martes, 28 de abril de 2009

Los (ilusos) príncipes verdes

Es agradable leer cómo dos personalidades como Carlos de Inglaterra y Alberto de Mónaco se preocupan por el medioambiente, que es lo mismo que decir que lo hacen por el bienestar y el futuro de todo el mundo. Sin embargo, sería muy recomendable que intentaran recabar más información sobre los proyectos en los que se involucran, ya que hay casos en los que es peor el remedio que la enfermedad.
Me refiero, en concreto, al tema de los biocombustibles, que Carlos de Inglaterra paradójicamente encuadra dentro de su «cruzada contra la deforestación de las selvas». Si hay algo que en los últimos años ha contribuido a la deforestación de las selvas y, por ende, a la desaparición de miles de especies y el empobrecimiento del aire del planeta, ha sido la producción de biocarburantes.



Miles de hectáreas de bosques y selvas se están talando en todo el mundo para destinarlos a plantaciones dedicadas a los biocombustibles, y ello con la connivencia de políticos tan populares como Lula da Silva, cómplice de la salvaje deforestación del Amazonas; del mismo modo, un sinnúmero de agricultores se han visto obligados a abandonar sus cultivos tradicionales, si es que no han sido antes expulsados de sus tierras por las grandes multinacionales, para sustituirlos por cultivos intensivos de soja, maíz, colza o girasol, los cuales conllevan un abusivo uso del suelo y el despilfarro del agua (para producir un litro de bioetanol son necesarios medio kilo de carbón, cuatro litros de agua y dos kilos de maíz).



Así, no sólo estamos privando al planeta de sus pulmones, con el consiguiente aumento del CO2, sino que estamos reduciendo sensiblemente la producción de alimentos, condenando a morir de hambre a millones de personas por el incremento de los precios de los alimentos (y es que los biocombustibles no se comen, al contrario que la soja, el girasol y el maíz, presentes en las dos terceras partes de los alimentos). Pese a los intentos de silenciarlo, es fácil acceder al informe del Banco Mundial que demuestra cómo el 75 % del aumento del precio de los alimentos es atribuible a los biocarburantes.



Además, los países ricos nunca van a poder autoabastecerse, y siempre va a ser más apetitoso comprar más barato a los países menos desarrollados. Por ejemplo, en España los planes consisten en importar el 75 % de la materia prima y exportar el 90 % del biodiésel producido con ella (es decir, seguir aprovechándose de los países pobres).



Aparte, tenemos la falacia de que el etanol es mucho más barato, algo sólo posible gracias a las subvenciones de que disfruta, con lo que se trata de un producto que pagamos todos, no sólo los que lo consumen y contaminan con él. La única alternativa sostenible a esta explotación es totalmente insuficiente, ya que se trataría del reciclado de aceites domésticos; queda todavía mucho tiempo (y muchas muertes) hasta que la producción de biocombustibles a partir de los desechos de las ciudades se haga realidad.



Por otra parte, pese a que los biocombustibles emiten menos dióxido de carbono, provocan un aumento de los óxidos de nitrógeno debido a la necesidad de utilizar pesticidas y fertilizantes, sustancias químicas basadas a su vez en el petróleo, con lo que todo se convierte en una gran farsa, detrás de la cual están, cómo no, las petroleras. De esta manera, se estima que la producción y el uso de biocombustibles provocarán un aumento de la contaminación global en torno al 4 %.
Finalmente, también es curioso que un aficionado al fútbol como Alberto de Mónaco (y digo «aficionado» como eufemismo, porque ya hemos visto su agresivo comportamiento en los palcos de los estadios) no abogue por la celebración de los encuentros a plena luz del día para evitar el despilfarro de energía que supone la iluminación de los estadios.

martes, 14 de abril de 2009

La «gracia» de ir a la playa



Acabo de escuchar en la radio las opiniones de varios ciudadanos entrevistados por la calle en relación con la ley de Costas y la posible desaparición de los restaurantes de playa que la incumplan; me he quedado con dos que resumen el sentir de la gran mayoría: un caballero afirmaba que «los chiringuitos de playa son patrimonio de la humanidad», y una señora aseguraba que, para ella, «sin chiringuitos, se le quita la gracia a ir a la playa».
En el terreno político, tenemos la cachaza de Javier Arenas, a quien no le cambia la cara al ensalzar el «carácter etnológico del chiringuito como parte de la identidad de nuestras playas, los cuales la región ha incorporado a sus hábitos y costumbres y a su paisaje [sic] natural», la demagogia de Manuel Chaves, quien asegura que «el chiringuito es un elemento singular e identitario de la oferta de ocio de las playas andaluzas», así como la habitual verborrea de la contumaz Celia Villalobos, que se pregunta «¿Dónde va a comer la gente en la playa y dónde va a hacer sus necesidades? ¿Todos en el mar?» La respuesta es fácil, diputada: si no hay otro sitio, ambas cosas en su casa; y lo segundo, en el mar, de ninguna de las maneras (pero bien está que avise, para alejarme de usted si alguna vez coincidimos en alguna playa).



Independientemente de que uno pueda estar de acuerdo o no con la mencionada ley, me gustaría analizar esas dos últimas frases; en mi opinión, son una representación clara de la sociedad española de hoy en día, una muestra de una personalidad consumista, superficial, despreocupada, temeraria e irresponsable, que consigue que cada vez sorprendan menos los numerosos casos de corrupción que asolan nuestro país y que las expectativas frente a la crisis sean cada día más pesimistas.
Parece ser que la opinión general es que un establecimiento de comidas y bebidas es algo esencial en una playa, e inherente a su existencia y disfrute. Todo indica que existe una necesidad perentoria de consumir, lo que sea, sólo por el hecho de cruzar el umbral de nuestra casa. Así, la ingestión de refrescos, aperitivos y demás queda por encima de cualquier otra opción de ocio y deja en segundo plano cualquier consideración sobre la conservación de la naturaleza.



El mar como lugar de relajación, paseos, baños de agua y de sol ha pasado a la historia, relegado por el voraz apetito de consumidores cuyo dinero les quema en los bolsillos, deseosos de esparcir por doquier su basura, sus desperdicios, sus envases y sus colillas de cigarrillo.
¿Qué cuento es ese de que sin chiringuito se le quita «la gracia» a ir a la playa? Sinceramente, para eso no vaya a la playa, coja usted su cervecita y sus aceitunas y se las toma en un vertedero, lugar más acorde a su actitud. ¿Desde cuándo un chiringuito es «patrimonio de la humanidad»? Patrimonio de la Humanidad, con mayúsculas, es la Naturaleza, con más mayúsculas; y, como dice el DRAE, “patrimonio” es ‘la hacienda que alguien ha heredado de sus ascendientes’, lo cual lleva implícito el deber de mantenerlo en buen estado para nuestros descendientes.
Por supuesto, todos estos establecimientos son patrimonio de sus propietarios, así como la manera de ganarse la vida de sus empleados, del mismo modo que el sinnúmero de viviendas construidas ilegalmente son patrimonio de las familias que viven en ellas; sin duda, sin dejar nunca de lado el sentido común y el respeto hacia esta Tierra que es la casa de todos, si hay alguien a quien deba tenerse en cuenta a la hora de poner en práctica esta ley es a estas personas, por lo menos para evitar a toda costa que paguen justos por pecadores.

jueves, 2 de abril de 2009

Las mentiras de los pesticidas



Tras el monográfico del número 1112 de XL Semanal sobre «Comer bien… Vivir mejor», el 1116 nos traía dos cartas con opiniones contrapuestas sobre el tema de la seguridad alimentaria (que no “alimenticia”.
La primera afirmaba que «el vil metal y no la responsabilidad guía las prácticas empresariales», mientras que la segunda defiende a los pesticidas, afirmando que «nuestros alimentos nunca fueron más seguros» y que dichos fitosanitarios «garantizan una producción rentable de productos frescos de alta calidad, seguros, suficientes y asequibles para todos». Me imagino que con lo de «rentable», «suficiente» y «asequible» se referirá a los países ricos, por lo que a este señor le recomendaría hacer un poco de “turismo de aventura” para recabar un poco más de información. Lo que ya no entiendo mucho es lo de la «alta calidad»: se conoce que las papilas gustativas de D. Carlos Palomar han perdido algo de sensibilidad y le da igual un tomate “del súper” que otro “del pueblo”.
En relación con los pesticidas, si bien es cierto que su uso ha posibilitado mejoras en el crecimiento de las plantas (eso sí, en detrimento de su calidad) y no perder una enorme proporción por culpa de enfermedades, también lo es que las grandes multinacionales proporcionan cálculos falseados sobre su productividad para vendernos la falsa creencia de que, sin agricultura industrial, pesticidas, fertilizantes y semillas genéticamente manipuladas, no es posible alimentar al mundo. Por poner un ejemplo, la fumigación con insecticidas se ha multiplicado por veinte desde 1948, pero ahora los insectos devoran el 13 % de las cosechas, mientras que entonces se perdía tan sólo el 7 %.



La solución para el hambre pasa por la promoción de pequeñas granjas ecológicas y con biodiversidad, las cuales utilizan menos energía, menos recursos naturales y son proporcionalmente más productivas (la FAO ya ha demostrado cómo los agricultores que aplican menos pesticidas pueden obtener mejores cosechas). Muchos agricultores ya están dando la espalda a la agricultura química, sustituyéndola por otros métodos que logran mayores rendimientos y protegen el suelo, del que al fin y al cabo depende la producción de alimentos a largo plazo.
La seguridad alimentaria necesita políticas que favorezcan la producción no química, reduciendo o eliminando el uso de pesticidas. Los efectos nocivos de los agrocombustibles son gravísimos e innumerables: deforestación, erosión y degradación del suelo, incendios forestales, mayor consumo de hidrocarburos, concentración de tierras, violencia contra poblaciones indígenas y éxodo del campesinado, trabajo precario y represión sindical, uso de semillas transgénicas, hambre, mayor consumo de agua y menor proporción de tierras dedicadas a la producción de alimentos para dedicarlas a los biocombustibles. Además, su producción, a partir de productos químicos derivados del petróleo, genera gran cantidad de gases de efecto invernadero.



Antepongamos los hechos a la palabrería de los burócratas desde sus agencias y asociaciones de rimbombantes nombres: 500 millones de hectáreas de tierra cultivable desaparecerán en el tercer mundo a causa de estas prácticas, y millones de personas son envenenadas por pesticidas en las áreas rurales, provocando miles de muertes cada año.

De Juana… Caos


Al hilo de los recientes atentados en Irlanda, me viene a la memoria un artículo de Emili J. Blasco, publicado en Los domingos de ABC el pasado 23 de noviembre de 2008, titulado De Juana go home, en el que relataba cómo Juan Ignacio de Juana Chaos, tras haber cumplido sólo 21 años de cárcel por 25 asesinatos, tenía intención de fijar su residencia en Belfast.
Mister Chaos, como se le conoce allí (“chaos” /ˈkeɪɒs/ significa “caos” en inglés), llegó a Dublín en agosto, declarando como residencia la de James Monaghan, terrorista del IRA condenado por colaborar con las FARC y detenido tres meses después tras hallarse en su casa un artefacto explosivo similar a otro que había estallado en las oficinas de la multinacional Shell. Pese a todo, en esas fechas Chaos ya era beneficiario del Sistema Sanitario británico y había solicitado ayudas estatales por desempleo, con lo que estaría recibiendo unos 300 euros mensuales, como cualquier residente del Reino Unido que se encuentre en el paro, sin necesidad de haber cotizado nunca antes.
Además, ya le había sido proporcionada una vivienda: en Irlanda del Norte hay un grupo de personas, ligadas al Sinn Fein, cuya misión es atender las necesidades de cualquier terrorista de otros países que pase por el Ulster; en el caso de Chaos, se trata de Pat Rice, conexión entre el brazo político del IRA y Batasuna por su dominio del castellano [sic]. De euskera, ni una palabra, aunque lo suyo sería que fuese Chaos quien aprendiese inglés o gaélico, si tuviese un mínimo de educación. Aunque a la gente de la calle le daría igual si hablase en suajili, porque el sentir general es que «un hombre que ha matado a 25 personas nunca debería haber salido a la calle; da igual que sea un terrorista vasco, irlandés, unionista o lo que sea. Un tipo así es un asesino en serie y ningún grupo debería ayudarle».
Desconozco hasta qué punto la visita de Chaos pueda estar relacionada con los posteriores atentados del «IRA auténtico», o si es una mera coincidencia. Tenga algo que ver o no, está claro que este siniestro individuo lleva el mal impregnado en el alma y grabado en su faz, y es inevitable que tanto su actitud como su personalidad, su entorno, su pasado y su presente contaminen todo lo que esté a su alrededor.