miércoles, 25 de febrero de 2009

Rouco me quiere tutelar

Estoy de acuerdo con el punto de vista que sostiene Carmen Posadas en su columna Ateos sobre ruedas, indicando el infantilismo de un lema como «Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta de la vida», aparecido en varios autobuses de Londres, Birmingham, Manchester, Edimburgo, Barcelona y Madrid, así como en Washington D. C., en este caso con un mensaje ligeramente diferente («¿Por qué creer en un dios? Sé bueno sólo porque sí.»)



Sin embargo, independientemente de que pueda o no herir sensibilidades (no entiendo por qué nadie podría sentirse ofendido por el hecho de que otros expresen una opinión diferente a la suya), así como del posible mal uso del tiempo verbal (¿no sería mejor «probablemente Dios no “exista”», en subjuntivo?), no creo que tal consigna implique necesariamente que se elimine un código de conducta religioso sin sustituirlo por su equivalente laico; intentar relajarse y disfrutar no tiene por qué ser lo mismo que abandonar toda ética y moral —son cosas compatibles, siempre que el individuo tenga un mínimo de inteligencia para considerar las posibles consecuencias de sus actos y decisiones—.



Sí que me llama la atención el hecho de que ser ateo se haya convertido en una religión, igual de excluyente y con el mismo anhelo de proselitismo que cualquier otra. Si no, no entiendo su afán por publicitar y propagar a los cuatro vientos su dogma (es decir, intentar “venderlo”). Es irónico que reivindiquen su actitud reclamando el mismo respeto que los creyentes a la hora de anunciar sus convicciones, cuando están demostrando que lo son del mismo modo, aunque la doctrina sea diferente. También profesan una fe: el ateísmo. Como decía Miguel de Unamuno, “Hasta un ateo necesita a Dios para negarlo”.



Muchos han puesto el grito en el cielo (nunca mejor dicho) contra el mensaje ateo, calificándolo de «laicismo extremo» (José María Pérez-Roldán) y cargando las culpas contra Zapatero, ya que «intentan boicotear las creencias de los demás hablando mal de Dios, y hace muy pocos años no había ningún problema de este tipo» (¿qué problema?, me pregunto yo). El arzobispo Rouco, olvidando del artículo 20.1.a de nuestra Constitución , aboga por una escalofriante “libertad de expresión tutelada”: «no es justo obligarnos a soportar mensajes que hieren nuestro sentimiento religioso». (Se conoce que los anuncios de trata de blancas que aparecen en periódicos financiados por la Iglesia Católica no le parecen tan hirientes). Completamente opuesto, por poner un ejemplo, a la Reverenda Jenny Ellis, de la Iglesia Metodista de Inglaterra, quien afirma que están «agradecidos por este interés en Dios y por animar a la gente a meditar sobre estas cuestiones; esta campaña será algo bueno si consigue que los ciudadanos se comprometan con las preguntas más profundas de la vida».


FIRMA POR LA SEPARACIÓN IGLESIAS - ESTADO

En el otro lado, otros se quejan también del mensaje «Dios existe, disfruta de la vida en Cristo», contratado por una iglesia protestante de Fuenlabrada. Es inquietante el poco apego que se tiene a la libertad de expresión en este país, olvidándonos de que cualquiera es libre de divulgar el “producto” que quiera siempre que el anuncio sea acorde con la Ley. De todos modos, en lo que me concierne, ni siquiera me fijo en ningún tipo de campaña (tomen nota, señores publicistas), tanto en la televisión como en la radio (siempre cambio de canal o emisora), en prensa o en la calle (incluidos los reclamos a favor de su “equis” en la declaración de la renta por parte de la Iglesia), del mismo modo que en mi infancia ignoraba los crucifijos que pregonaban el catolicismo en el colegio donde estudiaba. No creo que nadie tenga la autoridad moral de imponer a los demás si deben creer en algo o deben no creer en algo.


Por lo menos, estos predicadores del ateísmo incluyen el “probablemente”, algo que omiten otras religiones. Como dijo Bertrand Russell, «Gran parte de las dificultades por las que atraviesa el mundo se deben a que los ignorantes están completamente seguros y los inteligentes llenos de dudas».

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