martes, 2 de junio de 2009

¿Crisis u oportunidad? 1. Los Diez Mandamientos

Estamos inmersos en la mayor crisis de los últimos ochenta años, ya nadie lo niega a estas alturas; pero también tenemos delante de nuestras narices la prueba fehaciente de que el sistema económico que hemos sufrido los últimos años no era viable. Es decir, que tenemos la oportunidad de revertir el proceso de desregulación total de los mercados y su sacralización teológica, lo cual simplemente exigiría que los políticos dejaran de actuar como gestores de los intereses de los poderes fácticos y financieros para ponerse de una vez al servicio de los ciudadanos (y, en el caso de España, además, dejar a un lado su mezquindad y sus maquinaciones y zancadillas: léase «espionajes de la Esperanza», «Bermejos y Garzones de los bosques», y demás).
Independientemente del sistema económico, sería básico que hubiera una mayor transparencia, sobre todo en el mercado financiero, aunque ello suponga mayores regulaciones o incluso trabas a la especulación que, al fin y al cabo, es la que nos ha llevado a esta situación. De todos modos, en este caso «especulación» no es sino un eufemismo de «avaricia», con lo que estaríamos hablando tanto de control como de cambio de mentalidad. Tal ha sido la codicia en los últimos tiempos que hemos matado a la gallina de los huevos de oro y ahora los fanáticos de la secta del neoliberalismo se niegan a aceptar que tan valiosa ave ya no está con nosotros o intentan demostrar por todos los medios que dicho asesinato era el mejor sistema posible, acusando de los peores pecados a quien afirme lo contrario, a quien crea en la inversión en vez de la especulación o se atreva a pronunciar el nombre de John Maynard Keynes en su presencia, algo equivalente a sacar un crucifijo y una ristra de ajos ante un vampiro cebado por la sangre chupada a los ciudadanos.
Y es que para los más recalcitrantes el sistema económico neoliberalista se ha convertido en todo un dogma, incluso con sus mantras ceremoniales («¡No al gasto público!») y sus propios mandamientos, entregados por el dios Mercado a Ronald Reagan en el Monte Rushmore (o «Rushmond», si lo escribe Eugenio Trías en el ABC Cultural) mientras él y su pueblo de republicanos vagaban por Wall Street:


I. Bajarás los impuestos.
Si hay superávit, hay que bajar los impuestos porque no merece la pena llevarse tanto dinero del ciudadano; si hay recesión, hay que bajar los impuestos para reactivar la economía; si nos recuperamos, hay que bajar los impuestos para consolidarlo. Y esto se repite una y otra vez, como el rosario. Bajar o suprimir los impuestos es la panacea. Reagan y Bush I lo hicieron durante 12 años, dejando un gigantesco déficit público que enmendó Clinton, hasta que llegó Bush II y se las ingenió para duplicar la deuda de EE. UU. en ocho años. Como dijo Albert Einstein, «la definición de locura es repetir lo mismo esperando resultados diferentes». Y lo mismo parafraseó Barack Obama en su discurso de la Convención Nacional Demócrata el 28 de agosto de 2008: «la mayor tontería que podemos cometer es volver a aplicar la misma vieja política con los mismos viejos jugadores y esperar un resultado diferente».


II. Controlarás militarmente las reservas energéticas.
Así se ha hecho siempre (véase África), así se está haciendo (Irak) y así se hará (extracción de petróleo y rutas comerciales por el Ártico); y, si la cosa se pone fea, lo mismo ocurrirá con el litio de Chile, Bolivia y China (básico para la fabricación de baterías), el coltán del Congo (por ahora están dejando hacer a los señores de la guerra locales), los alimentos, el agua y el aire.
Además, el negocio armamentístico es de los más lucrativos que hay hoy en día; ofrece la posibilidad de pingües beneficios a través de la inversión en la fabricación de muertos. Veamos una lista de los bancos que operan en España y su participación en empresas que fabrican productos militares u ofrecen servicios a este sector.

ENTIDAD PARTICIPACIÓN PRODUCTOS O SERVICIOS
BSCH 13 % a 43 % Bombas de racimo, espoletas, explosivos, créditos
Caja Madrid 13 % Sistemas de tiro, fragatas, aviones, submarinos
Barclays 6,15 % Sistemas de tiro, fragatas, aviones, submarinos
BBVA 66 % Comunicaciones militares, fragatas
Caja Castilla La Mancha 20 % a 48 % Adiestramiento militar, fuselajes, partes de helicópteros
BBK 21,9 % Modernización de carros de combate y blindados
Caja San Fernando 2 % Componentes de aviones, ensamblajes
IberCaja 13 % a 43 % Electrónica militar
Banesto 6,4 % Créditos para la exportación de armas
Banco Sabadell 3,4 % Créditos para la exportación de armas
Banco Pastor 1 % Créditos para la exportación de armas
Deutsche Bank 1 % Créditos para la exportación de armas

Lo ético sería desmantelar las industrias militares, que sólo sirven para someter a países enteros a los intereses de las multinacionales, y destinar el dinero resultante al desarrollo.

III. Desregularás los mercados y liberalizarás todo o casi todo (con condicionantes).
A través de la trinidad formada por la Organización Mundial del Comercio, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, se «fomentan» —eufemismo de «imponen»— medidas de liberalización en el Tercer Mundo, mientras se defienden y se mantienen medidas proteccionistas con los productos agrarios de los países ricos. Es decir, que la estrategia consiste en exportar el liberalismo económico a los países menos desarrollados mientras Occidente rechaza aplicarse a sí mismo las reglas del libre comercio y se protege de los indeseados efectos de la economía de mercado con legislaciones laborales intervencionistas o medidas arancelarias sobre la agricultura. Se ahoga a los países pobres, destruyendo su economía al obligarlos a aceptar nuestros productos sin aranceles, mientras nosotros bloqueamos los suyos. La utopía de la economía internacional autorregulada por el mercado nunca ha sido un sistema deseable para quienes lo proclaman, sino algo destinado a ser impuesto a países incapaces de defenderse del mercado por sí mismos. Las políticas neoliberales de privatización, desregulación y liberalización, que no lograron relanzar el crecimiento económico en los países en desarrollo, sobre todo en América Latina, ya han quedado del todo desacreditadas.



Lo más curioso es que los que siempre han profesado esta fe hasta el paroxismo son ahora los que reniegan de la autorregulación y no cejan en su letanía al Gobierno, exigiéndole que tome medidas para salir de la crisis (por supuesto, sin hacer ellos propuesta alguna, y en cuanto se toma una medida apresurándose a asegurar que eso ya lo habían propuesto ellos hacía tiempo). Pero claro, como buenos amigos de los banqueros, a lo que se refieren cuando piden la intervención estatal es a la socialización de las pérdidas, mientras las ganancias acumuladas tras años de pillaje se quedan en bolsillos privados.
La máxima «El Estado es el problema y no la solución», acuñada por la revolución conservadora de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, ha saltado en pedazos en cuanto se han acumulado las dificultades; pero sus idólatras se han limitado a hacerse los locos y seguir aplicándola, sólo que de manera más selectiva, asumiéndola cuando sirve a intereses especiales y descartándola cuando no es así. Sin complejos, el presidente de la patronal española ha exigido «un paréntesis en la economía de mercado», es decir, ha pedido sacar del ostracismo a las ideas keynesianas, tan menospreciadas en el último cuarto de siglo, para sacar a la economía de la camisa de fuerza de la desregulación.



John Kenneth Galbraith, un destacado economista del siglo xx, de la corriente keynesiana, sostenía que el Estado debe intervenir en el mercado con el fin de regularlo y evitar grandes inequidades e injusticias, puesto que la economía distribuye la riqueza con gran desigualdad, de manera contraria a los intereses sociales y de forma perjudicial para la propia economía desde el punto de vista práctico.
Como ejemplo, el 1 % de las familias más ricas de Norteamérica es propietario del 40 % de la riqueza, mientras que el 20 % de la población con menos ingresos posee sólo el 5 %.
¿Merece el multimillonario seguir cosechando riqueza a costa del resto de la sociedad? Es decir, ¿deben permitir los gobiernos que sigan existiendo inequidades tan grandes como las que se viven en estos tiempos?


IV. Fomentarás los monopolios privados.
Mientras se juega a la farsa de la ortodoxia neoliberal, condenando a la hoguera cualquier tipo de proteccionismo o traba a la libertad económica, se permite una multitud de actividades sometidas a restricciones a la competencia amparadas por una normativa sospechosa de soborno: oficinas de farmacia, precios de los libros y del suelo, convenios colectivos, profesiones colegiadas, sector comercial, distribución de tabaco, alquiler de vehículos, telecomunicaciones, agencias de viaje, cemento, transporte por carretera, energía, etc.

V. Codiciarás los bienes ajenos.
Los gobiernos han hecho la vista gorda ante estos delincuentes financieros durante demasiado tiempo. Ya va siendo hora de darse cuenta de que quienes causan los mayores daños económicos no son los atracadores ni los carteristas, sino respetables caballeros que, desde sus lujosas mansiones y con sus elegantes trajes (pagados por los mismos gobiernos o por medio del soborno de turno) llevan a nuestras empresas a la quiebra, destruyen miles de empleos, roban nuestras pensiones y arruinan nuestras vidas.



VI. Utilizarás las subvenciones públicas para enriquecer aún más a bancos, grandes empresas y multimillonarios.
Agradecidos, utilizarán los planes de rescate para celebrar fiestas extravagantes y repartirse pagas estratosféricas entre directivos obsesionados por el crecimiento bursátil y su enriquecimiento personal, jamás para trasladar esas millonarias inyecciones a los ciudadanos en forma de concesión de créditos.
Recientemente, en un programa de radio de EE. UU., un chico de 14 años le hizo esta pregunta a Lawrence Summers, asesor económico de la oficina del presidente: «¿Por qué el Estado no le presta dinero directamente a la gente y a las empresas en lugar de hacerlo a través de los bancos?» Summers le respondió que el sector privado es más eficiente que el público, a lo cual el chico le preguntó de nuevo: «Si son tan eficientes, ¿por qué han creado el problema que han creado y el Estado tiene ahora que salvarlos?» Summers no supo qué contestarle.
Quizás, además del candor de la pregunta, lo que dejó bloqueado a Summers fueron cifras como 7 (los millones de indemnización que recibió el máximo ejecutivo de la aseguradora rescatada AIG), 34 (los millones que ganó el presidente de Lehman Brothers en 2008, año en el que llevó a su empresa a la quiebra —no sin antes despedir a sus altos cargos para que pudieran cobrar sus indemnizaciones—), 165 (los millones en primas que AIG —«Una corporación que se encontró con el desastre financiero debido a la imprudencia y la codicia», en palabras de Barack Obama—, repartió a sus ejecutivos pese a haber recibido un auxilio económico de 180 000 millones del Tesoro y la Reserva Federal), 200 (los millones de indemnización que se repartieron los tres altos ejecutivos de la financiera rescatada Merrill Lynch), 360 (el factor por el que habría que multiplicar un sueldo medio para equipararlo al de los directivos de las primeras 250 empresas de EE. UU.), 2800 (los millones que se repartieron los directivos de Merrill Lynch antes de que su empresa fuese absorbida por Bank of America para evitar su quiebra) o 400 000 (lo que se gastaron en un fin de semana los exdirectivos de AIG para celebrar que habían sido despedidos).
Se hace vital una reforma completa de la regulación financiera para asegurar que esto no vuelva a ocurrir. No tiene sentido rescatar un sistema financiero que ha demostrado ser injusto por estar hecho a la medida de los excesos especulativos de los multimillonarios y los bancos. Urgen cambios y alternativas económicas reales, no servirse del dinero público de todos para que todo siga igual. Es el sistema lo que está en crisis y reflotarlo no es una buena idea (y tampoco viable).


VII. Eliminarás el estado del bienestar.
Por medio de la eliminación paulatina de impuestos a grandes fortunas y corporaciones (que, por otra parte, tampoco necesitan tal merced, puesto que ya se encargan ellos mismos de evadir sus responsabilidades gracias a la «contabilidad creativa» y a los paraísos fiscales), se provoca una merma en la capacidad de los Estados para mantener sus programas sociales, educativos y sanitarios.
En EE. UU. se ha denegado una ayuda de 6000 millones de dólares para proporcionar cobertura sanitaria a los nueve millones de niños (de entre un total de cuarenta millones de personas) que carecen de ella. No hay dinero para proteger la salud, pero se tira la casa por la ventana para ayudar al sector financiero. Tampoco lo hay para colaborar con los organismos de cooperación y ayuda internacional, ni para perdonar un duro de la deuda externa del Tercer Mundo, pero nunca se escatima a la hora de tapar los agujeros de especuladores y canallas que juegan a la ruleta rusa con las cabezas de los demás, derrochando generosidad con Fannie Mae y Freddie Mac, cuyo dispendio representa cuatro veces la deuda pública de todos los países en vías de desarrollo.
Es decir: socialismo para los bancos y neoliberalismo conservador para la gente en un país donde la mitad de sus trabajadores, casi sesenta millones de personas, no tienen cubiertos los días de enfermedad, lo cual acarrea los consabidos problemas debidos a la presencia de personas enfermas o con mermas significativas de sus facultades en los lugares de trabajo. Con tantas desigualdades, es un escándalo que sólo suenen las alarmas cuando los afectados son los sectores más opulentos. Se socializan las pérdidas mientras se refuerzan los privilegios de las élites.
En Europa, los bancos centrales ponen miles de millones a disposición de las entidades financieras, con una generosidad de la que carecen cuando los afectados por las crisis son los más desfavorecidos del planeta.
Una vez convencida la ciudadanía de que la única manera de defender sus propios intereses es olvidarse de ellos para defender los del mercado, lo mejor que puede hacer la clase obrera es apretarse el cinturón a favor del patrón. Así, los sindicatos se han convertido en los órganos a través de los cuales los obreros proponen a la patronal trabajar más y más barato intentando así impedir que las empresas se deslocalicen en busca de países con mano de obra más barata y los dejen en el paro.



El chantaje funciona como un círculo vicioso: si una empresa paga salarios justos a sus empleados, ésta se hunde y aumenta el paro; pero si el desempleo se reduce sube el valor de la mano de obra y los empresarios no pueden pagarla, con lo que sus negocios se hunden y vuelve a aumentar el paro. De la misma manera, si se obliga a las empresas a no destruir el medioambiente, se encarece la producción y han de bajar los salarios, despedir a trabajadores o declararse en quiebra. En las mismas estamos si se las obliga a pagar todos los impuestos (de los que muchas de ellas quedan eximidas «por el bien de la economía»), si se implantan medidas eficaces de ahorro energético (menos beneficios para las empresas del ramo, lo cual pagan sus trabajadores), si se inventa una vacuna contra el SIDA y se pone a la venta a un precio justo (grave perjuicio para las farmacéuticas, que tendrían que ajustar sus plantillas), o si se racionaliza la producción, centrándola en satisfacer las necesidades primarias de todo el planeta en vez de los caprichos de la burguesía de los países ricos, con lo que se agravaría la crisis económica.



En el primer semestre de 2008, las 176 mayores empresas de España ganaron un 1,5 % menos, pero elevaron un 20 %, hasta 12 000 millones de euros, los dividendos repartidos entre sus accionistas. Y estamos hablando de España, el único país de la OCDE cuyos salarios han perdido poder adquisitivo entre 1999 y 2006 (un período en el que, sin embargo, los beneficios empresariales aumentaron un 73 %), en parte gracias al mayor uso de la contratación temporal y del trabajo irregular. No es de extrañar que, en 2005, mientras los empresarios obtenían sus mayores beneficios (muchos de los cuales hoy capean la crisis entre brindis al sol y salarios de altos vuelos), un 20 % de la población española viviera ya bajo el umbral de la pobreza.
El gran profeta de la abolición del estado del bienestar fue el Premio Nobel de Economía, Friedrich von Hayek (1899-1992) quien proponía a cambio el «estado de la desigualdad», puesto que «La libertad sólo puede alcanzarse en el mercado anónimo e impersonal que da a cada uno lo suyo». Lo malo es cuando uno se da cuenta de que, sin comerlo ni beberlo, «lo suyo» es un puesto de trabajo sin horarios, ni protección, ni seguridad ni derechos, mientras que para el empresario que lo contrata, «lo suyo» es producir cantidades excesivas de productos a costa del medioambiente.
Y su fe en estas ideas era tan radical que, ante la propuesta de proporcionar ayuda a los miles de africanos que perecían cada año de inanición a causa de las sequías, no le tembló la voz para afirmar: «Me opongo absolutamente, no tenemos porqué asumir tareas que no nos corresponden; debe operar la regulación natural. Cualquier intervención humanitaria atenta contra la libertad soberana del mercado, que no puede tener en cuenta lo que cada persona necesita o se merece». En otras palabras, quien no pueda sostenerse a sí mismo debe ser purgado; de esta manera, el neoliberalismo se deshace de los elementos improductivos de la sociedad, a modo de solución final o «sálvese quien pueda» colectivo en el que ya no hay personas, sino «mercancías cuya remuneración debe corresponderse con la utilidad que reporten al resto de miembros de la sociedad».
Si Hayek hubiese vivido unos años más, se habría sentido muy orgulloso de cómo hemos aplicado sus disparatadas teorías en nuestro país, donde el gasto social por habitante es el segundo más bajo de toda la UE-15, sólo detrás de Portugal. Mientras que nuestro PIB es el 93 % del promedio de esos 15 países con desarrollo económico equivalente al nuestro, el gasto público per cápita es sólo del 70 %.
Lo curioso es que este subdesarrollo del estado del bienestar no tenga una mayor visibilidad política y mediática. Será que los poderes fácticos y los grupos de presión, con su enorme poder político y mediático y constituidos por individuos que pertenecen al 30 % de la población con renta superior del país, no tienen que sufrir las graves insuficiencias de nuestros servicios públicos y no son conscientes de nuestro retraso social: envían a sus hijos a escuelas privadas, son atendidos en clínicas privadas (o reciben trato preferencial en las públicas), etc.

VIII. Darás falso testimonio y mentirás.
Ya lo dijo Adam Smith en La riqueza de las naciones: «Cualquier nueva ley o regulación del comercio que provenga de los beneficiarios directos de los negocios ha de ser asumida sólo tras larga y cuidadosa comprobación, pues provienen de un tipo de personas cuyo interés nunca es el de la comunidad, y que más bien pretende defraudar sus esperanzas y seguir oprimiéndola, como ha demostrado la experiencia en muchas ocasiones».
Se comente el error de pasar por alto que las decisiones económicas fundamentales dentro de este sistema se toman en función de la tasa de ganancia y no de lo que es correcto para la sociedad o para la humanidad.
Merced a la desregulación financiera, las inversiones en los mercados son opacas y de estructura piramidal, de modo que el tenedor final de un título no sabe a qué operación responde lo que está comprando o tratando de vender, todo ello en el marco de las nuevas tecnologías, que permiten llevar todo a cabo de manera vertiginosa y anónima.

IX. Venerarás el crecimiento económico sobre todas las cosas.
Es la vieja y desacreditada filosofía de dar cada vez más a aquellos que tienen más esperando que la prosperidad se derrame sobre los demás, lo que Thatcher denominaba «capitalismo popular» y que, traducido al mundo real, significa «apáñatelas como puedas». ¿Te quedas sin trabajo? Mala suerte. ¿No tienes seguro sanitario? El mercado lo arreglará. ¿Has nacido en la pobreza? No te queda otra que valerte por ti mismo.
El problema de nuestro sistema es que la economía siempre tiene que seguir creciendo. Sin embargo, la economía mundial no puede seguir creciendo de la misma manera porque la capacidad de la Tierra para absorber recursos contaminantes está al límite; sin embargo, una parada o decrecimiento repentino llevaría a la miseria a cientos de millones de personas más. Es decir, que no es posible cambiar de manera inmediata de la actual economía insostenible a otra sostenible, pero hay que hacerlo cuanto antes; es como ir en bicicleta hacia un barranco a toda velocidad y sin frenos: dejar de pedalear supone caerse y hacerse mucho daño (si dejamos de consumir, el sistema se derrumba inmediatamente), pero seguir pedaleando implica caerse por el barranco, lo que es aún peor.

X. Producirás más.
El capitalismo es un sistema en el que se produce más con un solo objetivo: producir más. Se acumula capital para acumular más capital. Los capitalistas son como ratones en una rueda que corren más deprisa con el único objetivo de correr aún más deprisa. Cada empresa se esfuerza por imponerse a la competencia aumentando su ritmo de producción, haciendo trabajar más deprisa a sus trabajadores. Todo el mundo produce más para no perder mercado, resistir la competencia y poder seguir produciendo más y más indefinidamente. El sistema es tan absurdo que su mayor problema acaba siendo la sobreproducción. El capitalismo vive continuamente bajo la amenaza de la crisis económica, pero no porque falten productos, sino porque sobran. Una situación contradictoria: ¿desde cuándo es un problema un exceso de riqueza? Pues bajo el capitalismo lo es, y muy grave, como en la crisis de los ochenta, cuando hubo que alimentar a las vacas gallegas con mantequilla. Parece absurdo, porque la mantequilla proviene de las vacas y cuesta mucho esfuerzo producirla. Sin embargo, cuando las empresas capitalistas han producido más mantequilla de la que es posible vender, regalarla sería como tirar piedras contra su propio tejado, porque cuanta más mantequilla tenga la gente, menos aún la comprará (las vacas, al contrario que los millones de personas que mueren de hambre a diario, no son clientes potenciales). Además, así engordaban rápidamente y producían mucha más leche con la que fabricar más y más mantequilla. Lo mismo ocurre en la agricultura en general. Casi todos los años asistimos, algunos espantados y otros impávidos, al espectáculo de toneladas de tomates, plátanos, patatas, uvas, etc. desperdiciados, o de miles de litros de leche derramada.



Pero esa no es la única paradoja del régimen capitalista: el progreso tecnológico no acorta la jornada laboral, sino que la alarga y la precariza; la guerra, la peor de las calamidades para el ser humano, es el mejor estimulante económico, y la producción de armamento, la más pesada carga para los hombres, el mejor negocio para la economía; a la dilapidación sistemática de recursos y riqueza se la llama «consumo» y «estimulación de la demanda», y a la destrucción del planeta «crecimiento». Es decir, que todo aquello que para los seres humanos es un problema, para la economía es una solución (y viceversa).
La visión dominante en las sociedades opulentas está basada en la fe en que el crecimiento económico es la panacea que resuelve todos los males. Sin embargo, el crecimiento económico no genera cohesión social, provoca agresiones medioambientales, propicia el agotamiento de recursos escasos y permite el triunfo de un modo de vida esclavo que invita a pensar que seremos más felices cuantas más horas trabajemos, más dinero ganemos y más bienes consumamos.

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