lunes, 24 de enero de 2011

Niñitis aguda

Carmen Posadas, XL Semanal (16 de enero de 2011).


Ahora que han pasado las extenuantes fechas navideñas, con su sobredosis de calorías, gasto y buenas intenciones, me voy a permitir hacer una reflexión que tal vez me acarree más de un rapapolvo. Tiene que ver con lo que ahora llaman “puericentrismo”, es decir, con la atención completamente desmedida que la sociedad actual presta a los niños. Se sabe, por ejemplo, que en estas fiestas, austeras por necesidad perentoria, las familias han recortado gastos en todo salvo en lo concerniente a los niños: la venta de juguetes se ha mantenido e incluso ha aumentado respecto del año pasado.
Dicho así, el puericentrismo no parece una mala idea, es como si se quisiera preservar a los más pequeños de las tribulaciones que aquejan a los adultos o tal vez compensarlos por ellas. Pero les voy a poner un ejemplo de este fenómeno para explicarles mis reparos. El otro día fui testigo de una escena, en la actualidad muy frecuente. Había tres parejas en un restaurante compartiendo mesa; una de ellas, con un hijo de corta edad. Por lo que pude observar, la conversación en todo momento giró en torno a la criatura de cinco años, bien por lo que contaba (que duró un buen rato y, por supuesto, le impidió acabar su plato de comida), bien por las infinitas bromas/cucamonas/cuchicuchis/etcétera que se turnaban para prodigarle tanto sus embelesados papás como las otras dos parejas, ya fuera por puericentrismo o, simplemente, porque hoy, si uno no se derrite en atenciones con los niños, se convierte en un tipo torvo y raro, casi un criminal.
¿De dónde viene esta tendencia a colocar a los menores en el centro del universo? ¿En qué momento cambiaron las tornas para que todo el mundo confunda ser un buen padre con ser un padre gagá? Y, en último término, ¿es beneficioso para el niño recibir tanta y tan desmedida atención? En realidad, este último interrogante es el que resulta imprescindible contestar y, en mi opinión, la respuesta es: no. Creo, además, que puedo hablar con conocimiento de causa porque, sin haber sido educada en el puericentrismo ahora imperante, lo cierto es que tuve una infancia sobreprotegida. Mi madre, que sufrió el descalabro económico de su familia cuando tenía once años, se dedicó a crearme lo que ella llamaba «una infancia de Disneylandia». Y lo consiguió. Tanto que yo fui una niña que no sólo no quería crecer, y por tanto ser expulsada de mi particular paraíso, sino que, además, todo me daba miedo, incluso salir a la calle. Y eso que por fortuna no me convirtieron en el centro de las conversaciones de los mayores ni me escuchaban como si fuera Demóstenes, como se hace ahora.
Educar es una tarea tan compleja que se peca tanto por falta de atención como por exceso y, a veces, es casi mejor pecar de lo primero. Porque ayudar a crecer no es sólo allanar los caminos al niño, sino, más aún, y sobre todo, enseñarle a conquistar su propio espacio. De ahí que a alguien a quien se le acostumbra a ser el ombligo del mundo se le está haciendo un flaco favor. Porque, inevitablemente, tarde o temprano descubrirá no sólo que no lo es, sino que, además, desconoce los mecanismos más elementales para combatir esa frustración. Es como si a un niño que está aprendiendo a caminar se le enseña a andar con muletas para impedir que se caiga y se dé un coscorrón. Por eso, a mí, esta niñitis aguda que vive la sociedad no sólo me parece tonta, sino muy dañina. Porque, como ya decía Sigmund Freud hace cerca de cien años, «sólo cuando un niño descubre que imaginar la realización de sus deseos no basta para asegurar su satisfacción real, empezará a cultivar los dones que le permitan comprender y, por tanto, controlar el mundo que le rodea».

miércoles, 12 de enero de 2011

Zombi TV

«Todo lo que se les pedía era una forma primitiva de patriotismo a la que apelar en caso de necesidad para conseguir que aceptaran más horas de trabajo o menores raciones. Incluso cuando cundía el descontento, lo cual ocurría en ocasiones, esto no les llevaba a ninguna parte, ya que, carentes de ideas en general, sólo podían concentrarlo en determinados agravios insignificantes. Los grandes males pasaban invariablemente desapercibidos.» (George Orwell, 1984).
Hay muchos estudios que indican que la televisión aumenta la violencia, incrementa el sectarismo, reduce la capacidad de atención y disminuye los resultados académicos entre los telespectadores más adictos. Pero hay algo que es aún más preocupante que todo lo anterior: ver la televisión en vez de leer tiende a degradar la mente de los teleadictos, de manera que pierden la capacidad de enlazar pensamientos abstractos, tales como los de “causa a efecto”. Por decirlo de otra manera: los millones de euros gastados cada año por la industria publicitaria han conseguido quemar el razonamiento abstracto de nuestras mentes.


Hoy en día, por medio de resonancias magnéticas y tomografías de positrones, los investigadores son capaces de captar cerebros en el mismo acto de pensar, sentir o recordar. Los escáneres muestran que el flujo sanguíneo varía en función del tipo de actividad en la que esté ocupada la mente. En otras palabras: un niño que crezca con un alto régimen televisivo tiene un cerebro físicamente alterado. Una vez se alcanza la edad adulta, todavía se puede mejorar el funcionamiento cerebral, pero requiere un esfuerzo muchísimo mayor. Ni que decir tiene que sería ingenuo esperar que los “tele-zombis” vayan a entender esto en un futuro cercano.
Cuando llegó el año 1984 pero no se cumplió la profecía orwelliana (al menos en parte, y al menos en la mayoría de “democracias” occidentales), no nos dimos cuenta de que al lado de la oscura visión de Orwell yacía otra, un poco más antigua, un poco menos conocida, pero igualmente escalofriante: el “Mundo Feliz” de Aldous Huxley.


Huxley y Orwell no profetizaron lo mismo: Orwell advertía que nos veríamos superados por una opresión impuesta desde el exterior. En la visión de Huxley, sin embargo, no era necesario ningún Gran Hermano para privar al pueblo de su autonomía, madurez e historia. Tal como él lo veía, la gente llegaría a amar su propia opresión, a adorar las tecnologías que deshacen sus capacidades cognitivas.
Orwell tenía miedo de aquellos que prohibirían los libros. Lo que Huxley temía era que no hubiera ninguna necesidad de prohibirlos, ya que no habría nadie que quisiera leer ninguno. Orwell tenía miedo de aquellos que nos privarían de la información. Huxley temía a aquellos que nos darían tanta que nos veríamos reducidos a la pasividad y el egoísmo. Orwell tenía miedo de se nos ocultara la verdad. Huxley temía que la verdad se ahogara en un mar de irrelevancia. Orwell tenía miedo de que nos convirtiéramos en una cultura secuestrada. Huxley temía que nos convirtiéramos en una cultura trivial. Tal y como Huxley observó en Nueva Visita a un Mundo Feliz, los libertarios civiles y los racionalistas que están siempre alerta para oponerse a la tiranía «no tuvieron en cuenta el insaciable apetito del hombre por las distracciones.» En Un Mundo Feliz se les controla por medio del placer. En resumen, Orwell tenía miedo de que lo que odiábamos nos destruiría. Huxley temía que lo que amábamos nos destruiría.


Desde Erasmo en el siglo XVI hasta Elizabeth Eisenstein en el XX, casi todos los eruditos que han lidiado con la cuestión de los efectos de la lectura en nuestros hábitos mentales han concluido que este proceso estimula la racionalidad; que el carácter secuencial y proposicional de la palabra escrita fomenta lo que Walter Ong denomina la “gestión analítica del conocimiento”. Involucrarse con la palabra escrita implica seguir un proceso de pensamiento, lo cual exige considerables capacidades de clasificación, deducción y razonamiento. Supone destapar mentiras, confusiones y exageraciones, detectar abusos de lógica y sentido común. También significa sopesar ideas, comparar y contrastar afirmaciones, conectar unas generalizaciones con otras.
Por el contrario, las conversaciones televisivas promueven la incoherencia y la trivialidad. La frase “televisión seria” es una contradicción en los términos. La televisión habla con una sola e insistente voz: la voz del entretenimiento. De esta manera, las instituciones culturales, una tras otra, están aprendiendo a hablar con la misma voz que la televisión, para de ese modo poder tener acceso a la gran “conversación televisiva”. En otras palabras, la televisión está convirtiendo nuestra cultura en un gran ruedo para el mundo del espectáculo. Por supuesto, es perfectamente posible que al final nos parezca algo agradable y que decidamos que es exactamente lo que nos gusta.


¿Ver la televisión daña el desarrollo del cerebro infantil?
Pasar el tiempo delante de la televisión produce pasividad, desórdenes de la atención y disminución de las habilidades cognitivas en los niños. En los últimos tiempos se está dando una tendencia creciente a culpar al profesorado por los malos resultados académicos de los alumnos. Sin embargo, por norma general los maestros están haciendo bien su trabajo, y los colegios no son tan diferentes de los de hace unos años: el descenso en la calidad de nuestra enseñanza no es culpa de los profesores.
Desgraciadamente, la televisión hoy en día está incrustada en nuestra matriz socio-cultural, y con una función clara: rellenar el hueco que antaño ocupaban los progenitores. La inevitable consecuencia es una reducción de las conversaciones, lo que provoca una disminución de las habilidades lingüísticas.


En recientes experimentos con ratas llevados a cabo en la Universidad de Berkeley, se ha comparado el desarrollo del tejido cerebral en crías de rata en ambientes “enriquecidos” en comparación con el de otras, inmersas en ambientes “empobrecidos”. Las crías que experimentaron los ambientes enriquecidos (grandes, multi-familiares y con variedad de juguetes) desarrollaron un crecimiento cerebral considerablemente mayor que aquellas que experimentaron ambientes más pequeños, unifamiliares y con menos estímulos. El estudio del crecimiento cerebral abarcaba los vasos sanguíneos, las neuronas, las ramificaciones dendríticas, las intersecciones sinápticas y el grosor del córtex cerebral.
Asimismo se descubrió que el hecho de permitir que las crías de los ambientes deprimidos observaran de manera pasiva la actividad de los ambientes más estimulantes no aportaba ningún beneficio a su desarrollo cerebral. Es decir, que la mera observación no es suficiente para acarrear cambios en el crecimiento cerebral, sino que debe darse una interacción física con su entorno, lo cual convierte las largas horas delante de la televisión en un claro riesgo para los niños.


En otro estudio de la Universidad de Yale, se estableció una correlación entre las horas de televisión y los resultados de comprensión lectora de los niños. El resultado fue que los niños que pasaban más horas frente al televisor con la menor supervisión parental obtenían los resultados de lectura más bajos. Por contraste, los niños con menores horas de televisión y mayor participación de los padres conseguían las marcas más altas. Es evidente que la mediación de los padres en el visionado de televisión de sus hijos es el factor fundamental. Además, los padres que participaban por medio del diálogo, en vez de la mera prescripción, conseguían mejores resultados, luego la receta es clara: bajas dosis de televisión con una cuidadosa supervisión parental.
Hoy en día, el cada vez mayor poder visual y auditivo de la televisión es una amenaza para la capacidad de control de un niño sobre sus procesos de atención. Además, pasar demasiadas horas delante del televisor inhibe la capacidad de autocontrol, una respuesta psicológica que ayuda al niño durante su crecimiento a aprender cómo comportarse en diversas situaciones sociales. Sin embargo, el autocontrol no es necesario cuando estamos viendo la televisión.

miércoles, 5 de enero de 2011

Porque tengo derecho y porque lo valgo

Domingo, 19 de diciembre de 2010 (Carmen Posadas - XL Semanal).


Con lo insufrible que se ha vuelto la tele, yo cada vez pongo menos atención a los programas y más a los anuncios. Es algo que me ha divertido desde niña, cuando hacía concursos con mis hermanos para ver quién acertaba antes lo que anunciaba cada spot. Ahora, en cambio, los utilizo para tomar el pulso a lo que me rodea porque los considero termómetro ideal de lo que la gente piensa, también de lo que le gustaría alcanzar. Últimamente, me he fijado en uno de gafas cuyo claim dice algo así como: «Te damos dos gafas por el precio de una. Porque te lo mereces y porque tienes derecho». Como ven, el mensaje conecta con esa idea ahora tan extendida de que uno tiene “derecho” a todo. Y basta seguir viendo la tele para darse cuenta de lo arraigada que está dicha idea y cómo se manifiesta en las situaciones más variopintas. Por ejemplo, los miembros de esa ONG catalana que fueron rescatados hace unos meses (previo pago de un ‘pastoncio’) anunciaron que pronto volverán a formar otra caravana para seguir con su ayuda solidaria a África de las mismas características de la que los llevó a estar secuestrados durante meses. Y de nada ha servido que las autoridades les dijeran que, si en efecto quieren ayudar, utilicen los canales oficiales de cooperación internacional que ya existen y que son seguros. No, ni hablar, porque lo que mola es vestirse de Coronel Tapioca y atravesar el desierto a lo Tintín en el país del oro negro (a lo Hernández y Fernández para ser más exactos). «Estoy en mi derecho -dicen-. Y si me cogen -habría que añadir-, ya vendrá papá Estado a salvarme y pagar el pastizal que haga falta.» Ya que hablo de aventuras de riesgo, siempre me han llamado la atención también los “derechos” de los que les da por meterse en una cueva imposible o escalar un pico escarpado y luego no saben cómo salir ni cómo bajar. Y conste que no me refiero a espeleólogos y montañistas federados que saben lo que hacen, sino a cualquier lechuguino que se le antoje triscar por los montes o tirarse por un torrente porque está en “su derecho”. Es una pena que yo tenga tan mala memoria para las cifras, porque el otro día vi (una vez más en la tele) lo que le cuesta a la Guardia Civil mantener cierta brigada especial que se ocupa, únicamente, de rescatar a todos estos émulos de Indiana Jones. Lo que le cuesta no sólo en dinero -habría que añadir-, sino en algo que nadie parece valorar: el riesgo que corren los agentes al rescatar al panoli de turno que se ha quedado atascado en una gruta o colgado en el pico de un monte. Sí, en este mundo feliz que hemos inventado, todos tenemos derechos, pero nadie parece tener deberes. Y eso está muy bien mientras se trate de casos como los que acabo de señalar, puesto que el papanatismo general acepta (¡e incluso aplaude!) que se vaya al rescate de este tipo de gente. Lo malo, a mi modo de ver, es que esa idea de “tengo derecho” juega en contra de otra azarosa búsqueda en la que todos andamos embarcados: la de la felicidad. Porque otra tonta idea muy extendida es que todos tenemos “derecho” a ser felices, como si eso fuera una prebenda más. Cuando, en realidad, quien piensa que tiene derecho a ser feliz está comprando todas las papeletas para no serlo porque ni siquiera conoce los rudimentos de dicha búsqueda. Ignora algo tan elemental como que la felicidad no está en la meta, sino en el camino. Ignora también que, por propia definición, la felicidad es fugaz y que, si uno quiere estar contento, es preferible buscar la serenidad o la paz interior. E ignora, por fin, que el mejor antídoto contra la frustración es no creerse con derecho a nada porque sólo así conocerá la incomparable felicidad de lograr aquello que desea y por lo que tanto ha trabajado.