miércoles, 6 de mayo de 2009

La democracia enferma


Visto el concepto patrio de la democracia representativa, a pocos ha sorprendido la expulsión de Izquierda Unida de la exalcaldesa de Córdoba, Rosa Aguilar, por haber aceptado ocupar el cargo de Consejera de Obras Públicas de la Junta de Andalucía, gobernada por el PSOE, tras el ofrecimiento realizado por su nuevo candidato a la presidencia, José Antonio Griñán. No he oído a nadie extrañarse por declaraciones como «desde que acepta estar en el Gobierno regional, ya no está en IU» (Francisco Martínez, coordinador provincial de IU Córdoba).
Y yo me pregunto: ¿qué tiene de malo que un gobierno esté formado por militantes de varios partidos? ¿Y si, a la hora de formar el equipo, utilizando el sentido común, nos damos cuenta de que los mejores miembros posibles provendrían de varias formaciones políticas? Encuentro lógico que si un ministro, consejero o director general ha cumplido su labor con excelencia durante el mandato de un partido, el próximo presidente debería contar con él para la siguiente legislatura; o bien que si un cargo público abandona su puesto tras unas elecciones, pueda colaborar con su sustituto, que podría sacar provecho de todos los conocimientos y experiencia adquiridos durante los últimos años, todo ello sin correr el riesgo de represalias o venganzas por parte de su propio partido, ni injurias o insultos por parte de los medios de comunicación.
Según parece, los estatutos de IU recogen una norma en virtud de la cual Rosa Aguilar, también exsecretaria de política institucional de dicho partido, causa baja inmediata por el hecho de formar parte del equipo de gobierno de su propia comunidad autónoma, sólo por el hecho de que esté encabezado por otro partido, aunque el suyo también esté representado («un miembro de IU perderá la condición de afiliado por abandonar o no integrarse en los grupos institucionales constituidos por las candidaturas legalizadas por IU o por sus organizaciones territoriales federadas»).
Y es que en España, por desgracia para todos, la democracia no existe realmente: votamos a un partido, y no a una persona; y cada partido está gobernado por los caciques, poderes fácticos y grupos de presión de turno, con lo que finalmente nuestro voto no sirve para nada. Ningún diputado o senador puede votar una ley según su propio punto de vista o principios, ya que debe someterse a la «disciplina del partido» y, si no lo hace, será calificado de «tránsfuga» y expulsado del partido. Esta dictadura interna de los partidos invalida y desvirtúa por completo nuestro sistema parlamentario, en el cual se supone que el ciudadano elige a un diputado o senador para que lo represente en las Cámaras, ante la imposibilidad de que sea todo el pueblo el que participe directamente de las decisiones y votaciones.
El periodista Pascual Serrano resume muy bien, derrochando demagogia, este cáncer de nuestra política: «lo triste es que el Partido Socialista tenga que buscar políticos de otros partidos para completar sus gobiernos; irse a la sede de otro partido es lo más humillante que le podría suceder al votante socialista. Lo sucedido con Rosa Aguilar es como si mañana Zapatero incorporara a Esperanza Aguirre como ministra; no tiene sentido votar al PSOE si los miembros de sus gobiernos procederán de las candidaturas de Izquierda Unida».
Así nos va. En este país nos centramos cada día más en rebuscar diferencias para justificar enfrentamientos que en darnos cuenta de las similitudes para dejar de perder el tiempo con zarandajas y ponernos a trabajar y a colaborar todos juntos.

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