martes, 12 de mayo de 2009

Jubilación a los 67

Me sorprende la polémica desatada, así como la sorpresa y el estupor de algunos (Celestino Corbacho, Cándido Méndez, Cayo Lara, etc.) por el comentario del Gobernador del Banco de España, Miguel Ángel Fernández Ordóñez, sobre la posible necesidad de alargar la edad de jubilación hasta los 67 años. Ojalá hubieran puesto el mismo énfasis contra directivas europeas como la de las 65 horas semanales o la Bolkestein.



No voy a ser hipócrita: tengo 33 años y no quiero trabajar hasta los 67; ¡ni siquiera hasta los 37! Pero soy coherente y estoy dispuesto a ello; ¡y es que es de cajón!: nos incorporamos más tarde al mercado de trabajo (por las razones que sean, a las que habría que poner solución, pero ahora no vienen a cuento) y vivimos más (mucho más); luego si queremos mantener la seguridad social, las pensiones, el subsidio por desempleo y demás, tendremos que jubilarnos más tarde. Además, según un estudio de la Universidad de Stanford, con 67 años nos estaríamos quedando cortos y habría que ir hasta los 85.



Soy bastante malo en matemáticas, pero creo que el asunto no tiene vuelta de hoja. Sobre todo si nuestros amigos los banqueros (entre otros) se dedican a prejubilar a partir de los cincuenta a excelentes y valiosísimos profesionales, lo cual es una auténtica aberración: por un lado tenemos a peones, albañiles, obreros o fresadores (entre muchas otras profesiones que implican un gran desgaste físico) deslomándose más allá de los sesenta, mientras individuos totalmente válidos, que podrían aportar un altísimo valor añadido a sus organizaciones (además de formar a las nuevas incorporaciones), se jubilan a los 55 o antes. Habría que acabar con las jubilaciones «porque sí».


Conozco a muchos (yo no me cuento entre ellos) a quienes les encantaría poder continuar en su trabajo hasta los 70, 75 o incluso más, quizás con alguna reducción de jornada para ir dejando sitio a las nuevas generaciones; y seguro que seguirían desempeñando su trabajo de manera excelente, puesto que sus capacidades intelectuales siguen intactas. Sin embargo, las leyes y las políticas empresariales (sin duda, quienes las redactaron no tenían del todo intactas sus capacidades intelectuales) los obligan a jubilarse mucho antes de lo deseado y deseable.

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