martes, 22 de enero de 2008

Bienvenida crisis


Aunque no estemos en recesión, como le gustaría a aquel diputado tan bien bronceado pero indocumentado y agorero (causando lo que en economía se denomina una “profecía que se cumple por su propia naturaleza”), sí que es cierto que estamos sumidos en una crisis económica (es decir, que nuestro coche va bastante deprisa, pero el motor se calienta mucho). No soy tan necio como para pensar que esto sea culpa de un gobierno u otro (aunque a algunos les vaya la vida en tratar de demostrarlo), y sé que muchos lo vamos a pasar mal durante una buena temporada (millones de personas llevan en esa “temporada” o peores toda su vida, y no nos llaman tanto la atención), pero cada día estoy más convencido de que, por lo menos socialmente, esta crisis nos va a venir de perlas a los españolitos, a ver si se nos bajan un poco los humos y dejamos de ser tan señoritos.
En otros países no se comportan de forma tan consumista y aburguesada, y no creo que sus gobernantes sean muy diferentes de los de aquí, pero sus gentes sí que lo son. He viajado un poco por ahí y, dentro del denominado “primer mundo” (¿primero en qué?), el egoísmo, la envidia, el odio, el cainismo, la ceguera, la estupidez y la corrupción, tan comunes y hasta bien vistos por aquí, son casi exclusivamente reducto de nuestro país. Si no rectificamos, nos sobran los himnos y las banderas; mientras no cambiemos de rumbo, da igual a quién votemos porque seguiremos siendo un país de nuevos ricos palurdos.
Nada cambiará sino a peor mientras no cambiemos nosotros: mientras sigamos escurriendo el bulto, ostentando y discutiendo sobre idioteces; mientras sigamos derrochando energía y recursos naturales, conduciendo como psicópatas, ensuciando todo a nuestro paso y no aprendamos a respetar a los demás (cómo me impresionaron los superficiales comentarios de unas señoras en el telediario, explicando que preferían recoger a sus hijos en el colegio con un 4x4 porque van más cómodas y más altas); mientras no quitemos importancia a aparentar y alardear para dársela a la educación (no sólo a la de los estudiantes, sino a la de todos); mientras sigamos atascando la solución a los problemas con demagogia barata y discursos vacíos sobre la semántica de “familia”, “nación” y demás términos con los que se nos llena la boca; mientras sigamos pensando que la mejor defensa es un buen ataque y tratemos de hacer responsables a los demás de nuestras negligencias (cómo me impacta todos los días el inhumano trato dispensado a ancianos, niños, enfermos, discapacitados, inmigrantes, etc. Luego nos quejamos hipócritamente del comportamiento de algunos de estos últimos, cuando en la mayoría de los casos se limitan a aplicar eso de “donde fueres haz lo que vieres”, más hiriente aún tratándose de un país emigrante hasta hace dos días); mientras, empeñados en avivar el rencor para poder separarnos más, sigamos hociqueando las pequeñas diferencias, en vez de darnos cuenta de las infinitas similitudes que nos hermanan (no suelo escuchar a majaderos, pero uno de ellos, involuntariamente, dijo algo hace tiempo que, bien pensado, descompone todo su montaje de falsedades: “me siento tan cercano a un francés o a un inglés como a un español.” Efectivamente, no sólo es que vascos, catalanes, gallegos, etc. no sean en absoluto diferentes del resto de habitantes de la Península por mucho que algunos se empeñen, sino que también somos parecidísimos a franceses, ingleses, italianos o portugueses); mientras por encima de la Constitución o de cualquier otra ley siga estando el derecho a la calumnia y a la intromisión de las hordas de autodenominados “periodistas del corazón” (aunque algunos hayan terminado los estudios de Ciencias de la Información, todos ellos distan mucho de ser periodistas, y lo de “corazón” me huele más bien a la carroña pasto de los buitres); mientras nos importe mucho más que nuestro partido político (no nos engañemos: igual de falso e incompetente que todos los demás) gane las próximas elecciones antes que apoyar, ayudar y consolar a las víctimas de un horrible atentado terrorista.
Podría tirarme despotricando durante horas, pero no creo que merezca la pena: ni la señora del 4x4 ni el majadero van a leer esto (dudo mucho que lean algo más que los números de su cuenta bancaria o el precio de su último capricho).
Los extranjeros (conviene escuchar a quienes nos ven desde fuera), se asombran del “mal genio de los españoles. Parece como si todos estuvieran enojados. Hay más gente con dinero y peor educación”. Esto lo resume todo: somos más ricos, pero no hemos sabido invertirlo bien.

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