jueves, 30 de agosto de 2007

Cuando el pedestal es más grande que la propia estatua

Acabo de llegar de unas vacaciones en Nueva York junto con mi novia Verónica. Es una ciudad maravillosa e impresionante, con una historia apasionante y una cultura interesantísima, indiscutible centro mundial de la arquitectura de finales del siglo XIX y principios del XX e irrefutable capital mundial del ocio y del turismo; pero también es una ciudad que sus propios ciudadanos y gobernantes han desvirtuado y convertido en algo muy diferente, casi opuesto a lo que sentían los revolucionarios de 1776, los abolicionistas y unionistas de la Guerra de Secesión, los constructores y promotores de la Estatua de la Libertad, los inmigrantes llenos de esperanza que veían maravillados por vez primera el perfil de Manhattan, los grandes patriotas como el Walt Whitman de Hojas de Hierba y la Emma Lazarus del soneto The New Colossus, inspirado por la Estatua de la Libertad e inspirador de los demolidos y olvidados cimientos de los Estados Unidos de América:


Not like the brazen giant of Greek fame (No como el mítico gigante griego de bronce).
With conquering limbs astride from land to land (De miembros conquistadores a horcajadas de tierra a tierra).
Here at our sea-washed sunset gates shall stand (Aquí en nuestras puertas del ocaso bañadas por el mar se yerguerá).
A mighty woman with a torch, whose flame (Una poderosa mujer con una antorcha cuya llama).
Is the imprisoned lightning, and her name (Es el relámpago aprisionado, y su nombre).
Mother of Exiles. From her beacon-hand (Madre de los Desterrados. Desde el faro de su mano).
Glows world-wide welcome; her mild eyes command (Brilla la bienvenida para todo el mundo; sus templados ojos dominan).
The air-bridged harbor that twin cities frame (Las ciudades gemelas que enmarcan el puerto de aéreos puentes).
"Keep, ancient lands, your storied pomp!" cries she (“¡Guardaos, tierras antiguas, vuestra pompa legendaria!” grita ella).
With silent lips. "Give me your tired, your poor (Con silenciosos labios. “¡Dadme a vuestros rendidos, a vuestros pobres).
Your huddled masses yearning to breathe free (Vuestras masas hacinadas anhelando respirar en libertad).
The wretched refuse of your teeming shore (El desamparado deshecho de vuestras rebosantes playas).
Send these, the homeless, tempest-tost to me (Enviadme a estos, los desamparados, sacudidos por las tempestades a mí).
I lift my lamp beside the golden door! (¡Yo levanto mi faro detrás de la puerta dorada!).


No en vano, la propia Estatua de la Libertad se ve superada en altura por su propio pedestal, curiosa metáfora de una cultura, una ciudad, un país y un imperio que hace mucho tiempo que perdieron el rumbo y dejaron de ser el ejemplo que pretendían para el resto de la humanidad, como si ya ni ellos mismos creyeran en los ideales por los que lucharon sus padres fundadores en su Declaración de Independencia (base de la Declaración de los Derechos Humanos) y en su Constitución (ejemplo para el resto de constituciones modernas), salvo, claro está, la sacrosanta Segunda Enmienda que les permite poseer y portar armas de fuego (teóricamente sólo para defenderse de los partidarios del Rey Jorge de Inglaterra, pero también para asesinar a sus compañeros de colegio si se levantan con el pie izquierdo).


Nueva York presume de ser un crisol de culturas, pero no se dan cuenta de que, salvo contadas excepciones, no se da tal mezcla. No hay más que fijarse en el poco mestizaje que puede verse por las calles. La mayoría de las razas se mantienen puras. Los pertenecientes a una etnia entablan amistades con personas de su misma raza. Incluso el distrito de Brooklyn, gran ejemplo esgrimido como prueba de esa supuesta mezcolanza, no es tal, sino más bien todo lo contrario: barrios virtualmente estancos en los que se agrupa cada nacionalidad, convirtiéndose no en guetos, pero sí en comunidades prácticamente aisladas en las que hablan su propio idioma y siguen sus propias costumbres. Nosotros pasamos dos semanas en el barrio polaco de Greenpoint, tiempo insuficiente para respaldar completamente mis apreciaciones, pero bastante para constatar varios hechos palmarios; por ejemplo, en la zona donde vivíamos había diversos sitios donde desayunar: varios “delis”, muy económicos, con exquisita bollería y buen café; un “Dunkin’ Donuts”, un poco caro, con bollería industrial y nauseabundo café; y un “Starbucks Coffee”, bastante caro, con mediocres café y comida; mientras que estos dos últimos siempre solían estar concurridos por todo tipo de gente, la escasa afluencia de los primeros se componía exclusivamente de polacos, con la excepción de nosotros dos, para extrañeza de sus dueños y empleados.


Ya en Manhattan, auténtico parque temático que nos ofrece las mejores y más espectaculares atracciones del mundo, pero casi vacío de neoyorkinos, se contempla a una masa de inmigrantes y miembros de razas supuestamente minoritarias trabajando las veinticuatro horas del día para servir a los turistas y mantener a una minoría aburguesada adicta a un exacerbado consumismo.


Difícil será encontrar una sonrisa entre una clase acomodada egoísta e individualista, escondidos tras sus reproductores de música para no tener que escuchar a nadie ni a nada, absortos y aborregados con sus adictivos teléfonos móviles, videojuegos portátiles, “blackberries” y demás, habituados a hacerte apartar con su sempiterno “excuse me!” en cualquier lugar y situación (delante de una obra de arte en un museo, a lado de un expositor en una tienda) con tal de que les permitas el paso sin que ellos tengan que desviar unas décimas de grado su recorrido.


Un país tan atemorizado desde el 11 de septiembre y el “Patriot Act” y la propaganda al más puro estilo “1984” que le sucedieron que se han convertido en un rebaño de ovejas prácticamente incapaces de protestar ante ninguna tropelía del Gobierno ni ante situaciones totalmente inaceptables y tercermundistas en los servicios públicos. Tomemos nota, porque nosotros vamos por el mismo camino.


Para terminar, un chiste, extraído del libro que llevé conmigo en este viaje (Brooklyn Follies, de Paul Auster; casi desconocido en su propio país, premio Príncipe de Asturias de las Letras en España): What happened the last time we listened to a Bush? We wandered the desert for forty years. (¿Qué pasó la última vez que escuchamos a una zarza (“bush”, en inglés)? Erramos por el desierto durante cuarenta años).