jueves, 15 de julio de 2010

Cuba, peligro de derrumbe

Extracto del artículo de Manuel Gutiérrez Aragón publicado en El País Semanal el 16 de mayo de 2010.


Nieves, el vendedor de pan blanco, estaba, pues, en aquel famoso centro de convenciones, en el que nunca falta la luz eléctrica ni el aire acondicionado. Un lugar extraño para un negro ilegal. La reunión se prolongaba horas y horas, porque todo el mundo quería hablar y contar su caso. Las discusiones iban subiendo de tono, los presentes habían sido animados a hablar sin cortapisas. Al principio tuvieron mucho cuidado con lo que decían, pero luego habían perdido el miedo y vomitaron de todo contra el Gobierno, evitando siempre nombrar "al que tú sabes", a "él". Nieves estaba de pie, cerca de la tribuna de oradores, apoyado en uno de los altavoces del escenario. Ya eran las doce de la noche y la reunión se había desmadrado tanto que resultaba incontrolable por parte del comité del Partido de La Habana. Y en esto llegó "él". Vestido con uniforme verde oliva, la gorra en la cabeza y la mirada escrutadora y viva, como si en vez de mirar a todos, los mirara a cada uno. Se destocó y se sentó a un lado de la mesa, desdeñando la presidencia de la reunión. Habló y habló ante un auditorio callado y expectante. Dio la razón a los más protestones, y dijo que había que ir más lejos aún en la crítica a los dirigentes. Pidió perdón por las faltas, los errores y también explicó los problemas que en ese momento sufría el Tesoro Nacional Cubano.
-Estamos haciendo una colecta para la entrega voluntaria de alianzas, joyas, monedas… en fin, todas esas cosas que a veces se guardan en un cajón y no le sirven a nadie.
De vez en cuando preguntaba a alguno de los presentes de dónde era, a qué equipo pertenecía, a qué se dedicaba allá en Santiago, o en Baracoa, o en Guantánamo. De pronto se fijó en Nieves, o más precisamente en el brazo derecho de Nieves, que tenía apoyado en el borde del escenario, junto a sus botas. El Comandante Fidel Castro se inclinó como si se le hubiera caído algo por el suelo. Y, con un movimiento rápido, agarró por la muñeca a Nieves. Nieves se quedó más sorprendido que asustado.
-¿Qué es eso que llevas ahí?
-Ah, es una pulsa, nada, un recuerdo, una cosa sin verdadera importancia.
-¿No es de oro?
-Sí, Comandante, creo que sí.
-¿La entregarías para el Tesoro Nacional?
Nieves se cuadró, y exclamó con voz firme:
-¡Comandante en jefe, ordene!
Nieves se quitó el brazalete y se lo entregó al Comandante, quien se lo guardó tranquilamente en un bolsillo de la guerrera.
Nieves no volvió a prestar atención a las palabras que Castro siguió desgranando a lo largo de la velada. Sentía la vibración de los altavoces en su cuerpo y el retumbo de las frases.
Un amigo se le acercó y le dijo, al verle pálido y cariacontecido:
-Nada, hombre, seguro que es una broma… ya verás.
-No, si es que la pulsera fue un regalo de mi padre, sólo es eso, no es que no quiera contribuir.
Permaneció todo el tiempo en el mismo sitio, parecía estar progresivamente triste.
-Es la sola cosa que conservo de mi padre. Es lo que me queda del viejo.
La reunión se terminó. El Comandante bajó del estrado y pasó al lado de Nieves. No le miró y éste comprendió que lo de la pulsera iba en serio. Quizá se trataba de una prueba, de una comprobación, de averiguar su grado de compromiso revolucionario. Podía dar por resultado un permiso de residencia en La Habana, un trabajo, una botella, un premio.
Pero el Comandante se subió a su vehículo y los ayudantes cerraron la puerta del carro. En esto se baja la ventanilla y escucha la voz de Fidel que le llama.
-Oye, muchacho.
Nieves se acerca, algo va a ocurrir, no se reclama a un negro ilegal así como así, para nada.
El Comandante se quitó su Rolex de la muñeca y lo puso en la que Nieves había llevado el brazalete de oro.
-Mira, compañero, esto por lo menos da la hora. Que lo disfrutes.
El coche oficial partió y nuestro amigo se quedó con el valioso reloj, sin hacer ningún ademán ni de agradecimiento ni de devolución.
Hoy Nieves Martínez vive en los Estados Unidos, en una ciudad de Florida. Sigue siendo ilegal, no tiene papeles y rehúye encontrarse con agentes de policía. Conserva el Rolex sin mentar su procedencia. No es difícil imaginárselo mirando la esfera de números romanos del llamado reloj de los líderes. Si la policía lo detiene, pensarán que es robado. Pero el reloj es suyo, y, además, la hora es la misma aquí y allá, en Cuba y en Florida.

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