miércoles, 4 de junio de 2008

Dude, Where’s My Country? I

(Traducción de un extracto del capítulo preliminar del libro de Michael Moore ¿Tío, Qué Han Hecho Con Mi País?)


Aprovechándose del dolor de los ciudadanos, y de su miedo a que pudiera ocurrir otra vez, un presidente utiliza los muertos del 11S para provocar dos guerras —y la tercera o incluso la cuarta no parecen demasiado improbables—.
Al principio parecía que un avión de pequeño tamaño se había estrellado por accidente contra la torre norte del World Trade Center. Eran las 8.46 de la mañana del 11 de septiembre de 2001. Diecisiete minutos más tarde, llegaron informes de que un segundo avión había chocado contra el WTC.
La Administración Bush y los congresistas republicanos se opusieron a la formación de una comisión especial de investigación del 11S. Finalmente lo aprobaron a regañadientes —pero siempre intentando bloquear el trabajo de los investigadores, negándose a proporcionar las pruebas que solicitaban—.
¿Por qué no querría el equipo de Bush descubrir la verdad? ¿De qué tenían miedo? ¿De que el pueblo estadounidense se enterase de que la habían cagado, de que se habían quedado dormidos al volante en lo que concierne a amenazas terroristas, de que ignoraron las advertencias de los funcionarios salientes de Clinton sobre Osama Bin Laden sólo porque le odian (¡sexo = pecado!)?
Se sabe que unas dos docenas de miembros de la familia bin Laden afincados en los EE. UU., la mayoría de ellos alumnos de facultades y colegios privados, estacan en los EE. UU. cuando ocurrieron los ataques. Fueron rápidamente reunidos por funcionarios de la Embajada Saudí, por miedo a que se convirtieran en víctimas de represalias. Con el visto bueno del FBI, según un funcionario Saudí, los bin Laden cogieron un avión privado de Los Ángeles a Orlando, de ahí a Washington, y finalmente a Boston. Una vez que la Administración Federal de Aviación hubo permitido los vuelos al extranjero, el avión salió hacia Europa. Por lo visto, al embajador Saudí en Washington, el Príncipe Bandar bin Sultan, no le costó demasiado convencer a los funcionarios de EE. UU. de que no había testigos entre la familia bin Laden. Así que, con el visto bueno del FBI y la ayuda del gobierno Saudí (aunque quince de los diecinueve secuestradores eran ciudadanos saudíes), a los parientes del sospechoso número uno de los ataques terroristas no sólo les fue permitido abandonar el país, ¡sino que fueron ayudados por las autoridades! Según el London Times, «La salida de tantos saudíes preocupó a los investigadores estadounidenses, que temieron que algunos pudieran tener información sobre los secuestros. Los agentes del FBI insistieron en comprobar los pasaportes, incluyendo los de los miembros de la familia real.» ¿Eso es todo lo que pudo hacer el FBI? ¿Comprobar unos pasaportes y hacer un par de breves preguntas, como «¿Hizo usted mismo las maletas?» o «¿Han estado siempre en su posesión desde entonces?» Para después despachar a estos testigos potenciales con un bon voyage y un beso de despedida. Como escribió Jane Mayer en The New Yorker: «Cuando pregunté a un oficial superior de inteligencia de EE. UU. si a alguien se le había ocurrido retener a los miembros de la familia, éste respondió “A eso se le llama tomar rehenes. Nosotros no hacemos eso.”»
Los bin Laden han tenido relaciones comerciales con George W. Bush y su familia durante los últimos 25 años.
Sr. Bush, en 1977, cuando su padre le dijo que ya era hora de que se buscara un trabajo de verdad, le puso al mando de su primera compañía petrolífera, a la que usted bautizó como «Arbusto» («bush» en castellano). Un año más tarde, recibió financiación de un hombre llamado James A. Bath, que había sido contratado por Salem bin Laden (hermano de Osama) para invertir el dinero de los bin Laden en varias empresas texanas. El Sr. Bath aportó unos 50.000 dólares (el 5 % de Arbusto).
Usted y su padre conocen a los bin Laden desde hace mucho. Salem bin Laden vino por primera vez a Texas en 1973, y más adelante compró un terreno, construyó una casa y fundó la Bin Laden Aviation en el campo de aviación de San Antonio.
Los bin Laden son una de las familias más ricas de Arabia Saudí; su constructora ha construido prácticamente todo el país, desde las carreteras a las centrales eléctricas, de los rascacielos a los edificios gubernamentales. Construyeron algunas de las pistas de aterrizaje que EE. UU. utilizó en la Guerra del Golfo de su padre y restauraron los lugares sagrados en la Meca y en Medina. Se hicieron «milmillonarios» y pronto comenzaron a invertir en otras empresas por todo el mundo, incluyendo los EE. UU. Tienen importantes relaciones comerciales con Citigroup, General Electric, Merrill Lynch, Goldman Sachs y Fremont Group —una rama del gigante energético Bechtel—. Según The New Yorker, la familia bin Laden también es propietaria de parte de Microsoft y del gigante de la aeronáutica y la defensa Boeing. Han donado dos millones de dólares a su alma mater, la Universidad de Harvard, 300.000 dólares más a la Universidad Tufts, y decenas de miles más al Consejo de Política para el Medio Oriente, un gabinete de estrategia dirigido por Charles Freeman, antiguo embajador en Arabia Saudí. Además de los terrenos que poseen en Texas, también tienen propiedades en Florida y Massachussets. En resumen, que tienen a los EE. UU. cogidos por las pelotas.
Salem bin Laden murió en un accidente de aviación en Texas en 1988. Los hermanos de Salem – tiene unos cincuenta, incluyendo a Osama – continuaron con las empresas y las inversiones familiares.
Después de dejar el cargo de Presidente, su padre se convirtió en un consultor muy bien pagado por una empresa conocida como el Grupo Carlyle. Uno de los inversores del Grupo Carlyle, con dos millones de dólares, no era otro que la familia bin Laden. Hasta 1994, usted lideró una empresa llamada Cater Air, propiedad del Grupo Carlyle, año en el que la dejó al borde de la quiebra para convertirse en gobernador, puesto desde el cual rápidamente supervisó la inversión de diez millones de dólares de la Universidad de Texas —una institución estatal— en el Grupo Carlyle. La familia bin Laden también se había sumado en 1994 al chollo Carlyle, uno de los mayores contratistas en defensa de los EE. UU., entre sus muchas líneas de trabajo. Realmente no son ellos mismos quienes fabrican las armas, sino que acaparan empresas de defensa en dificultades, las recuperan convirtiéndolas en rentables, y después las venden por grandes cantidades de dinero. La lista de los que han estado al cargo del Grupo Carlyle incluye desde el Secretario de Defensa de Ronald Reagan, Frank Carlucci, hasta el Secretario de Estado de su padre, James Baker, o el ex primer ministro británico John Major. Además, se da la coincidencia de que Carlucci, director de Carlyle, también forma parte de la junta directiva del Consejo de Política para el Medio Oriente junto con un representante de los negocios familiares de los bin Laden.
Después del 11S, tanto el Washington Post como el Wall Street Journal publicaron sendos artículos señalando esta extraña coincidencia. Su respuesta, Sr. Bush, fue que «no podemos medir a estos bin Laden con el mismo rasero que a Osama. ¡Han repudiado a Osama! ¡No tienen nada que ver con él! ¡Odian y desprecian lo que ha hecho! Estos son los bin Laden buenos.» Y entonces las imágenes salieron a la luz, mostrando a varios de esos «buenos» bin Laden —incluyendo la madre, hermana y dos hermanos de Osama— con éste en la boda de su hijo sólo seis meses y medio antes del 11S, celebrando el ataque al portaaviones USS Cole. The New Yorker ha informado que no sólo es que la familia no haya cortado sus lazos con Osama, sino que ha continuado financiándole, como llevaban haciendo durante años. No era ningún secreto para la CIA que Osama bin Laden tenía acceso a la fortuna familiar (su porción se estima en al menos treinta millones de dólares), y los bin Laden, al igual que otros Saudíes, mantenían bien financiado a Osama y a su grupo, al Qaeda.
Sr. Bush, aún semanas después de los ataques en Nueva York y en el Pentágono, su padre y sus amigos del Grupo Carlyle siguieron manteniendo su apoyo al imperio bin Laden. Casi dos meses después de los ataques, cuando cada vez más gente cuestionaba la decencia de que la familia Bush compartiera lecho con los bin Laden, finalmente su padre y el Grupo Carlyle recibieron presiones para devolver sus millones a los bin Laden y pedirles que abandonasen la empresa como inversores. ¿Por qué se tardó tanto? ¿Qué «relación especial» hay entre los Bush y la familia real Saudí?
Sr. Bush, los bin Laden no son los únicos Saudíes con quienes usted y su familia tienen una estrecha relación personal. Toda la familia real parece estar en deuda con usted —¿o es al revés?— El proveedor de petróleo número uno a los EE. UU. es Arabia Saudí, dueño de las mayores reservas de crudo conocidas en el mundo.
Cuando Saddam Hussein invadió Kuwait en 1990, quienes realmente se sintieron amenazados fueron sus vecinos saudíes, y fue su padre, George Bush I, quien acudió al su rescate. Los saudíes nunca olvidaron esto y, según un artículo de marzo de 2003 en The New Yorker, algunos miembros de la familia real consideran a su familia como parte de su parentela. Haifa, esposa del Príncipe Bandar, el embajador saudí en los EE. UU., dice que su madre y su padre «son como mi madre y mi padre. Sé que si alguna vez necesito algo, puedo acudir a ellos.» Y como Robert Baer —oficial de la Dirección de Operaciones de la CIA desde 1967 hasta 1997— revela en su libro Durmiendo con el Diablo[1], su padre tiene incluso un nombre especial para el príncipe saudí: «Bandar Bush.» En el transcurso de sus periodos en la CIA, y después como vicepresidente y presidente, su padre aprendió que siempre que fuese necesario un trabajo sucio, los EE. UU. siempre podían contar con Arabia Saudí. Cuando el ayudante de la Casa Blanca Oliver North necesitó dinero para comprar armas para Irán en el asunto de Irán-Contra, fueron los saudíes quienes proporcionaron los treinta millones de dólares en dinero negro en efectivo. Cuando la CIA necesitó fondos para ayudar a destruir el Partido Comunista Italiano en 1985 y financiar a sus adversarios en las elecciones, fueron sus buenos amigos saudíes quienes sin ningún problema ingresaron diez millones de dólares en un banco italiano. Esto ocurrió durante la vicepresidencia de su padre, quien recibía para almorzar al embajador saudí con bastante frecuencia.
Los saudíes se gastaron más de ciento setenta mil millones de dólares en armamento en los años noventa, y una cantidad considerable del negocio se tramitó a través del Grupo Carlyle. Su padre se ha reunido con la realeza saudí en muchas ocasiones, y desde que salió del poder ha viajado al menos en dos ocasiones a la Península Arábiga, donde se ha alojado en los palacios reales de la Casa de Saud —las dos veces en representación del Grupo Carlyle—. El Príncipe Bandar también es un inversor del Grupo Carlyle. Ha sido una relación muy fructífera en todos los sentidos. Una gran parte de la economía estadounidense se basa en el dinero saudí: tienen un billón de dólares invertido en el mercado bursátil y otro billón ingresado en los bancos del país. Si un buen día repentinamente decidieran llevarse todo ese dinero, las corporaciones e instituciones financieras entrarían en barrena, provocando una crisis económica como nunca antes se haya visto. Esa amenaza se vislumbra todos los días y es algo de lo que nadie quiere hablar; si se añade el hecho de que un millón y medio de los barriles de petróleo que se necesitan diariamente de los saudíes también podrían desaparecer por un mero capricho de la realeza, es fácil ver cómo no sólo usted, sino todos los EE. UU., dependen de la casa de Saud.
¿Por qué decidieron usted y su padre ponerse del lado de un país encuadrado dentro de las peores y más brutales dictaduras del mundo por la mayoría de grupos pro derechos humanos del mundo? ¿Quién atacó a los EE. UU. el 11S, un tipo desde su máquina de diálisis en una cueva de Afganistán o sus amigos de Arabia Saudí?
Los titulares resonaron el primer día y siguen resonando hoy, años después: «Terroristas atacan a los EE. UU.» Terroristas. Llevo un tiempo pensando en esta palabra, así que, George, deje que le haga una pregunta: si quince de los diecinueve secuestradores que asesinaron a tres mil personas hubiesen sido norcoreanos, no cree que los titulares del día siguiente habrían sido «Corea del Norte nos ataca»? Sin embargo, cuando se trata del 11S, ¿ha visto alguna vez el titular, ha oído alguna vez a un locutor, alguno de sus funcionarios ha pronunciado alguna vez las palabras «Arabia Saudí atacó a los EE. UU.»? ¿Por qué no? ¿Por qué, cuando el Congreso da a conocer su propia investigación sobre el 11S, usted, Sr. Bush, censura veintiocho páginas que se ocupan del papel de los saudíes en el ataque? ¿Qué hay detrás de su aparente rechazo a fijarse en el principal país que parece estar forjando los terroristas que han asesinado a nuestros conciudadanos?
Como a Pakistán, a Arabia Saudí le gustaría dejar a bin Laden en Afganistán. Su arresto y procesamiento en EE. UU. podría ser muy comprometido, dejando al descubierto su continuada relación con solidarizados miembros de las élites dirigentes y los servicios de inteligencia de ambos países.
Casi todos los secuestradores eran Saudíes y pudieron entrar legalmente en EE. UU. gracias en parte al acuerdo especial establecido entre el Departamento de Estado y el gobierno Saudí, que permitía a los saudíes conseguir visas rápidamente sin pasar por el proceso de investigación normal. ¿Por qué se recibió a los saudíes con esa alfombra roja? ¿Por qué ha bloqueado usted los intentos de investigar más a fondo las conexiones saudíes? ¿Por qué rechaza decir «Arabia Saudí atacó a los EE. UU.»? Bush, ¿tiene esto algo que ver con la estrecha relación personal de su familia con la reinante de Arabia Saudí? Después de no conseguir encontrar a Osama, ¿por qué intentó convencernos de que Saddam Hussein tenía algo que ver con el 11S y al Qaeda, cuando su personal de inteligencia le había dicho expresamente que no había ninguna conexión? ¿Por qué está tan ocupado protegiendo a los saudíes cuando debería estar protegiendo a su propio pueblo? ¿Por qué permitió que un avión privado saudí volara por los EE. UU. en los días siguientes al 11S y recogiera a miembros de la familia bin Laden para después sacarles del país sin una adecuada investigación del FBI?
Todos los vuelos estuvieron prohibidos en los días después del ataque. Sin embargo, a los miembros de la familia bin Laden se les permitió volar en aviones privados por todos los EE. UU., preparándose para abandonar el país: bajo la supervisión del gobierno saudí —y con la aprobación del de EE. UU.— recogieron a veinticuatro miembros de la familia bin Laden y los llevaron a un «punto secreto de reunión en Texas.» De ahí volaron a Washington, D.C. y después a Boston. Por último, el 18 de septiembre, todos ellos fueron transportados a París, fuera del alcance de cualquier oficial de los EE. UU. No tuvieron que pasar por ningún interrogatorio de importancia, salvo unas pocas preguntas que les hizo el FBI y una solicitud para comprobar sus pasaportes antes de que se marcharan. Un agente comentaba que el FBI estaba «furioso» por no habérseles permitido retener a los bin Laden en el país y llevar a cabo una investigación de verdad —del tipo que a la policía le gusta cuando están intentando seguir el rastro a un asesino: hablar con los familiares del sospechoso para enterarse de qué saben, a quién conocen o cómo pueden ayudar a capturar al fugitivo—.
Aquí tiene usted a dos docenas de bin Ladens en suelo estadounidense, Sr. Bush, y se le ocurre la triste excusa de que estaba preocupado por «su seguridad». ¿Podría ser posible que al menos uno de los veinticuatro bin Ladens supiera algo? ¿O quizás podría haberse convencido a uno de ellos para que ayudara a seguir el rastro de Osama? Así que miles de personas estaban atascados y no podían coger sus vuelos, ¡a no ser que pudieran probar que eran parientes cercanos del mayor asesino de masas en la historia de los EE. UU. para conseguir un viaje gratis! Por supuesto, los bin Laden han sido sus socios comerciales.
¿Por qué está protegiendo los «derechos de la segunda enmienda» de potenciales terroristas? En los días después del 11S, el FBI comenzó a dirigir una comprobación para ver si alguno de los 186 «sospechosos» que los federales habían reunido en los primeros cinco días después del ataque habían comprado algún arma en los meses previos al 11S. Haciendo uso del fichero instantáneo de comprobación de antecedentes de compras de armas creado en virtud de la Ley Brady, el FBI inmediatamente descubrió que dos de los sospechosos efectivamente habían comprado armas. Cuando su fiscal general del Estado, John Ashcroft, se enteró de esto, clausuró la investigación inmediatamente. Dijo al FBI que los ficheros de comprobación de antecedentes no podían utilizarse para tal investigación. Así que Ashcroft prohibió al FBI cualquier otra investigación sobre si los detenidos —por tener posibles vínculos con los secuestradores— habían obtenido algún arma en los noventa días anteriores al fatídico día. ¿Por qué? Porque, aunque se les había privado del resto de sus derechos, su Administración insistió en que todavía tenían un derecho constitucional que usted estaba dispuesto a proteger: su sacrosanto derecho, en virtud de la segunda enmienda, a llevar armas sin necesidad de que lo sepa el gobierno. Sr. Bush, ¡no puede ir en serio! ¿Tan chiflada por las armas está su Administración, y tan metida en el bolsillo de la Asociación Nacional del Rifle, que no se plantean ni por un nanosegundo el proteger los derechos de cualquier árabe estadounidense arrestado, detenido y acosado en los últimos años pero, en lo que concierne a sus derechos sobre armas, de repente se convierten en los mayores defensores de los derechos constitucionales y las libertades civiles que se haya visto en la nación? Me imagino que nada de esto debería sorprendernos, teniendo en cuenta a lo que se dedicaba el Sr. Ashcroft en el verano de 2001. En vez de proteger al país de acontecimientos como el que iba a tener lugar, el fiscal general estaba ocupado intentando desmantelar el sistema nacional de comprobación instantánea de antecedentes penales. ¡Decía que el gobierno no debería mantener una base de datos con los propietarios de armas y quería cambiar la ley para que los archivos se mantuvieran sólo durante veinticuatro horas!
En una audiencia del Senado, el Sr. Ashcroft mostró algo por él descrito como un manual de entrenamiento de al Qaeda. «En este manual,» advirtió, «se explica a los terroristas de al Qaeda cómo utilizar la libertad de EE. UU. como un arma contra nosotros.» Una de las libertades que parece gustar mucho a al Qaeda es nuestra segunda enmienda. Otro folleto de al Qaeda originariamente encontrado en pisos francos en Afganistán colma de elogios a los EE. UU. Obviamente, Ashcroft no entendió la belleza de la ironía. Usted puede privarles de su protección de la cuarta enmienda contra registros o embargos ilegales, de sus derechos de la sexta enmienda a un juicio público con un jurado compuesto por sus iguales y con abogado, y de sus derechos de la primera enmienda de expresión, asamblea, disidencia y religión. Usted cree tener derecho a tirar a la basura todos estos derechos pero, en lo que concierne al derecho de la Segunda Enmienda de poseer un AK-47, ¡oh, no! Ese derecho sí que pueden tenerlo; y se defenderá este derecho, incluso después de que hayan estrellado un avión contra un edificio matando a un montón de gente.
Pero en julio de 2002 la verdad salió a la luz y la oficina general de cuentas dio a conocer la verdadera opinión sobre la cuestión del Departamento de Justicia, con fecha 1 de octubre de 2001 (un informe aparentemente ocultado por el fiscal general). ¿Qué contenía? Que los asesores legales del Departamento de Justicia habían dictaminado que no había nada malo en utilizar los archivos de antecedentes de armas para comprobar si un sospechoso terrorista había comprado una pistola. La oficina general de cuentas también informó de que el 97 % de las armas compradas ilegalmente, autorizadas inicialmente y después retiradas al descubrirse el error, no habrían sido detectadas si los registros de comprobación de armas hubiesen sido destruidos en veinticuatro horas en vez de en noventa días.
¿Fue usted consciente de que, siendo gobernador de Texas, los talibanes viajaron allí para reunirse con sus amigos de las empresas petrolíferas y del gas? Los talibanes, como usted sabe, fueron invitados a venir a Texas cuando usted era gobernador del Estado. Según la BBC, los Talibanes fueron allí para reunirse con Unocal, el gigante petrolífero y energético, y analizar su deseo de construir un gasoducto desde Turkmenistán hasta Pakistán pasando por Afganistán, controlado por los talibanes.
Según el Telegraph Online de Londres, sus amigos de la compañía petrolífera sacaron la alfombra roja para recibir a algunos de los matones homicidas con peor fama, a quienes obsequiaron con una excelente estancia en Texas. Primero, los cabecillas talibanes pasaron unos días en Sugarland, Texas, disfrutando de los placeres occidentales. Los petroleros alojaron a esos crueles hijos de puta en un hotel de cinco estrellas, los llevaron al zoo y, por supuesto, al centro espacial de la NASA. ¿Cuál es exactamente la razón por la cual estos brutales dictadores fueran agasajados en su estado, mientras que parece que usted esté totalmente en contra de dictadores brutales?
Por supuesto, estaba Dick Cheney, por aquél entonces director general de la enorme compañía de servicios petrolíferos Halliburton. Cuando no estaba construyendo cárceles en la Bahía de Guantánamo o ignorando enormes violaciones de derechos humanos para hacer negocios con Myanmar y cerrar tratos con Libia, Irán y el Irak de Saddam Hussein (lo cual Halliburton hizo alegremente en los noventa), Halliburton construía (y aún construye) oleoductos y gasoductos.
Sí, sin duda alguna había negocio en Afganistán. Después de que guerreros muyahidines apoyados por EE. UU. (como Osama bin Laden) rechazaran la ocupación soviética, los EE. UU. se olvidaron rápidamente de Afganistán y dejaron que reinara el caos. El país se sumió en una guerra civil. Cuando los talibanes subieron al poder a mediados de los noventa, se los recibió con gran regocijo en Washington.
Al principio se pensaba que los talibanes seguían el modelo de buen gobierno saudí aprobado por los EE. UU. —fuerte opresión, dando a Occidente lo que necesite— lo cual les convertía en un buen país con el que hacer negocios. Sin embargo, sus homicidas comportamientos salieron rápidamente a la luz y los principales políticos estadounidenses comenzaron a echarse atrás. Pero no las compañías petrolíferas. Unocal aguantó y se zambulló en su acuerdo del gasoducto con los talibanes, asociándose con la saudí Delta Oil, dirigida por un hombre llamado Mohammed Hussein Al-Amoudi, que ha sido investigado por sus lazos con Osama bin Laden. No pareció molestar a ninguna de las partes que Osama bin Laden hubiese establecido su residencia en Afganistán en 1996 con la bendición de los talibanes —el mismo año en el que comenzó a promulgar su llamada a la «Guerra Santa» contra los EE. UU.
Pero entonces Osama voló dos embajadas estadounidenses en África, lo cual fue suficiente para hacer que el Presidente Clinton decidiera que ya no quería tener nada que ver con Afganistán. Respondió a bin Laden lanzando misiles contra una fábrica de aspirinas en Sudán y un campo de entrenamiento desierto en Afganistán. Dos días después, Unocal suspendió su relación con los talibanes para construir el gasoducto en Afganistán, retirándose completamente del acuerdo tres meses después. De repente, los talibanes habían perdido miles de millones de dólares, dinero que necesitaban desesperadamente para financiar su régimen y proteger a bin Laden.
Los talibanes y Osama bin Laden realmente fastidiaron sus negocios con estos dos actos terroristas y Clinton clausuró el trato. Así que, mientras los talibanes estuvieran por medio y dieran cobijo a Osama, el gasoducto nunca se construiría. ¿Cuál sería la solución? Un nuevo presidente no haría daño a nadie. Así que Enron se convirtió en uno de los mayores colaboradores de su campaña para derrocar al eje Clinton/Gore. Cheney escogió a un puñado de los amigos de su padre para los otros puestos importantes y usted dijo que de acuerdo. Después fue nombrado presidente por el Tribunal Supremo.
No llevaba ni un mes en su cargo cuando los talibanes llamaron a su puerta. Todavía querían esos miles de millones del trato del gasoducto. Seis días después de que Cheney estableciera su secreta «Energy Task Force», el London Times informó de que los talibanes se ofrecían a resolver un trato con la nueva Administración que habría implicado echar a Osama de Afganistán, lo cual ya le habían comunicado.
Representantes de su Administración se reunieron con los talibanes o les enviaron mensajes durante el verano de 2001. Como un ex agente de la CIA sugirió al Washington Post, usted y su Administración dieron al traste con una oportunidad de detener a bin Laden. Las conversaciones continuaron hasta sólo unos días antes del 11S. No habría gasoducto. Los talibanes se habían quedado sin su botín y las empresas que le apoyaban a usted habían perdido los millones que habían invertido en toda la preparación necesaria para ese lucrativo gasoducto. ¿Qué iba a pasar entonces? Dos aviones derribaron el WTC y usted decidió proteger la libertad quitando a los ciudadanos algunas de sus libertades. Entonces tuvo lugar la redada en Afganistán que hizo que los Talibanes y sus compadres de al Qaeda salieran corriendo —lo cual era mucho más fácil que atraparlos—. La mayoría de los peces gordos se escaparon. ¡Ah! Y entregamos Unocal a Afganistán. ¿El nuevo embajador de EE. UU. en Afganistán? El asesor de Unocal y miembro del consejo de seguridad nacional Zalmay Khalilzad. ¿Y el nuevo presidente de Afganistán instaurado por EE. UU.? El exempleado de Unocal Hamid Karzai. El 27 de diciembre de 2001, Turkmenistán, Afganistán y Pakistán firmaron un acuerdo para la construcción de un gasoducto. Finalmente, el gas fluiría desde la región del Mar Caspio y todos sus amigos estarían contentos.
¿Qué quería decir exactamente esa mirada en aquella aula en Florida la mañana del 11S cuando su jefe de gabinete le dijo que «estaban atacando a los EE. UU.»? Usted voló a Florida el 10 de septiembre por la tarde. El 11S por la mañana, fue a la escuela de primaria Booker para leer a los niños pequeños entre las ocho y media y las nueve menos veinte de la mañana, unos diez o veinte minutos después de que la administración federal de aviación supiera que habían secuestrado unos aviones en el aire. Nadie se molestó en decírselo. Usted llegó a la escuela después de que el primer avión se hubiera estrellado contra la torre norte en la ciudad de Nueva York.
Tres meses después, usted le dijo a un alumno de tercer curso en un pleno en Orlando que usted estaba «sentado fuera del aula esperando para entrar y vi un avión chocar contra la torre; obviamente, el televisor estaba encendido, y yo he sido piloto, así que me dije: ¡vaya piloto más torpe! Me dije: debe de haber sido un accidente horroroso. Pero me sacaron en volandas de allí y no tuve demasiado tiempo para pensar en ello...» Usted repitió esa misma historia un mes después en otro pleno en California. El único problema con esa historia es que usted no vio al primer avión chocar contra la primera torre —nadie lo vio en directo en la televisión, puesto que la grabación no se emitió hasta el día siguiente—.
Usted entró en el aula sobre las nueve de la mañana, y el segundo avión se estrelló contra la torre sur a las nueve y tres minutos. Sólo unos pocos minutos después, mientras usted estaba sentado enfrente de la clase con los niños, escuchándolos leer, su jefe de gabinete, Andrew Card, entró en el aula y le susurró algo al oído. Por lo visto, Card le estaba informando sobre el segundo avión y el asunto de que los EE. UU. estaban «siendo atacados.» Y fue en ese preciso instante cuando esa mirada distante apareció en su rostro, no exactamente una mirada en blanco, sino que parecía parcialmente paralizado. Sin mostrar ninguna emoción. Y entonces... simplemente se quedó ahí sentado, durante otros siete minutos más o menos, sin hacer nada. Simplemente se quedó en su silla de niño pequeño y escuchó tranquilamente cómo leían los niños durante seis o siete minutos. No parecía preocupado, ni se disculpó para ausentarse, ni sus consejeros o el servicio secreto le sacaron del aula en volandas.
¿Estaba pensando que debería haber tomado más en serio los informes que la CIA le había dado el mes anterior? Se le había dicho que al Qaeda estaba planeando ataques en los EE. UU. y que posiblemente utilizarían aviones. Había informes de inteligencia previos que versaban sobre el interés del al Qaeda en atacar el Pentágono.
Según un artículo de New Yorker escrito por Elsa Walsh, dos noches después usted salió al balcón Truman de la Casa Blanca para relajarse y fumar un puro. Le pidió a un amigo íntimo que le acompañara. Le dijo que «si no podemos conseguir que [cualquier agente de al Qaeda que pueda haber estado involucrado en el ataque] cooperen, os los entregaremos.» Una oferta que seguro que agradeció. Después de todo, se trataba de su buen amigo «Bandar Bush», el príncipe de Arabia Saudí.
[1] Robert Baer, Sleeping with the Devil, Crown, 2003.

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