miércoles, 10 de junio de 2009

¿Crisis u oportunidad? – y 5. Conclusiones

Esta crisis ha sido como el popular juego de las sillas musicales, con la única diferencia de que todas las sillas disponibles estaban ya adjudicadas de antemano para los bancos, multinacionales y grandes inversores, que siempre ganan, cuando ganan, y nunca pierden, cuando pierden; con lo que estaba claro que el ciudadano de a pie era el que se iba a caer de culo.
El juego de la Bolsa no es sino una forma de azar, cuyas especulaciones tienen tanto que ver con el trabajo y con la industria como el póquer o la ruleta (¿rusa?) Los títulos no se compran o venden en función de la prosperidad de los negocios que representan, sino en espera de que, aumentando el número de jugadores, la demanda sea mayor y los más avispados puedan vender sus títulos con beneficio. No se negocia sobre valores reales, sino sobre esperanzas, ilusiones y engaños.
Además, hemos llegado a un punto en el que se especula con cualquier cosa que esté disponible (petróleo, medicamentos, comida, agua, órganos humanos, tierra, vivienda, etc.): para quienes aduzcan que no se trata de especulación, sino de inversión, pongamos como ejemplo más cercano y actual el caso de la vivienda. Si nos remitimos al Diccionario de la Real Academia Española, vemos que “vivienda” significa “lugar cerrado y cubierto construido para ser habitado por personas” y “casa” quiere decir “edificio para habitar”, lo mismo que “inmueble”; es decir, que es un término referido al lugar donde viven las personas, no a una inversión, del mismo modo que el petróleo es una fuente de energía, los medicamentos sirven para tratar enfermedades, la comida para alimentarse, la bebida para aliviar la sed, etc. Nada que ver con inversión ni especulación.
Como ejemplo de la fragilidad y artificiosidad de este sistema económico, tenemos la historia del barco Nueva York-Havre, que se encontraba en medio del Atlántico el 24 de octubre de 1929, lleno de estadounidenses que embarcaron ricos y con aires señoriales, pero desembarcaron arruinados y con la compostura perdida. En sus tres últimos días de travesía, fueron recibiendo las noticias del pánico de la bolsa neoyorquina, con el consiguiente desplome de sus fortunas. Las pesadas joyas que lucían las señoras de los plutócratas no podían consolarlas de sus sollozos, y los médicos no daban abasto para atenderlas. La historia daría para una película, aunque no sé si sería un drama o una comedia – el título podría ser El Otro Titanic (aunque en este se ahogaron también los ricos además de los pobres, éstos sin comerlo ni beberlo, simplemente porque van encadenados a aquéllos).



Lo malo es que, al igual que sucedió en la Quiebra de 1929, a veces la cosa acaba en tragedia, como ocurrió con Adolf Merckle, el multimillonario alemán (quinto de Alemania y entre los cien mayores del mundo en 2008), que se suicidó tras perder 400 millones de euros de su fortuna de 7.000 (proporcionalmente, como si un “mileurista” perdiera un mes de su sueldo) y de los 30.000 anuales que facturaba VEM, su conglomerado de empresas, apostando a la baja por Volkswagen, mientras su constructora Heidelberg Cement perdía un 70% de su valor en bolsa. Irónicamente, esa misma cantidad, 400 millones, fue el montante del crédito concedido esa misma mañana por varios bancos para salvar al grupo Merckle y solucionar sus problemas de insolvencia financiera, a cambio de vender la farmacéutica Ratiopharm, la joya de su imperio.
Como guinda, se constata que terminan pagando el pato los de siempre, los de abajo, como los 100.000 empleados de las empresas de este señor (apodado “El Padrino” por la poco ortodoxa manera de dirigir su imperio), a quien un buen día le dio por jugarse su dinero en el casino financiero, arriesgándose a dejarlos a todos en la calle. Muchos argumentarán que suyo era el dinero y que en su derecho estaba de jugárselo a la taba, tirarlo al inodoro o encender puros con los billetes, pero se olvidan de que, como patrón, además de derechos, se tienen una serie de obligaciones y responsabilidades para con sus empleados que, al fin y al cabo, también son artífices de la fortuna del empresario que les contrató: éste pone el capital, aquéllos ponen el trabajo.
La salud de la economía no se mide por el número de millonarios, sino por la posibilidad de que cualquier emprendedor con una buena idea pueda intentar ponerla en práctica, o por el hecho de que un asalariado pueda cogerse un día libre para cuidar a su hijo enfermo sin correr el riesgo de ser despedido; una economía que honre la dignidad del trabajo.

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