martes, 14 de abril de 2009

La «gracia» de ir a la playa



Acabo de escuchar en la radio las opiniones de varios ciudadanos entrevistados por la calle en relación con la ley de Costas y la posible desaparición de los restaurantes de playa que la incumplan; me he quedado con dos que resumen el sentir de la gran mayoría: un caballero afirmaba que «los chiringuitos de playa son patrimonio de la humanidad», y una señora aseguraba que, para ella, «sin chiringuitos, se le quita la gracia a ir a la playa».
En el terreno político, tenemos la cachaza de Javier Arenas, a quien no le cambia la cara al ensalzar el «carácter etnológico del chiringuito como parte de la identidad de nuestras playas, los cuales la región ha incorporado a sus hábitos y costumbres y a su paisaje [sic] natural», la demagogia de Manuel Chaves, quien asegura que «el chiringuito es un elemento singular e identitario de la oferta de ocio de las playas andaluzas», así como la habitual verborrea de la contumaz Celia Villalobos, que se pregunta «¿Dónde va a comer la gente en la playa y dónde va a hacer sus necesidades? ¿Todos en el mar?» La respuesta es fácil, diputada: si no hay otro sitio, ambas cosas en su casa; y lo segundo, en el mar, de ninguna de las maneras (pero bien está que avise, para alejarme de usted si alguna vez coincidimos en alguna playa).



Independientemente de que uno pueda estar de acuerdo o no con la mencionada ley, me gustaría analizar esas dos últimas frases; en mi opinión, son una representación clara de la sociedad española de hoy en día, una muestra de una personalidad consumista, superficial, despreocupada, temeraria e irresponsable, que consigue que cada vez sorprendan menos los numerosos casos de corrupción que asolan nuestro país y que las expectativas frente a la crisis sean cada día más pesimistas.
Parece ser que la opinión general es que un establecimiento de comidas y bebidas es algo esencial en una playa, e inherente a su existencia y disfrute. Todo indica que existe una necesidad perentoria de consumir, lo que sea, sólo por el hecho de cruzar el umbral de nuestra casa. Así, la ingestión de refrescos, aperitivos y demás queda por encima de cualquier otra opción de ocio y deja en segundo plano cualquier consideración sobre la conservación de la naturaleza.



El mar como lugar de relajación, paseos, baños de agua y de sol ha pasado a la historia, relegado por el voraz apetito de consumidores cuyo dinero les quema en los bolsillos, deseosos de esparcir por doquier su basura, sus desperdicios, sus envases y sus colillas de cigarrillo.
¿Qué cuento es ese de que sin chiringuito se le quita «la gracia» a ir a la playa? Sinceramente, para eso no vaya a la playa, coja usted su cervecita y sus aceitunas y se las toma en un vertedero, lugar más acorde a su actitud. ¿Desde cuándo un chiringuito es «patrimonio de la humanidad»? Patrimonio de la Humanidad, con mayúsculas, es la Naturaleza, con más mayúsculas; y, como dice el DRAE, “patrimonio” es ‘la hacienda que alguien ha heredado de sus ascendientes’, lo cual lleva implícito el deber de mantenerlo en buen estado para nuestros descendientes.
Por supuesto, todos estos establecimientos son patrimonio de sus propietarios, así como la manera de ganarse la vida de sus empleados, del mismo modo que el sinnúmero de viviendas construidas ilegalmente son patrimonio de las familias que viven en ellas; sin duda, sin dejar nunca de lado el sentido común y el respeto hacia esta Tierra que es la casa de todos, si hay alguien a quien deba tenerse en cuenta a la hora de poner en práctica esta ley es a estas personas, por lo menos para evitar a toda costa que paguen justos por pecadores.

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