jueves, 29 de mayo de 2008

Otra vez el día de la bici


Un año más hemos sido obligados a asistir al esperpento del “Día de la bicicleta”, en el cual hordas disparatadas llenaron de confusión y desorden la mañana del pasado 11 de mayo. Y otro año más, como burgalés amante y defensor de la bicicleta como medio de transporte, divertimento y deporte, me siento a escribir para denigrar este sinsentido. ¿De qué sirve organizar un día de la bicicleta si sus organizadores y participantes demuestran que no son merecedores de ninguna medida favorecedora del su uso? Los ciclistas deben circular por los carriles que tienen asignados o por la calzada, y siempre a velocidades adecuadas, mientras que en este día los peatones han de estar alerta o permanecer agazapados en sus hogares a riesgo de ser atropellados por ciclistas ocupando las aceras en toda su anchura y a velocidades manifiestamente peligrosas.
Evidentemente, se trata de un fenómeno de masas; al igual que en manifestaciones, eventos deportivos, linchamientos, catástrofes naturales, rebajas u operaciones salida y regreso de vacaciones, las personas se comportan de un modo diferente a como lo harían aisladamente, abandonan las restricciones y pierden su sentido de responsabilidad individual. En la masa, debido a una “ilusión de universalidad” (creer que determinada conducta es defendible o justificable por que ejecutan los demás), la gente llega a comportarse de maneras que nunca aceptaría individualmente.
Por el simple hecho de formar parte de una masa, el hombre desciende varios peldaños en la escala de la civilización; la multitud es siempre intelectualmente inferior al individuo aislado. Las personas que participan en grupos, y más cuanto mayor sea éste, hacen cosas que no harían individualmente; por ejemplo, en un análisis de 21 casos, cuando alguien amenazaba con saltar desde un edificio o desde un puente, si la multitud era pequeña y estaba expuesta a la luz del día, las personas no trataban de azuzar a esa persona, pero cuando la multitud era grande o estaba al abrigo de la noche, lo que les proporcionaba anonimato, lo incitaban para que se tirara.
Estas explicaciones son el único “consuelo” que me queda cada vez que veo espectáculos tan lamentables como el del último día de la bicicleta.

1 comentario:

Claudia Hernández dijo...

Interesante visión y lastimosa. La verdad, tengo la suerte de vivir en una ciudad preparada (Múnich) para las bicicletas, incluyendo sus conductores, peatones y civilizados choferes, es una pasada y nos merecemos ciudades que ofrezcan esta calidad de vida. Acá, a los niños en edad escolar se les enseña las normas para andar en bici (a veces en programas inspeccionados por policías!), alucinante...