miércoles, 19 de noviembre de 2008

Mi día como adicto


Suena el despertador, me levanto y el cuerpo ya me pide el primer traguito del día; la verdad es que me sienta fatal y estoy a punto de vomitar, pero es que si no, no me pongo en marcha. Voy al trabajo y, aunque ahora está prohibido beber en el lugar de trabajo (el caso es tratarnos como a niños), yo me llevo mi petaca, así puedo salir a la calle cada hora con los compañeros a meternos unos tragos entre pecho y espalda. Perdemos mucho tiempo entre que salimos y volvemos a entrar, y en invierno nos helamos de frío en la calle, pero merece la pena por el placer de beber en compañía (y es que no es sólo un vicio, sino también un acto social); otros compañeros dicen que nuestra actitud es discriminatoria, porque ellos no salen a beber, sino que trabajan durante toda la jornada (el caso es intentar coartar nuestras libertades).
En la comida, entre plato y plato, un chupito, sin olvidarnos del de después de comer que, como suele decirse, es «el segundo mejor posible». Otros comensales nos miran mal, nos espetan que esta mesa es de «no bebedores», y alguno argumenta que con el efecto del alcohol no disfrutamos de los sabores de la comida (¡es que hay algunos que saben de todo, oye!)
Al salir del trabajo se me ha vaciado la petaca entera (estoy dejándolo, y cada día bebo un poco menos, pero es que hoy he tenido un mal día y estoy muy nervioso), así que voy corriendo a la licorería a comprarme una botella. ¡Maldición, he llegado tarde y han cerrado! ¿Y ahora, qué hago? ¡No tengo nada en casa y así no puedo estar hasta mañana! De camino a casa, abordo a auténticos desconocidos preguntándoles si pueden ofrecerme un trago y me recorro todos los bares para ver si puedo rellenar la petaca; menos mal que finalmente me encuentro a un amigo que suele llevar reservas y me saca del apuro. «¡Mañana sin falta te lo devuelvo!»
La verdad es que digo que lo estoy dejando, pero es para que me dejen en paz; no lo dejo porque no me da la gana, me gusta y no me hace ningún mal: es todo propaganda de este gobierno que está obsesionado con meterse en nuestras vidas. En la empresa nos ofrecen un tratamiento gratuito para dejar de beber, y a muchos compañeros que se han apuntado se les ve mucho mejor (por no hablar del dinero que dicen que se ahorran), pero yo estoy bien como estoy, y no tengo la suficiente fuerza de voluntad para dejarlo.

Me hago cargo de que esta comparación entre un adicto al tabaco y un adicto al alcohol va a levantar ampollas. Por supuesto que no es lo mismo, pero veamos algunas similitudes: ambos provocan muertes, tanto a sí mismos como a los que los rodean (cánceres en fumadores pasivos, víctimas de accidentes de tráfico, etc.), ambos generan gastos sanitarios extraordinarios sufragados por todos los ciudadanos, adictos y no adictos. Como diferencias, aparte de la evidente mayor gravedad del alcoholismo, por lo menos a corto plazo, reseñar la suciedad, mal olor, irritación de ojos y mucosas, etc. que genera el tabaco.
Visto esto, preguntémonos sobre el porqué de nuestra permisividad con los fumadores (algunos de los cuales se lamentan de no poder fumar en algunos espacios públicos, o bien obvian totalmente cualquier tipo de prohibición, y no tienen ningún tipo de consideración hacia los no fumadores en aquellos espacios donde lo tienen permitido), mientras que probablemente no toleraríamos o miraríamos mal a quien se le ocurriera andar por ahí dando tragos a una petaca de vez en cuando.

No hay comentarios: