miércoles, 2 de diciembre de 2009

Un poco de polémica

Reproduzco aquí un par de cartas (de D.ª Blanca C. V. y D.ª Lorena Pérez Durá, respectivamente), del XL Semanal del 13 de abril de 2008, sobre el tema de la igualdad entre sexos. Las opiniones es lo que tienen: son como los culos; todo el mundo tiene uno (unos más… y otros menos…). Espero la vuestra.


“No seamos hipócritas”.
Parece que la vida de las mujeres es un valle de lágrimas y no entiendo por qué extraña razón nos unimos a hombres tan malvados. Mi experiencia en el trabajo es que las mujeres exigimos igualdad de sueldo, pero cuando hay que coger peso, pedimos ayuda a los hombres. Queremos ser camioneros, mineros, guardias civiles... Pero nos quedamos embarazadas y enseguida queremos trabajos de oficina y preferimos que, por necesidades del servicio, no nos manden a misiones en el extranjero. Nos pasamos la vida exigiendo la igualdad, pero cuando nos separamos dejamos a los maridos en la indigencia y, como los jueces apoyan más a la mujer, ésta se queda con la casa y con los niños e incluso le niega al padre que pueda verlos cuando lo desea. Se repite la misma historia de que las mujeres no están en los puestos de decisión y se olvida que las mujeres no queremos tantas horas de responsabilidad, de viajes, de reuniones.
No seamos hipócritas: la que trabaja en casa tiene todas las comodidades. Hacemos nuestras cosas cuando queremos y nos apetece; es más reconfortante y relajado que aguantar un trabajo fuera. Hay que ser coherentes: no se puede ser madre y camionero o irse al Líbano. Jamás hemos sido iguales y nuestra naturaleza pone las cosas en su sitio.
Para mí es un lujo quedarme en casa, porque mientras mi marido trabaja ocho horas, yo en dos o tres ya he terminado todo.

“El problema está dentro de nosotras”.
¿Acaso no somos nosotras, las mujeres, las que nos ofrecemos a posar desnudas en las revistas machistas o, algo más corriente, las que nos vestimos y maquillamos simplemente para agradar a los hombres? Cuando tenemos la fuerza, la utilizamos para seguir la moda, la de no conciliarnos, sino atentar contra los hombres por todo el mal que nos han hecho. Por favor, ni ellos son los hombres que nos oprimieron ni nosotras las mujeres que se rebelaron.
Cuando dejemos de hablar de tonterías, de que el lenguaje es, por ejemplo, sexista, y empecemos a confiar sólo en nosotras mismas, defendiendo nuestros derechos y olvidando lo que piensen otros, llegaremos a la igualdad.
Antes que mujeres, tenemos que ser personas.

Buenos ciudadanos que gobernar

Reproduzco aquí (ya que XL Semanal no considera esta parte de su revista lo suficientemente importante como para publicarla por Internet) la acertada carta de D. Jorge Martín Martínez, del 20 de enero de 2008, al hilo de un reportaje sobre la educación en Finlandia y los malos resultados educativos de España.


Me pregunto: ¿la distancia educativa entre Finlandia y España se mide en kilómetros? ¿Por qué no existen en los colegios fineses chuletas, pintadas, destrozo de mobiliario, falta de autoridad de los profesores? ¿Por qué en aquella sociedad es impopular la evasión de impuestos? ¿Por qué valoran tanto la responsabilidad y el esfuerzo? La distancia entre Finlandia y España no es sólo geográfica. El asunto es más profundo.
Tiene mucha razón Pérez-Reverte en todo lo que expresa en su Permitidme tutearos, imbéciles, pero no ahonda ni propone soluciones. Que nadie olvide el trascendental paso de la Reforma protestante. Cuando llegó a ser escandaloso el comercio de indulgencias de la Iglesia de Roma, la mayoría de los países de la Europa central y nórdica decidieron corregir y tomar los asuntos de Dios en serio, no sin luchas. Por el contrario, en la mayoría de los países del sur, el nacional-catolicismo fue impuesto por la fuerza. Después de 400 años analizarnos el resultado. ¿Qué queda de aquel catolicismo en la sociedad española? Sin embargo, los países como Finlandia aprecian, valoran y respetan asuntos vitales. El sistema educativo de Finlandia no tiene éxito por disponer de buenas leyes ni de buenos gobernantes, amigo Pérez-Reverte. Los gobernantes de Finlandia tienen buenos ciudadanos que gobernar. Las leyes tienen buenas comunidades educativas a las que aplicarse.
Y la clave es ésta: la sociedad finlandesa conserva un profundo trasfondo cristiano. No es que todos los fineses sean honestos cristianos, sino que aquella sociedad sigue aún beneficiándose de los pasos que eligió dar cientos de años atrás. Para elevar los niveles educativos en España no necesitarnos más leyes ni mejores gobernantes. Necesitarnos más que eso: una urgente y profunda reforma social.