jueves, 16 de julio de 2009

Educación para la ciudadanía



Pese a que no me parece coherente restar horas de Filosofía para impartir la asignatura de Educación para la Ciudadanía, además de que algunos de los libros de texto propuestos para esta asignatura me recuerdan a los lavados de cerebro que describía George Orwell en 1984, me cuesta mucho trabajo compartir el escándalo de algunos ante el posible adoctrinamiento que supone esta asignatura después de asistir forzosamente durante once años a clases de Religión.



Pese a que personajes como D. Juan Manuel de Prada se nieguen ciegamente a admitir que la asignatura de Religión fuese obligatoria después de 1975, es un hecho constatado en infinidad de instituciones. Por supuesto que teníamos otra casilla que rezaba “Ética” cuando formalizábamos nuestra matrícula, y doy fe de que muchos la marcábamos, pero también de que en absoluto nos sorprendíamos cuando el primer día de clase aparecíamos incluidos en la lista de Religión (que, por otra parte, no era tal cosa, sino simple y llanamente catequesis).



También dice el Sr. de Prada (visto en la cadena autonómica de D.ª Esperanza Aguirre) que le encantaría que en los colegios se impartieran clases de todas las religiones existentes en nuestro país. Es decir, que preferiría que hubiera asignaturas, por ejemplo, sobre “Legionarios de Cristo y los abusos sexuales a seminaristas”, “Edelweiss y las relaciones sexuales entre menores” o “Raelianos y la clonación de seres humanos”, en vez de simplemente una asignatura de Historia de las Religiones, esencial si se quieren adquirir conocimientos sobre Historia, Arte o Filosofía.



Como en muchos otros casos, como la Ley Antitabaco, el carnet por puntos o los radares, con “Eduación para la Ciudadanía” el Gobierno se ve obligado a asumir una responsabilidad que en condiciones normales no le correspondería, debido a la falta de civismo por parte de la gran mayoría de los ciudadanos.



Hasta hace unos pocos años no era necesaria una Ley Antitabaco porque la gran mayoría de fumadores tenían la suficiente educación como para pedir permiso antes de encender un cigarrillo en compañía de no fumadores; hoy en día este tipo de individuos son una minoría, por eso se constata que nos hemos quedado cortos.



Si hubiese el suficiente sentido común y respeto por la vida de los demás, tampoco harían falta puntos ni radares. Vivimos en un país en el que se muchos conductores increpan a los peatones que se atreven cruzar por los pasos de cebra, insultan a otros automovilistas que osan utilizar el carril izquierdo de las autovías sin rebasar la velocidad máxima permitida y amenazan a los ciudadanos que se aventuran a circular con su bicicleta. Lamentablemente, salvo puntuales campañas (uso del teléfono, cinturón de seguridad, alcoholemia, etc.), las fuerzas de seguridad suelen estar más centradas en las multas de aparcamiento.



Además de estos ejemplos de “caras”, también tenemos alguna “cruz” (en ambos sentidos de la palabra), como es el caso del botellón, promovido, patrocinado y mimado por nuestras autoridades, obviando las normativas que ellos mismos han promulgado en lo referente a ruidos, mantenimiento y conservación de los espacios públicos, consumo de bebidas alcohólicas en la vía pública y venta de bebidas alcohólicas a menores de 16 años. No ha pasado tanto tiempo desde que los niños recibíamos una buena reprimenda si se nos ocurría causar alboroto o arrojar al suelo el envoltorio de nuestro bocata, las cáscaras de las pipas y demás; por eso, cuando nos llegó la edad del botellón, casi nadie se daba cuenta, ya que no dejábamos ni un solo resto y procurábamos no levantar demasiado la voz. Hoy en día, en mi ciudad, los parques y jardines se encuentran en un estado deplorable, y las riberas del río incluso huelen a alcohol por las mañanas.



Cuando no se hace uso, sino abuso, de la libertad, se obtiene lo que se merece: un Estado sobre protector, ultra regulador, controlador y adoctrinador. En el caso de Educación para la Ciudadanía, con sus luces y pese a sus sombras, está asumiendo un papel de enseñanza de valores urbanos cuya responsabilidad muchos padres han declinado, intentando otorgársela (es decir, “pasar el marrón”) a los profesores, a las actividades extraescolares o, en el peor de los casos, a la televisión y a los videojuegos, y más adelante al alcohol, las drogas, el vandalismo y la violencia.



Como comentaba recientemente el doctor Joaquín Fuster, los principios éticos y morales, producto de la cultura y la educación, además de la ley natural, deberían regir nuestra conducta social. Sin este sistema de principios, sin responsabilidad individual, la libertad es inconcebible. Es triste comprobar que sea necesaria la regulación de una actividad, por la vía legislativa, cuando el sentido común habría sido suficiente.

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