lunes, 7 de marzo de 2011

El dinero no se come

El crecimiento económico a secas no siempre tiene una traducción proporcional en el bienestar de las personas.


El PIB recoge, grosso modo, todos los bienes y servicios que genera un país y es el indicador más internacional, pero cada vez es mayor el número de teóricos que lo cuestiona como termómetro del progreso de un país y de su nivel de bienestar: no valora las desigualdades, no descuenta las facturas del crecimiento económico en el medio ambiente y la calidad de vida de las personas y es ciego a elementos como la cultura y salud.
El PIB no depura la actividad económica que, no solo no genera felicidad, sino que es fruto de la incomodidad: como el gasto en analgésicos para el dolor cabeza o el gasto de gasolina en un atasco.
Por ejemplo, la ONU publica desde hace años un Informe sobre desarrollo humano (IDH) atendiendo a factores como la esperanza de vida, la tasa de alfabetización y la riqueza por habitante, entre otros criterios. En el informe de 2008, Estados Unidos se sitúa como el país más rico del mundo, pero ocupa el puesto 12 de este escalafón.
Otras paradojas reveladoras serían la de la unificación de Alemania, tras la cual los niveles de satisfacción que manifestaban los habitantes del Este bajaron considerablemente respecto a la etapa anterior, ya que comenzaron a compararse con los de la zona occidental, o el estudio de la Escuela Pública de Salud de Harvard, en la que se ofrecían a los alumnos dos posibilidades imaginarias, una en la que ganarían 50.000 dólares mientras que el resto del mundo percibiría 25.000, y otras en la que ganarían 100.000 dólares y el resto 250.000 (respuesta: todos escogieron la primera posibilidad).

El crecimiento del PIB no siempre se traduce en mayor bienestar para las personas.
Desde su introducción durante la II Guerra Mundial como medida de la capacidad de producción en tiempos de guerra, el Producto Interior Bruto o PIB se ha convertido en el principal indicador del progreso económico. En la actualidad se utiliza ampliamente por diseñadores de políticas, economistas, agencias internacionales y los medios de comunicación como la puntuación fundamental de la salud y bienestar de la economía de una nación.
Sin embargo, el PIB nunca fue concebido para este papel. Es simplemente una cuenta en bruto de productos y servicios comprados y vendidos, sin distinción alguna entre transacciones que aporten bienestar y aquellas que lo disminuyan. En vez de separar costes y beneficios, y las actividades productivas de las destructivas, el PIB asume que por definición toda transacción monetaria proporciona bienestar. Es como si una empresa intentara evaluar su estado financiero meramente con la suma de todas sus “actividades empresariales”, agrupando de tal modo gastos e ingresos, activo y pasivo.
Además, el PIB ignora todo lo que ocurra fuera del ámbito del intercambio monetario, independientemente de su importancia para el bienestar. Funciones económicas tan cruciales como las tareas del hogar o el voluntariado se ignoran por completo. Las contribuciones al hábitat natural que proporcionan los recursos que nos sustentan tampoco reciben reconocimiento. Como resultado, el PIB no sólo enmascara el colapso de la estructura social y el hábitat natural, sino que, lo que es aún peor, en realidad lo interpreta como ganancia económica.

El PIB considera el crimen, el divorcio y los desastres naturales como ganancias económicas.
Como el PIB registra cada transacción económica como positiva, los costes del deterioro social y los desastres naturales se anotan como avances económicos. El crimen añade miles de millones de euros al PIB debido a la necesidad de prisiones y otras medidas de seguridad, una mayor protección policial, daños a la propiedad y costes sanitarios. Los divorcios añaden miles de millones de euros por medio de los honorarios de los abogados, la necesidad de adquirir segundas viviendas y demás. Los huracanes del Golfo de México son desastrosos para Florida, Louisiana y demás estados de la zona, pero el PIB de los EE.UU. lo registra como una bendición para la economía (por ejemplo, el huracán Andrew, uno de los más destructivos que hayan impactado en EE.UU., significó más de 15.000 millones de dólares).

El PIB ignora la economía no mercantil en los hogares y las comunidades.
Funciones tan cruciales como el cuidado infantil, el cuidado a los ancianos u otras labores domésticas, así como el trabajo de voluntariado, quedan completamente fuera de consideración para el PIB porque no hay cantidad de dinero alguna que cambie de manos. Al disminuir la economía no mercantil y desplazarse sus funciones hacia el sector de servicios monetarios, el PIB representa este proceso como un avance económico. El PIB también añade el coste de las prisiones, el trabajo social, el consumo de drogas y el asesoramiento psicológico que surgen a raíz del abandono de la esfera no mercantil.

El PIB considera el agotamiento del capital natural como un ingreso.
El PIB quebranta los principios básicos de la contabilidad y el sentido común cuando considera el agotamiento del capital natural como un ingreso, en vez de como la depreciación de un activo.
La Administración Bush (padre) señaló este aspecto en su informe del Consejo de Calidad Medioambiental de 1992. «Los sistemas contables utilizados para calcular el PIB» decía el informe, «no reflejan el agotamiento o el deterioro de los recursos naturales utilizados para producir bienes y servicios». Como resultado, cuando más agota sus recursos naturales una nación, más crece su PIB.

El PIB sube con las actividades contaminantes, y después otra vez con las limpiezas.
La limpieza de entornos intoxicados supondrá un coste de miles de millones de euros durante los próximos treinta años, lo cual se añadirá al PIB. Al añadir al PIB la actividad económica que generó esos residuos, se da la paradoja de que la contaminación supone un doble beneficio para la economía. Así, el derrame de petróleo de BP en el Golfo de México ocasionó un aumento del PIB.

El PIB no tiene en cuenta la distribución de la renta.
Al ignorar la distribución de la renta, el PIB oculta el hecho de que, cuando la marea sube, no todos los barcos flotan (aunque suene como una blasfemia a los acólitos del neoliberalismo, es un hecho que la prosperidad no se contagia). Por ejemplo, en EE.UU., entre 1973 y 1993, mientras que el PIB aumentó más de un 50%, los salarios sufrieron un descenso de casi el 14%, pero no para el 5% de ciudadanos más ricos, que vieron aumentar su renta casi un 20%; sin embargo, el PIB presenta estos datos, estas enormes ganancias de los sectores más privilegiados, como un beneficio para todos.

El PIB ignora los inconvenientes de vivir de los activos extranjeros.
Los últimos años, tanto los consumidores como los gobiernos han aumentado sus gastos endeudándose con capital foráneo. Esto hace que el PIB suba temporalmente, pero la necesidad de cancelar esta deuda se convierte en una carga cada vez mayor sobre las economías nacionales, hasta tal punto que nos endeudamos para consumir en vez de para invertir, lo cual equivale a vivir por encima de nuestras posibilidades y contraer una deuda que deberá liquidarse tarde o temprano. El PIB ignora por completo este inconveniente de pedir prestado en el extranjero.

¿Qué es el Índice de Progreso Real (IPR)?
El Índice de Progreso Real (IPR) es una nueva medida del bienestar económico de una nación que ensancha la estructura contable tradicional para incluir, junto con la producción económica medida de la manera tradicional, las contribuciones económicas de las esferas de la familia, de la comunidad y del hábitat natural.
El IPR tiene en cuenta más de veinte aspectos de nuestras vidas económicas que ignora el PIB. Abarca cálculos de la contribución económica de numerosos factores sociales y medioambientales que el PIB desestima con un valor implícito y arbitrario de cero. También diferencia entre las transacciones económicas que aportan bienestar y aquellas que lo disminuyen. Después integra esos factores en una medida compuesta de tal manera que los beneficios de la actividad económica pueden contraponerse a los costes.
El IPR está pensado para proporcionar a los ciudadanos y a los diseñadores de políticas con un barómetro más certero de la salud global de la economía y de cómo el estado de nuestro país cambia con el paso del tiempo.
Mientras que la renta per capita actual es más del doble que la de 1950, el IPR muestra una visión muy diferente. Aumentó durante los cincuenta y los sesenta, pero ha disminuido aproximadamente un 45% desde 1970. Lo que es más, la tasa de declive en el IPR per capita ha aumentado de una media del 1% en los setenta al 2% en los ochenta y el 6% en los noventa. Esta amplia y creciente divergencia entre el PIB y el IPR es una advertencia de que la economía está atascada en un camino que impone unos grandes costes sobre nuestro presente y nuestro futuro, aunque hasta el momento no hayan sido tenidos en cuenta.
En concreto, el IPR muestra cómo lo que los economistas consideran hoy en día como crecimiento económico, tal como lo mide el PIB, realmente representa una de estas tres cosas:
1) Corrección de los tropiezos y el declive social del pasado.
2) Apropiarse de recursos futuros.
3) Trasladar funciones desde la esfera de la comunidad y la familia a la de la economía monetizada.
El IPR deja patente que los costes de nuestra actual trayectoria económica están comenzando a pesar más que los beneficios, conduciéndonos a un crecimiento que realmente es antieconómico.
Si tenemos en cuenta la opinión pública como barómetro de la situación, nos daríamos cuenta de que el IPR se acerca mucho más que el PIB a la economía que los ciudadanos experimentan en realidad en su día a día. Lo cual explica por qué la gente se siente cada vez más pesimista pese a los comunicados oficiales que presentan un supuesto progreso y crecimiento económico.
El IPR comienza con los mismos datos de consumo personal en los que se basa el PIB, salvo que más adelante hace unas distinciones cruciales. Se ajusta para determinados factores (tales como la distribución de la renta), añade otros (como el valor de las tareas del hogar y el voluntariado) e incluso resta algunos (como los costes del crimen y la contaminación). Ya que tanto el PIB como el IPR se miden en términos monetarios, se les puede comparar en la misma escala.

I. CRIMEN Y FRACASO FAMILIAR
El fracaso social impone grandes costes económicos sobre las personas y la sociedad en forma de honorarios legales, gastos médicos, daños a la propiedad y demás. El PIB trata tales gastos como aportaciones al bienestar, mientras que el IPR resta los costes provocados por el crimen y el divorcio.

II. TAREAS DEL HOGAR Y VOLUNTARIADO
Una parte importante del trabajo más importante de nuestra sociedad se realiza en el marco de la familia y la comunidad: cuidado infantil, reparaciones en el hogar, voluntariado y demás. El PIB ignora estas contribuciones porque no hay intercambio de dinero. Para corregir esta omisión, el IPR incluye, entre otras cosas, el valor de las tareas del hogar calculado como el coste aproximado de contratar a alguien para que lo haga.

III. DISTRIBUCIÓN DE LA RENTA
Cuando la marea sube, no todos los barcos flotan; sobre todo si sigue aumentando la brecha entre los más ricos y el resto de los mortales. Tanto la teoría económica como el sentido común afirman que los pobres experimentan un beneficio mayor que los ricos cuando aumentan sus ingresos.
Por consiguiente, el IPR aumenta cuando los pobres reciben un porcentaje mayor de la renta nacional y desciende cuando se reduce su participación.

IV. AGOTAMIENTO DE RECURSOS
Si la presente actividad económica agota la base de recursos físicos disponible para el futuro, entonces realmente no está creando bienestar, sino que está cogiéndolo prestado de las generaciones futuras. El PIB cuenta ese préstamo como una renta actual, mientras que el IPR considera el agotamiento o la degradación de los humedales, las tierras de labranza y los minerales no renovables (incluyendo el petróleo) como un coste actual.

V. CONTAMINACIÓN
A menudo, el PIB considera la contaminación como una doble ganancia; una vez cuando se crea y otra cuando se limpia. En cambio, el IPR resta los costes de la contaminación del aire y del agua midiéndolos como daños reales para la salud y para el medioambiente.

VI. DAÑOS MEDIOAMENTIENTALES A LARGO PLAZO
El cambio climático y la gestión de los residuos nucleares son dos costes a largo plazo provocados por el uso de combustibles fósiles y la energía atómica. Estos costes no aparecen habitualmente en los cálculos económicos. Lo mismo puede decirse del agotamiento del ozono de la estratosfera causado por la utilización de clorofluorocarbonos. Por este motivo, el IPR trata como costes el consumo de determinadas formas de energía y de químicos dañinos para la capa de ozono.

VII. CAMBIOS EN EL TIEMPO DE OCIO
Al aumentar la riqueza de una nación, sus ciudadanos deberían tener una mayor libertad para elegir entre trabajar más o disponer de más tiempo libre para dedicarlos a su familia u otras actividades. Sin embargo, en los últimos años está ocurriendo justo lo contrario. El PIB ignora esta pérdida de tiempo libre, mientras que el IPR lo considera del mismo modo que la mayoría de la gente: como algo de valor. Cuando aumenta el tiempo libre, el IPR sube; cuando los ciudadanos tienen menos tiempo de ocio, el IPR baja.

VIII. GASTOS DEFENSIVOS
El PIB cuenta como adiciones al bienestar el dinero que los ciudadanos se gastan únicamente en prevenir la merma de su calidad de vida o para compensar desgracias de varios tipos, como por ejemplo las facturas médicas o las derivadas de accidentes de circulación, los costes de desplazarse al trabajo y los gastos del hogar en instrumentos de control de la contaminación tales como los filtros para el agua.
El IPR cuenta esos gastos “defensivos” de la misma manera que la mayoría de la gente: como costes y no como beneficios.

IX. PERÍODO DE VIDA DE LOS BIENES DE CONSUMO DURADEROS E INFRAESTRUCTURAS PÚBLICAS
El PIB confunde el valor proporcionado por las compras más importantes de los consumidores (electrodomésticos, por ejemplo) con la cantidad que pagan por ellas. Este proceder oculta la pérdida de bienestar que se produce cuando los productos están diseñados para tener una corta vida útil. Para superar esto, el IPR considera el dinero gastado en bienes de equipo como un coste, y el valor del servicio que proporcionan año tras año como un beneficio. Esto es aplicable tanto a los bienes de equipo privados como a las infraestructuras públicas, tales como las carreteras.

X. DEPENDENCIA DE RECURSOS EXTRANJEROS
Si una nación permite que disminuya su capital, o si financia su consumo a través de préstamos, quiere decir que está viviendo por encima de sus posibilidades. El IPR contabiliza las sumas netas al capital como contribuciones al bienestar, y considera el dinero prestado del exterior como reducciones. Si el dinero prestado se utiliza como inversión, entonces los efectos negativos se contrarrestan. Sin embargo, si el dinero prestado se utiliza para financiar el consumo, el IPR disminuye.


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