martes, 26 de febrero de 2008

La verdad sobre los inmigrantes


La inmigración se ha convertido en el caballo de batalla de algunos políticos en esta campaña electoral. Los partidos nacionalistas enmascaran su programa de “odio al otro” en los lemas “nosotros primero”, “hemos llegado al límite de nuestra capacidad de integración” o “estamos desbordados”. De ahí al “God Bless America” de nuestro idolatrado e imitado Imperio hay sólo un paso; pero no nos engañemos: Dios no bendice a ningún país ni a ninguna nacionalidad o etnia por encima de las demás (otra cosa es que permita las barrabasadas que se cometen en su nombre).
A quien no le hayan lavado el cerebro se habrá dado cuenta de dos cosas: que los inmigrantes desempeñan los trabajos que nosotros nos negamos a realizar (y aceptan salarios miserables a cambio de ello) y que los problemas de convivencia provocados por la llegada de emigrantes los sufre la clase trabajadora, pasto de los intentos de manipulación y demagogia de los nacionalismos.
Además, quien esté medianamente informado sabrá que eso del “efecto llamada” es un cuento: no vienen a España, sino que huyen de sus países, de los dictadores, de las hambrunas, de la penuria y de las guerras con las que nosotros nos enriquecemos. Son personas sin futuro, y su única posibilidad de mejora es darle sus ahorros de toda una vida al patrón del cayuco de turno y rezar, si es que les queda algo de fe, para que ocurra un milagro.
Finalmente, quien haya seguido nuestra evolución económica en los últimos años se habrá percatado de que la aportación a la riqueza por parte de los inmigrantes, responsables del noventa por ciento del crecimiento medio del PIB, supone un veinticinco por ciento más de lo que reciben en prestaciones sociales. Sin los inmigrantes, con nuestra exigua natalidad, entraríamos en declive: para mantener nuestro crecimiento necesitaríamos otros cinco millones de trabajadores más en nuestro país.

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