lunes, 18 de mayo de 2009

El cuento del pastor y el lobo

Lo que comenzó siendo la «gripe porcina» para después cambiarle el nombre por el de «nueva gripe» o «gripe A», es decir, la enfermedad causada por el virus H1N1, ha sido un gran ejemplo de exceso de mala información, por alarmista, inexacta e irresponsable, así como de deficiencia de buena información, la que sería recomendable y lógica si se tuviera un poco de coherencia y sentido común.
El caso me recuerda a lo que fue la mayor alarma sanitaria (hasta ahora), la de la gripe aviar hace cinco años. El virus H5N1, acompañado de información defectuosa y una imprudente cobertura mediática, consiguió el sacrificio de millones de aves, la cuarentena de miles de granjas, el histerismo de la población, que llamaba al 112 si veía un pájaro muerto, y la adquisición, sólo en España, al precio de ocho millones de euros, de diez millones de dosis de Tamiflu (presentación comercial de Oseltamivir, comercializada por Roche, cuyos beneficios se multiplicaron por cuatro en 2005), las cuales siguen almacenadas en el Centro Militar de Farmacia de Madrid a la espera de que se cumplan las profecías que vaticinaban 150 millones de muertos (si es que no han caducado ya).



Pese a que los medios ya no hablan de ella, la gripe aviar no ha desaparecido, sigue existiendo. Sin embargo, su virulencia no ha sido proporcional a su impacto mediático: ha causado 254 muertos en todo el mundo (ni uno solo en España), lo que supuso un desastre económico y comercial para Roche, uno de cuyos mayores accionistas es Donald Rumsfeld, exsecretario de defensa de EE. UU. con George Bush.
Según un estudio de la revista Nature de hace unos meses (del que pocos medios se hicieron eco, ya que lo que vende es lo escandaloso, lo polémico, lo escatológico, lo violento y lo espantoso, nunca los hechos verídicos y los datos importantes), el virus H5N1 estaba mutando para hacerse resistente al Oseltamivir, y ya se conocía la cepa del H1N1, totalmente resistente a dicho medicamento. Aun así, los gobiernos de todo el mundo se han apresurado a comprar millones de dosis de Tamiflu, obviando las recomendaciones de gran parte de la comunidad científica, que cuestiona su eficacia. Terreno abonado para los amantes de las intrigas y las confabulaciones.



Y cuando el río suena es que agua lleva. No hay más que comparar las cifras: los afectados por la «gripe porcina» ascienden a 8000 en todo el mundo, 72 de los cuales han fallecido. En comparación, la gripe estacional afecta al 25 % de la población, causando 500 000 muertos al año en todo el mundo, 3000 de ellos en España, donde provoca la mitad de las bajas laborales y representa un coste de 210 millones de euros. Sin embargo, yo no veo que las masas acudan enajenadas a las farmacias para surtirse de inservibles mascarillas, ni que se cierren colegios, ni se pongan hoteles en cuarentena. Todo lo contrario, somos tan irresponsables que acudimos a nuestros lugares de trabajo aun a sabiendas de estar sufriendo la gripe, con lo que contagiamos a infinidad de compañeros, aumentando exponencialmente las bajas y los costes laborales.
Pero mejor no seguir comparando cifras, pues corremos el riesgo de acabar sintiendo verdadero (y justificado) asco hacia la industria farmacéutica, centrada en obtener beneficios con los medicamentos más rentables y en evitar a toda costa que los países del Tercer Mundo violen sus patentes para salvar a millones de personas, dando la espalda a tratamientos mucho más necesarios y baratos, pero mucho menos lucrativos, como el de la malaria (3000 niños muertos cada día) o la tuberculosis (1 millón de afectados y más de 150 000 muertos al año).
En el caso de pandemias mediáticas como la que estamos sufriendo últimamente, es parecido al cuento del pastor y el lobo: nadie niega su gravedad, pero es evidente que el alarmismo está siendo exagerado. Esta insensatez de los medios de comunicación y los gobiernos puede provocar que llegue un día en el que realmente nos enfrentemos a una verdadera plaga y los ciudadanos no nos lo creamos. Aunque en este caso puede que seamos nosotros mismos quienes la estemos provocando: me refiero a los antibióticos y a su mal uso y abuso, automedicándonos y tomándolos para tratar enfermedades virales como el catarro o la gripe, con lo que aniquilamos bacterias beneficiosas y necesarias para nuestro organismo, abriendo la veda para que otras que sí son perjudiciales campen a sus anchas y, de rebote, favoreciendo la mutación de las bacterias que sobrevivan, con lo que se hacen resistentes contra futuros ataques. La mayoría de los antibióticos ya han perdido su efectividad, pero la industria farmacéutica cada vez invierte menos en el desarrollo de otros nuevos, con lo que llegará un día en el que el hombre esté indefenso ante las infecciones.

2 comentarios:

Verónica dijo...

Muy bien, cariño, que razón tienes.

Un besote gordo
TQM
Vero

El último que apague la luz dijo...

Ya veremos si con tanto milico que se está contagiando voy a tener que tragarme tres cuartas partes de lo que he dicho, pero bueno, ahí queda.
Un besazo, guapa.