miércoles, 30 de abril de 2008

Educación vial


Alguien dijo que el grado de civilización de un país puede medirse fijándose en la manera de conducir de sus ciudadanos. Si esto es cierto, el grado de desarrollo de nuestro país es ínfimo, y tercermundista el de nuestra ciudad en particular.
Aparte del síndrome de Dr. Jekyll y Mr. Hyde que muchos sufren cuando se sientan al volante y de las velocidades disparatadas, lo que más se aprecia es una gran falta de respeto: por los demás, por uno mismo, por la vida y por la salud. Desde quienes aparcan en doble fila, en pasos de cebra o incluso en estacionamientos reservados para discapacitados, hasta aquellos que reclaman su derecho a que todos se aparten del carril izquierdo para que puedan sacar todo el partido a la millonada que les ha costado su coche, pasando por los que desprecian la integridad de los peatones en los pasos de cebra (o los peatones que desdeñan la suya propia cruzando por zonas indebidas y desafiando con la mirada a quien ose recriminárselo), tenemos un sinfín de actitudes crónicas, propias de auténticos psicópatas, que convierten el tránsito por nuestras ciudades en una actividad peligrosa y desagradable, tanto conduciendo como caminando o pedaleando.
Es palpable que las nuevas medidas de la DGT han tenido un efecto positivo en el número de accidentes de tráfico, e innegable que los españolitos funcionamos mejor con el sistema del palo y la zanahoria. Sin embargo, creo que es también evidente que estas medidas funcionarían mejor si dejaran de lado los fines recaudatorios y se centraran en la seguridad: los radares no suelen estar colocados en las zonas más peligrosas, sino en las más «golosas», del mismo modo que es posible ser multado por estacionar sin respetar la distancia mínima con los vehículos de al lado, pero muy improbable por no respetar la distancia de seguridad mientras se conduce, causa de infinidad de colisiones por alcance.
Mejorar es tarea de todos: conductores, peatones, ciclistas, autoridades y fuerzas de seguridad; y no creo que sea cuestión de leyes o de multas, sino de cultura y de actitud.

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