lunes, 9 de noviembre de 2009

Yo, de mayor, corrupto

Hace unas semanas, la sociedad china se escandalizaba ante las palabras de una niña que, al ser interpelada sobre la profesión que le gustaría desempeñar en el futuro, ni corta ni perezosa aseguró que deseaba convertirse “en un funcionario corrupto del Gobierno, porque los oficiales corruptos tienen muchas cosas.”
Seguramente esta noticia habrá tenido mucho menos impacto en España que en cualquier otro país, ya que aquí la corrupción hace muchos años que está completamente asumida, aceptada y hasta admirada y envidiada. Vivimos en un sistema que recompensa la competición, la corrupción, la vanidad y la arrogancia, valores que llevan varias generaciones perpetuándose en nuestra sociedad.



Así, no es de extrañar que pocos por estos lares nos escandalicemos por las aspiraciones “profesionales” de la criatura, cuando la única diferencia entre los corruptos en China y en España es que allí son encarcelados inmediatamente (como poco, puesto que se ha dado algún caso extremo de pena de muerte), mientras que aquí se exige que se respete el “derecho a la dignidad” de los detenidos, como en el caso de la “Operación Pretoria” (¿quién se encarga de inventarse estos nombres?): el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña y la Consejería de Justicia de la Generalidad catalana criticaron que los detenidos fueran expuestos esposados ante los periodistas en las puertas de la Audiencia Nacional, y exigieron que se respete su “derecho a la dignidad”. Del mismo modo, Oriol Pujol, hijo del histórico Jordi Pujol, lo consideró una “vejación pública y un escarnio innecesario” y Montserrat Tura, consejera de Justicia, recordó que “hay que respetar el derecho a la imagen, incluso de los detenidos.”



Nada que objetar por mi parte a estas reclamaciones, puesto que así está estipulado en nuestra legislación. Sin embargo, por parte de los detenidos se echa de menos una pizca de esa dignidad que tanto exigen, la cual podrían haber demostrado en el desempeño de sus cargos, en vez de abusar de la confianza que el pueblo les había prestado y convertirse en ladrones corruptos. Los realmente vejados y ultrajados somos los ciudadanos, que nos dedicamos a trabajar (unos pocos afortunados) y pagar impuestos (unos pocos infelices) para que otros se mofen de nosotros y se peguen la vida padre, como entre muchos otros el alcalde de Santa Coloma, una ciudad obrera en la que éste no se molestaba en dormir, ya que prefería las comodidades y lujos de un barrio alto de Barcelona.



Y es que en España la corrupción, sobre todo la urbanística, produce más dinero que el tráfico de drogas, y además las penas son menores, lo cual es un estupendo aliciente para las codiciosas e insaciables manos del politicastro de turno, sus abogados y demás compinches, que son quienes se han forrado realmente estos últimos diez años; la desvergüenza ha llegado hasta tal punto que muchos gobernantes ya piden ellos mismos la pasta, sin necesidad de ningún intermediario. Después, a raíz de todo esto, lo único que se les ocurre es sugerir un “pacto de Estado, con profundas reformas legales (administrativas y penales) al que se comprometan todos los partidos”. ¡Es justo eso lo que nos hace falta! ¡Más leyes, más papelotes, más burocracia! ¡Señores: el robo, el hurto, la prevaricación y el cohecho ya están tipificados como delitos en nuestro Código Penal! ¡Ahora lo que hace falta es cumplirlo! Lo que hace falta aquí es menos palabrería y demagogia, y más decencia, más responsabilidad, más ética y más moral.



Y también menos hipocresía: son intolerables las declaraciones del antiguo presidente de la Generalidad catalana, Jordi Pujol (es la segunda vez que sale su nombre – por algo será), aconsejando que no se tirara mucho de la manta, porque el hedor podría llegar a ser insoportable para todos. Pues, como dice una de las últimas portadas de la revista “El Jueves” (que, dicho sea de paso, poco a poco y sin quererlo se está convirtiendo en una de las pocas publicaciones serias de este simulacro de país), “¡Que alguien tire de la manta, por favor!” Sí, que alguien acabe con este hatajo de saqueadores y expoliadores de bienes comunes y de bienes privados ajenos, estos rentistas que no ven en la vida política representación de interés social alguno, sino oportunidad de negocio y cabildeo.



Y, ya de paso, que alguien ponga fin a lo que en Alemania denominan “puerta giratoria” entre la política y el mundo de los negocios: el hecho de que grandes fortunas entren como si nada en la política (Berlusconi) y, a la inversa, dirigentes políticos vayan a parar al mundo de los negocios tras abandonar su cargo (Schröder en Gazprom, Felipe González en Carlos Slim, Aznar en Rupert Murdoch, y un largo etcétera).

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