lunes, 17 de diciembre de 2007

Los cafetitos de marras


¡La que arman el “presi” y el “vice” cada vez que hablan del café! A mí, la verdad, no me pregunten lo que vale un café en un bar, porque no lo sé: no tengo muchas costumbres burguesas y prefiero tomarlo en casa. Tampoco me pregunten cuánto dejo de propina, porque la respuesta es “cero”, salvo que la amabilidad, el servicio y la calidad lo merezcan.
Yo comencé mi vida laboral en la hostelería, donde ganaba poco y agradecía mucho las propinas, que recibía sólo cuando me las ganaba, nunca “porque sí”. Después he pasado por muchos sectores y en ningún otro he recibido propina alguna por parte de nadie en el transcurso de mi trabajo, independientemente de la satisfacción proporcionada. En muchas ocupaciones he añorado aquellas propinas, ya que ganaba aún menos que en hostelería; pero éstas son reducto casi exclusivo de este tipo de negocios.
Años después llegó el euro, y el famoso “redondeo” se practicó de forma salvaje en los establecimientos hosteleros: lo que antes costaba cien pesetas pasó a costar un euro, lo que costaba quinientas, cinco euros, etc. Cualquiera pensaría que este repentino aumento del sesenta por ciento en los precios repercutiría de alguna manera en los sueldos de los empleados, pero no fue así, aunque a la vista de todos está que sí que lo hizo en el nivel de vida de muchos empresarios. Éstos se quejaban antes del euro, siguieron quejándose después, y hoy les he oído quejarse una vez más de que el Sr. Solbes opine que hay gente que deja demasiada propina cuando toma el café. “Son puestos con sueldos bajos que deben complementarse con las propinas”, decía uno en la radio. No sé si se dan cuenta del chantaje emocional.
Señores, una de dos: paguen a sus empleados un sueldo digno acorde con los beneficios que están obteniendo a su costa (y de los clientes), o bien cobren unos precios menos abusivos para que los consumidores puedan permitirse abonar una buena propina. Y, ya de paso (por supuesto, esto no va por todos), no sirvan más “garrafón”, que últimamente sólo pueden salir de copas los amantes de los deportes de riesgo.

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