lunes, 26 de enero de 2009

Los lujos de Chicago

No soy el primer lector que escribe sobre este tema; ya se han mostrado varias cartas en esta sección comentando su desacuerdo sobre el tipo de productos recomendados cuando XL Semanal publica especiales sobre moda, perfumería, joyería, regalos, complementos, etc. Sin embargo, las reivindicaciones jamás han sido escuchadas. La gran mayoría las mercancías publicitadas en dichos artículos son de gama alta, con precios que oscilan entre lo caro y lo exorbitante. Se conoce que la renta del lector medio de esta revista tiene al menos un cero más a la derecha que la mía y la de aquellos otros lectores que escribieron en su día sobre este mismo asunto; o eso es lo que creen los redactores de la publicación; o eso es lo que quieren hacernos creer, en cuyo caso querrá decir que para ellos también somos un cero, pero no a la derecha, sino a la izquierda.
El último caso, aunque sin duda mucho más moderado que los anteriores, ha sido el del reportaje titulado «Chicago, la ciudad del sueño americano», en el que se nos recomienda alojarnos en hoteles boutique con su propio chef, comer en restaurantes donde, si conseguimos mesa, nos encontraremos con Gwyneth Paltrow o los Obama, comprar ropa en la meca fashion de la ciudad o relajarnos en locales de diseño.
Hace unos meses tuve el privilegio de poder visitar esa fantástica ciudad durante cuatro días. Dormí en un hotel muy cercano a Michigan Avenue, arteria comercial de la ciudad, probé todas las especialidades de la cocina de Chicago sin tener que pedir un plan de rescate al nuevo presidente, e incluso hice alguna compra y disfruté de música blues en directo. Todo ello por mucho menos dinero, pero con todas las comodidades; sin nadar en la abundancia ni permitirme todo tipo de lujos y caprichos (algo que para muchos sería una experiencia terriblemente traumática, a la vista de los superficiales tiempos que corren), tampoco me privé de nada y disfruté al máximo de la Windy City. Aunque las guías los mencionaban, no visité ninguno de los lugares recomendados en el reportaje; sin embargo, tuve tiempo de conocer toda su arquitectura, museos, parques, vida nocturna, gentes y demás.



También a propósito del mismo artículo, aunque cambiando de tema, no es de extrañar que ese cuarenta por ciento de población de color (me imagino que se referirán al negro, aunque ya se sabe que es la ausencia de color, pero se ve que a quien lo escribió le parece insultante pertenecer a esa raza que, aunque tirando más bien al marrón, así se denomina) se niegue a ser denominada como «afroamericanos», si tenemos en cuenta que la aplastante mayoría de ellos, tanto antes como después del 4 de noviembre, ha nacido en los EE. UU. y no en África, aunque sea muy probable que sus antepasados provengan del continente… «negro» (todo sea por hurgar lo más posible en la llaga de lo políticamente correcto). De todos modos, no sé de qué se quejan: en España la última moda es el término «subsahariano afroamericano», que reduce aún más el número de posibles miembros.

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