viernes, 5 de junio de 2009

¿Crisis u oportunidad? – 2. El timo de la estampita

Si nos fijamos en algunas de las crisis que hemos padecido desde que Adam Smith expuso sus teorías (las que luego cada cual interpretó según sus propios intereses), vemos que la rapacidad es su elemento común, no habiendo gran diferencia entre sus víctimas y aquéllas que sufren el timo de la estampita.



La más ridícula, pero mi favorita por lo bien que ejemplifica otros timos como el de Gescartera, Forum-Afinsa, Madoff y varias constructoras, tuvo lugar en 1630: el tulipán llegó a Holanda, captando la atención de los inversores por su rareza, con lo que su precio subió vertiginosamente (un solo bulbo valía tanto como un carruaje con sus caballos). Cada repunte de los precios fortalecía la creencia de que la subida continuaría para siempre, por lo que muchos pedían préstamos para comprar más tulipanes – préstamos avalados… con tulipanes (suena familiar, ¿no?) Un buen día, varios inversores decidieron vender sus tulipanes y muchos otros siguieron el ejemplo, hasta que el pánico invadió el mercado, arruinando a quienes se habían embargado para invertir en… ¿nada?



Durante los tres siglos siguientes se siguió especulando con los artículos más ridículos: oro de Louisiana antes de que se encontrara pepita alguna, acciones de compañías ferroviarias que se vendían al día siguiente (es lo que tienen los avances de la tecnología de la información: ahora se podrían vender al segundo siguiente), etc. Hasta llegar a la Gran Quiebra de 1929 y la subsiguiente Gran Depresión. Uno de cada diez estadounidenses, Groucho Marx incluido, tenía sus ahorros en la Bolsa, y bastó con que la Reserva Federal endureciera su política monetaria para que quebrara todo el sistema. Tal fue la conmoción que hay quien asegura haber visto a otro Marx, Karl, levantarse de su tumba londinense para exclamar “¡Os lo dije!” (Y lo había dicho, el muy agorero).



Bretton Woods representó un breve lapso de cordura que permitió crear un esquema monetario y financiero internacional para regular el sistema, controlar los movimientos de capitales y evitar la desestabilización. Pero sólo duró hasta los años sesenta, cuando volvieron los iluminados de la desregulación financiera pregonando la libertad absoluta de los movimientos de capital y la mínima intervención de los Estados.
El siguiente tulipán fue el petróleo. En 1973, la OPEP decidió recortar la producción un 25% y no vender más “oro negro” a quienes hubieran apoyado a Israel en la guerra del Yom Kippur, es decir, a EE.UU. y sus adláteres. El precio del barril se multiplicó por cuatro, de 4 a 16 dólares (¡quién lo pillara ahora a ese precio!)
De entonces en adelante, los mensajes de “¡os lo dije!” se hicieron más y más patentes y frecuentes (aunque no por ello más efectivos). En los ochenta, una vez eliminado el patrón oro en 1971 merced a Paul Volcker y Richard Nixon, el capitalismo, sostenido por su manía especulativa, se dedicó a batir sus mejores registros de crisis financieras gracias a la desregulación y liberalización de los mercados de capitales: en 1987 (ya saben, el mejor dúo cómico que ha dado la economía mundial: Reagan y Thatcher) los mercados financieros ya estaban informatizados, con lo que las órdenes directas de compraventa se realizaban sin ningún tipo de regulación, terreno abonado para los apetitosos “bonos basura”, tan rentables como arriesgados, que provocaron la quiebra de Wall Street.


A estas alturas ya nos encontrábamos ante una economía totalmente liberalizada e internacionalizada, con mercados totalmente interdependientes; al igual que ahora, la facilidad de desplazamientos, la inmediatez de las comunicaciones y transacciones, los avances tecnológicos y la asimetría de los ordenamientos nacionales, favorecían la actividad delictiva de las grandes corporaciones, todo ello en ausencia de una actividad punitiva uniforme y en el marco de un espacio económico carente de una regulación efectiva, sobre todo en la actividad bancaria.
En 1990 fue el turno de Japón y en 1997 el del resto de las bolsas asiáticas: en busca de altas rentabilidades, el FMI y el Tesoro de EE.UU. impusieron la liberalización financiera para poder introducir sus fondos rápidamente en los mercados inmobiliario y de valores. Esta sobreinversión llevó al desplome de los precios en ambos mercados, lo que condujo al pánico con su consabida retirada de fondos; en pocas semanas, 100.000 millones de dólares abandonaron las economías del Este asiático, que tuvo que ser rescatado por los especuladores extranjeros del FMI, con la consiguiente recesión y el colapso de la economía real.



En 2001 cayeron Enron, World Com y la mayoría de las “puntocom”, con una pérdida de activos de 7 billones de dólares y una nueva recesión. Y ahora se nos ha caído hasta el palo del sombrajo, lo cual no quiere decir que vayamos a espabilar. Lo más gracioso es que el epicentro de este terremoto sea Wall Street, núcleo financiero de los EE.UU., tan puritanos como de acomodaticia moral, donde el juego y las apuestas se consideran pecaminosas, pero no así arriesgar los ahorros de toda una vida (o los de la de otros) con los Lehman Brothers, los mejores trileros al Este del Misisipi.



Invertir en operaciones del sector financiero equivale a exprimir valor de valor ya creado. Puede crear beneficios pero, al contrario que la industria, la agricultura, el comercio o los servicios, no crea un valor nuevo. Las operaciones de inversión son excesivamente volátiles, y los precios de las acciones, obligaciones, etc. pueden divergir totalmente de su valor real, tal como ocurrió con las “puntocom”. De este modo, los beneficios dependen de la oportunidad para aprovecharse de los movimientos de precios y vender a tiempo antes de que la realidad fuerce a corregir a la baja para ajustarse a valores más reales. Los especuladores financieros sólo se guían por los beneficios a corto plazo, no por proyectos a largo plazo, que son los que crean puestos de trabajo y aumentan la riqueza material e intelectual del conjunto de la sociedad.

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