domingo, 7 de septiembre de 2008

Detención salvaje y racista en EE. UU.

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El pasado mes de junio, en Conway (Arkansas), Luis Miguel Domínguez, un autor de series sobre naturaleza, fue acusado de usurpar la identidad de un policía y encarcelado e incomunicado durante 26 horas en una celda de 16 metros cuadrados compartida con otras nueve personas (como es habitual en las prisiones de EE. UU., todos de raza negra menos un mexicano), una de las cuales intentó atacarlo durante la noche. Según sus propias palabras, fue víctima de un «sistema policial arcaico y racista» en una situación de «indefensión absoluta, con un sistema jurídico y policial medieval que te puede cambiar la vida de la noche a la mañana; las necesidades se hacían en la propia celda y dormíamos en el suelo encadenados, esposados y sin estarnos permitido taparnos con una manta pese al frío aterrador».
Domínguez había viajado a EE. UU. con sus padres para visitar a su hijo, estudiante de Periodismo en la Universidad Central de Arkansas, quien ya había comentado sus problemas con un vecino obsesivo y empeñado en inmiscuirse en su vida privada (quien, tal cómo se ha descubierto más adelante, tiene la desdicha de padecer de esquizofrenia). A altas horas de la noche del 26 de junio, completamente drogado, ese ciudadano aporreó la puerta de la casa acusándoles de hacer mucho ruido y, al constatar lo infundado de su improperio, procedió a simular una caída por las escaleras y a culparles de haberle empujado.



Pese a que el vecino no había conseguido autolesionarse como consecuencia de su espectáculo circense, fue el propio Domínguez quien avisó a la policía, con lo que nuestro personaje cambió la acusación: ya no hacían ruido ni le habían empujado por las escaleras, sino que se había hecho pasar por policía. De una manera nada habitual en cualquier país desarrollado, los agentes, que entraron en la casa «encañonándonos y obligándome a sentarme en el suelo y mantener la boca cerrada sin ni siquiera pedir la documentación a nadie,» procedieron a detenerlo y a esposarlo basándose en una estrella de sheriff de juguete que encontraron en la cocina, tratando a toda la familia como auténticos delincuentes y obviando la presunción de inocencia, «todo ello delante de mi madre, que no podía evitar llorar». No pudo ver a un abogado hasta que pasaron esas 26 horas de detención, en el transcurso de las cuales fue conminado a declararse culpable en repetidas ocasiones.
Gracias a la colaboración de la diplomacia española, y tras pagar una fianza, pudo salir en libertad con cargos, lo cual quiere decir que deberá volver a EE. UU. para ser juzgado por usurpación de autoridad, penada con 6 años de cárcel y 10 000 dólares de multa, en un expediente judicial en el que el acusado aparece descrito como «de raza hispana», y la «víctima» como «de raza no hispana» (no es de extrañar, teniendo en cuenta que proviene del mismo sistema que prefirió creer la versión de los hechos de una persona claramente inestable, un «caza-indemnizaciones», sólo porque se contraponía a la de un extranjero, para más INRI de una raza no anglosajona).



Nadie en sus cabales puede entender cómo un asunto de tal simpleza, que cualquier grupo de personas civilizadas resolverían sin recurrir a la violencia, ni a la arbitrariedad ni al abuso de poder, pudo devenir en una escena de Arde Mississippi o El expreso de medianoche («no olvido a los policías riéndose mientras, tras desnudarme, me metían los dedos por el culo para ver si llevaba droga»). Como contraste, es destacable el comportamiento de la Universidad Central de Arkansas, en la cual cursa sus estudios el hijo de Luis Miguel y conocedora de todo el episodio, que ha proporcionado una casa a toda su familia de forma totalmente gratuita para que la utilicen hasta que se aclare todo el asunto, si es que la autoridades policiales y judiciales consideran apropiado que se aclare.

1 comentario:

Claudia Hernández dijo...

Historias como esta se repiten con regularidad y, en mayor número, contra los latinoamericanos. Basta con que aterrices de un vuelo que venga de Colombia, por ejemplo, para ya seas sospechoso de "narcotraficante". Un sistema aberrante, que para colmo, Europa cada día emula más.