viernes, 23 de octubre de 2009

Contrato Social del siglo XXI



© Eduardo González de Sarralde.

ACEPTO,
- La búsqueda desesperada del beneficio propio y la acumulación de riqueza como fines supremos, y la despiadada competitividad como la base de nuestro sistema.

- Que el valor de una persona sea siempre proporcional a su productividad y sea excluido si no produce lo suficiente.

- La destrucción de los bosques y de la vida en los océanos, la extinción de las especies animales y vegetales, el aumento de la polución industrial, la dispersión de venenos químicos y elementos radiactivos en la naturaleza, y el aumento de las enfermedades y consecuente mortandad como algo necesario y natural.

- Consumir gustosamente la carne tratada con abundancia de hormonas y que se permita a las multinacionales agroalimentarias modificar genéticamente las plantas, patentar nuevos seres vivos y tener bajo su yugo a la agricultura mundial.

- Que se haga la guerra (con cualquier coste y pretexto) para así hacer reinar una paz nunca lograda.

- El amplio dominio del petróleo en nuestra economía, aunque sea una energía costosa, sucia y contaminante, y que se bloqueen intentos de sustituirla.

- Que, aunque la libertad de expresión sea una de las máximas de las Constituciones, no pueda ejercerla plenamente sin ser de alguna manera castigado.



- Que se recompense exageradamente a algunos por publicidad de productos fabricados en pésimas condiciones y donde la mano de obra es sobreexplotada.



- Rendirme a los entretenimientos y distracciones que se me brindan y quedar desinformado para mantenerme en la ingenuidad del desconocimiento, pues el coste de salirme de ésta es mucho más alto.

- Que decisiones de una minoría que decida por mí signifiquen un claro beneficio para ella, y para los demás un claro perjuicio.

- Creer la realidad que me describan los que fabrican la opinión pública, actuar como me digan que haga y pensar como quieran que piense.

Acepto pues rendirme a una situación que no puedo ni quiero cambiar. El sistema está bien.

viernes, 16 de octubre de 2009

Burgos 2016: Nos estamos cargando El Parral






Ahora resulta que el botellón se ha trasladado al “Parque” de El Parral – entrecomillo lo de “parque” porque cada vez lo es menos, ya que se está convirtiendo en un vertedero. Por si la “celebración” (sigo con los entrecomillados) del Curpillos no deteriorara lo suficiente este otrora espacio verde de la “ciudad” de Burgos (ridículamente candidata a no sé qué evento en el 2016), y por si las constantes chuletadas no lo pusieran lo bastante en peligro, incluso entrando con los coches hasta “la cocina” para mayor comodidad del “ciudadano” (hay carteles en todas las entradas que prohíben hacer fuego, pero ¿de qué sirve la ley si nadie se preocupa de hacerla cumplir?), ahora tenemos un caso más de otra normativa que nuestras autoridades se pasan, con perdón, por el forro de…, permitiendo que los supermercados vendan licores a menores para que después se agrupen en hordas que se establecen donde les place (pese a la ordenanza municipal que impide beber en la calle, este verano, con la connivencia y aliento de nuestras autoridades –será para fomentar el tan idolatrado consumo–, el botellón se institucionalizó en las riberas del río, que por las mañanas olían, literalmente, a calimocho y a orina) y dan rienda suelta a su alternativa de ocio favorita, destrozando nuestro medio ambiente, provocando contaminación acústica y, como colofón, celebrando la permisividad, indolencia, papanatismo, pusilanimidad e incompetencia de nuestras autoridades con algún acto de vandalismo. Lo más divertido de todo, si algún vecino tiene la ocurrencia de llamar a la policía, es ver cómo minutos después, parsimonioso, llega el coche patrulla (porque sólo es uno), bordea el recinto del erial y vuelve a alejarse sin tomar cartas en el asunto.







Entonces viene el chantaje emocional, frases como “dejen de criminalizar a los jóvenes y aporten soluciones” o reclamaciones de otras alternativas de ocio. Pues aprovecho para aportar una posible solución, chaval: haz botellón de vez en cuando, pero sin dar berridos ni dejar todo lleno de mierda (hasta un crío sabe recoger sus propios residuos, meterlos en una bolsa y, si no hay un contenedor o papelera cerca, llevarlos a otro lugar.), pero diversifica tu tiempo de ocio haciendo uso de la infinidad de alternativas que nuestra sociedad y tu mente (si te decides a darle uso) ponen a tu disposición; conoce Burgos, su Historia y su Patrimonio, lee, escucha música, ve al cine, ve al teatro, ve a conciertos, pasea por nuestra Naturaleza, haz deporte (todas estas actividades son más baratas que el botellón, algunas de ellas incluso gratuitas).


Irónicamente, no soy mucho mayor que los integrantes del grupo de energúmenos que ahora oigo y veo desde mi ventana; no hace mucho, yo también hacía mis pinitos en el mundo del botellón, al igual que muchos otros de mi edad. Sin embargo, nos diferencian un par de aspectos: nuestra conciencia ecológica (era difícil discernir al día siguiente dónde habíamos estado bebiendo), nuestro respeto al prójimo (menor nivel de ruido y ausencia de vandalismo) y nuestra poca voluntad de postularnos como candidatos a los Premios Darwin, puesto que limitábamos nuestra ingesta de alcohol a niveles que permitieran que nuestros cerebros, órgano totalmente “zombificado” en la mayoría de los zopencos que observo ahora, siguieran funcionando algunos años más.



Es decir, que el botellón ha existido siempre, pero el respeto al prójimo nunca ha sido tan bajo (o nulo) como hoy en día. Y ahora no me refiero sólo al botellón: fíjense en la manera de conducir de muchos, la manera de tratarse y hablarse unos a otros, la manera de hacer uso (o abuso) de los servicios públicos, el afán con el que nos devanamos los sesos buscando maneras éticamente dudosas de pagar menos impuestos o la estulticia, pasotismo, desvergüenza y corrupción de las autoridades, que nunca ha sido tan flagrante y tan patente, sin que nadie se escandalice por ello.




Dice mi señora que, viendo a estos patanes, mejor nos hacemos un plan de pensiones privado, ya que no van a poder contribuir a las arcas de la Seguridad Social (no se hacen tantas películas de zombis como para contratar a tanto extra). A mí es una cuestión que no me preocupa; viendo el panorama, seguro que la Madre Tierra elimina de su faz al virus homo ¿sapiens? (¡Ja!) antes de que nos llegue la jubilación. Y si no me creen, vengan conmigo el jueves que viene a mirar por la ventana – o pregunten a vecinos de otras zonas menos afortunadas.

viernes, 2 de octubre de 2009

Hipocresía sobre ruedas

Estos días, los taxistas del Aeropuerto de Madrid-Barajas han sido noticia por su demanda de más control y multas contra el intrusismo que supuestamente padece su profesión. Estos 1.500 taxistas (de los 16.000 que hay en Madrid) paralizaron durante dos horas el tráfico en el aeropuerto, coincidiendo con la salida de la delegación de Madrid 2016 a Copenhague, para reclamar que se prohíba el traslado de viajeros por parte de particulares, autobuses y furgonetas. Hubo insultos, altercados y hasta roturas de lunas, retrovisores y limpiaparabrisas de vehículos de otras empresas o de compañeros que no secundaron la huelga.



Y es que se calcula que hasta 3.000 vehículos “piratas” (sin licencia de ningún tipo y, en muchas ocasiones, sin ni siquiera seguro) podrían estar circulando por las calles de Madrid, la mayoría de ellos recogiendo pasajeros del aeropuerto de manera ilegal. Se hace evidente la necesidad de regular esta cuestión, en beneficio tanto de los taxistas como de los viajeros, que muchas veces corren peligro sin saberlo al aceptar los servicios de algún “pirata”.



Sin embargo, también recibieron improperios y agresiones los conductores de las furgonetas y autobuses que, contratados por hoteles, transportan a sus clientes a y desde el aeropuerto. Y ahí es donde los señores taxistas están sacando los pies del plato. Prueben ustedes un día cualquiera a subirse a un taxi en el aeropuerto y pedirle al conductor que les lleve a un hotel que quede “demasiado cerca”. Lo mejor que puede pasarle es que se le indique que se baje del vehículo y utilice otro medio de transporte; lo peor, si a uno le da por reclamar los derechos y obligaciones de cada uno, desde insultos hasta amenazas, en ocasiones con la participación del resto del gremio. Si estos señores se niegan a prestar sus servicios a determinados clientes que no garantizan la amortización de la espera en la terminal, ¿por qué se niegan a que sean transportados a cuenta de los propios hoteles? ¿Acaso quieren ser una variante de El Perro del Hortelano, en este caso comiendo, pero sin dejar comer (ni “ser comidos” o, en este caso, transportados)?



La crisis nos está afectando mucho a todos, y probablemente el del taxi sea uno de los sectores más afectados, pero no creo que eso otorgue derecho a la demagogia, a la manipulación, a la exageración y al victimismo, y mucho menos si van acompañados de violencia física y verbal.
Por otro lado, no creo que sea correcto, como se está haciendo en algún medio, generalizar y acusar a los taxistas de prácticas ilícitas, ya que los cobros exorbitados a turistas extranjeros, sobre todo japoneses, son muy puntuales y excepcionales.