendo cómo la clase baja, los inmigrantes y los habitantes de países menos afortunados sufren los abusos del capitalismo y de una falsa globalización, estate calladito y sigue votando a quien te digan en la tele. Si no te da igual, o si por lo menos tienes miedo de que algún día pueda pasarte a ti, no te dejes embaucar y protesta, no te dejes engañar por la banca, ni por las aseguradoras, ni por los medios de comunicación, ni los partidos políticos, ni por sus amigos los constructores. Recuerda que lo único que quieren todos es tu dinero, sobre todo los políticos, cuyo único objetivo no es trabajar por el bien de todos, sino ganar las próximas elecciones para poder seguir robando, recalificando terrenos, bajando los impuestos a los ricos, liberalizando el mercado de trabajo y privatizando todo lo que puedan, para que sus amiguetes banqueros, constructores, etc. los sigan apoyando.

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