viernes, 29 de abril de 2011

Burgos 2016: Solo cuando me molestan a mí



Leo con desdén y decepción en el Diario Gente del 29 de abril que el Ayuntamiento de Burgos ha realizado un llamamiento al vecindario para que denuncien los casos de vandalismo de los que puedan ser testigos llamando a los teléfonos 112 o 010. La razón de este llamamiento es el intento de identificar al autor de un intento de incendio de las puertas de acceso a la Casa Consistorial perpetrado en la madrugada del día 19.
Es irónico que soliciten a los ciudadanos que hagamos uso de dichos teléfonos, cuando es evidente que, en casos de vandalismo, ruidos, estacionamientos indebidos y demás, dicha llamada es del todo inútil: la Policía Local y demás autoridades sólo tomarán cartas en el asunto si se trata de una cuestión de su interés (y, si lo es, ya habrán entrado en acción antes de realizarse la llamada), haciendo oídos sordos a cualquier vecino que ose molestarles con cualquier otro problema.
Sin ir más lejos, en la tarde del jueves, 17 de marzo, y durante la madrugada del viernes posterior, varias personas realizaron llamadas al 112 para alertar de la fiesta que se estaba celebrando en el “botellódromo” (antiguo parque) de El Parral, así como de los actos vandálicos (contenedores volcados, hogueras, destrucción de mobiliario urbano, acumulación de basura pese a la cercanía de numerosos contenedores y papeleras, contaminación acústica, etc.) que se estaban produciendo. Sin embargo, escasas patrullas de policía fueron enviadas a la zona y, las que acudieron, se limitaron a actuar casi exclusivamente de “observadores” en las inmediaciones, centrándose en los controles de alcoholemia y poco más (según comentaba un lector en la edición digital del Diario de Burgos: «La Policía Local estaba metidita en el coche mientras en los bajos del aparcamiento del complejo de atletismo muchos estaban haciendo botellón y descojonándose de ellos a su cara.») No es de extrañar que las instalaciones de San Amaro, aún en obras pese a que en su comienzo se aseguró que estarían terminadas para el mes de marzo (el que dude de esta afirmación que tire de hemeroteca), amanecieran con un aspecto «desolador» (Bienvenido Nieto dixit), con destrozos por doquier, incluyendo varias barrabasadas dentro del propio recinto de la obra, que se vio aún más retrasada de lo que ya estaba. Se conoce que estas instalaciones no estaban incluidas en la frenética lista de inauguraciones pre-electorales.

martes, 19 de abril de 2011

Mi primer maratón



El pasado domingo tuve la oportunidad de participar en mi primer maratón (de asfalto, puesto que ya había participado el año pasado en otro de montaña, la veterana Galarleiz con su mítico Martintxu), en este caso en el de Madrid, y mucha gente me había comentado que en el mundillo de los atletas se acostumbra a escribir una breve crónica con motivo del estreno en los 42.195 metros.


Así que aquí está la mía. Conociéndome, no creo que sea breve, así que voy a comenzar por lo que muchos suelen mencionar al final pero que yo considero lo más importante: los agradecimientos (además, no quisiera olvidarme de nadie, aunque probablemente suceda, por lo que pido mil perdones de antemano). Nunca habría podido emprender esta locura si no fuera por el apoyo de Vero, que no sólo me anima y me acompaña a todo tipo de carreras a lo largo y ancho del orbe, sino que asiste con toda la paciencia del mundo a mis extravagantes horarios, constantes entrenamientos, continuas lesiones y demás peplas que conlleva compartir tu vida con un aficionado al atletismo. También fueron imprescindibles Santi y Almudena, que dedicaron su mañana del sábado a pasar un rato con nosotros, llevarnos al Taj para que fuera haciendo la consabida recarga de carbohidratos y darme todos los ánimos del mundo; Berta, David y Fernando, que nos abrieron las puertas de sus casas y nos ofrecieron todas las comodidades para que llegara a la línea de salida (que no la de llegada) en las mejores condiciones posibles; mis padres y mi abuela, que prepararon una estupenda merienda la víspera para que siguiera acumulando combustible, y una riquísima comida después de la carrera para recuperar fuerzas; mi primo Eduardo, que finalmente no pudo acompañarme pero tuvo el detallazo de llamarme el sábado por la tarde para darme un poco más de aliento, amén de valiosísima información sobre la prueba y los mejores consejos de un veterano; Dani, mi fiel escudero en innumerables entrenamientos y carreras por los picos más escarpados y las montañas más inaccesibles; Diana, que se acercó con Vero a la llegada para darme los últimos ánimos y felicitarme por el gran logro, aunque finalmente no pudimos vernos; mi compañero Luis, futuro entrenador nacional de atletismo, y excelente asesor y preparador en los últimos meses de esta aventura; y, por último, si bien no menos importante, mi querido abuelo Paye, a quien iba dedicada esta carrera y a quien echo muchísimo de menos.


Pues, como dice la canción, “en la salida me planté y en primera fila me colé”; el caso es que, raro en mí, llegué al Paseo de Recoletos con bastante antelación, pero cuando estaba buscando un sitio donde calentar y estirar un poquito, empecé a oír por los altavoces la enojada voz de uno de los organizadores que conminaba a todos los corredores a acercarse «ya» a la línea de salida. Si lo que se proponía era ponernos nerviosos, conmigo lo consiguió, con lo que ni corto ni perezoso me dirigí hacia el primer hueco que pude divisar entre las vallas y me coloqué escasos metros por detrás de, en vez de “mucha niña mona pero ninguna sola”, los keniatas, etíopes y demás élite del ramo. Cuarenta y dos kilómetros por delante, una de las maratones más duras del circuito, famosa por sus desniveles, y el nene sin calentar, ¡pa’ qué! Eso sí, metido en el mogollón, entre los efluvios de vaselina, protectores solares, pulverizadores de antiinflamatorios y demás, se estaba bien calentito. Aunque no tardó en llegar quien yo denomino “mi amigo el del puñito”, y es que no hay carrera en la que, desde minutos antes de darse el pistoletazo de salida, no se me coloque detrás algún latoso y empiece a trabajarme la espalda con el puño para hacerse sitio e irme avisando de que me adelantará raudo y veloz en cuanto comience la contienda y no volveré a verle de frente hasta que esté subido al podio.


De este modo, el comienzo de la carrera fue de lo más plácido y cómodo posible, casi sin empujones ni tropezones pese a que mi respeto hacia la distancia y el opíparo desayuno que me había metido entre pecho y espalda tres horas antes me condenaron a un ritmo cansino hasta la llegada a la Plaza de Castilla, cuando me di cuenta de que, aun habiendo disfrutado siempre de los paseos matutinos, en este caso se imponía un trote ligeramente más vigoroso, más que nada por aquello de llegar a comer a una hora decente. Así que, aprovechando que terminaba la cuesta arriba y la pendiente se volvía más favorable, fijé mi vista en los globitos que rezaban 3h45’ y aumenté mi ritmo, dispuesto a ponerme a la par en pocos kilómetros.


Ya se empezaba a ver cada vez más gente animando y llegaba el kilómetro diez (48 minutos) con el segundo avituallamiento de la carrera, el primero con bebidas isotónicas; éstas se servían en unos vasos de plástico enormes, tipo sidra, que si bien podían doblarse para poder beber de manera algo más cómoda, no fue suficiente para que parte del primer trago no acabara metiéndoseme por los ojos y la nariz, manchándome las gafas de sol y la camiseta y dejándome las manos pegajosas para el resto del trayecto. También me iba acercando al, para mí, punto más importante de la carrera, el cruce de la Avenida de Filipinas con la Calle Guzmán el Bueno; como en la película, aunque con consecuencias menos graves, en este caso yo también cometí dos errores: primero, pensaba que el recorrido transcurría por todo Guzmán “the good man” y que por tanto pasaba delante de la casa de mis abuelos, y segundo, pensaba que este punto se encontraba más o menos a mitad de carrera, por lo que había dicho a mis padres y a mi abuela que pasaría por debajo de su ventana sobre las once menos cuarto, cuando según la organización el ritmo previsto de paso por dicho cruce a mi ritmo deseado eran las diez y diez. Así, imposible que me vieran pasar aunque se lo hubieran propuesto; además, el menda, más chulo que un ocho, pasó por allí a las diez y ocho (un pareado lamentable, soy consciente, pero fue lo segundo que me vino a la cabeza al pasar por allí, después de acordarme de mi abuelo, y en el momento me hizo gracia).


Lo tercero que me vino a la cabeza en ese momento fueron las recomendaciones de mi primo Eduardo sobre el ritmo más apropiado para un principiante en el maratón, y comencé a pensar «vas muy rápido y la vas a cagar, vas muy rápido y la vas a cagar…» Pero la ruta seguía cuesta abajo, y encima no tardamos en pasar por el “puritito” centro de la capi (Fuencarral, Gran Vía, Callao, Preciados, Sol, Mayor) y las calles estaban abarrotadas de entusiastas del atletismo que nos jaleaban apasionados y nos aseguraban que los verdaderos héroes éramos nosotros, no los multimillonarios de la noche anterior en el Santiago Bernabéu. Mis compañeros corredores no podían evitarlo y, envalentonados por los ánimos del público, me pasaban como balas a babor y a estribor. Yo seguía con mi mantra de «vas muy rápido y la vas a cagar», así que como para intentar seguirles el ritmo a esos insensatos.


En estas llegamos a la media maratón (1h39’) y ya hacía un rato que había dejado atrás a los globos que indicaban 3h30’, pasamos la Calle Bailén por el túnel (debido a la procesión del Domingo de Ramos) y el señor optimista se acordó del amigo Josef Ajram y se dijo «bueno, de ahora en adelante ya no sumamos, sino que restamos». De todos modos, la letanía de la pasión del maratoniano bisoño me seguía retumbando en la cocorota y pude contener mis aceleradores impulsos.


A estas alturas, según los consejos de Eduardo, debería estar tomando algún tipo de gel o ampolla de glucosa. Sin embargo, en mi línea de llevar la contraria a la voz de la experiencia, no había llevado nada por el estilo. Sí que llevaba una pequeña bolsa con unos pocos orejones, fieles compañeros en otras ocasiones subiendo las eternas cuestas de Sanabria o de San Millán. Pero en este caso también decidí abstenerme y limitarme a, en lugar de desechar las botellas de agua de los avituallamientos tras un par de tragos, llevármelas conmigo hasta que llegara el siguiente para ir abasteciéndome poco a poco y no quedarme “seco” en ningún momento. Es decir, que finalmente hice el maratón “a pelo”, como el legendario Filípides.


Sí que tengo que confesar que al cruzar la Casa de Campo tuve una tentación. Al final de una de las muchas e interminables rectas por las que discurre la carrera atravesando este parque, vi cómo una persona alargaba su brazo, ofreciendo un plátano. «¡Anda, si yo pensaba que no había avituallamientos sólidos!» Pensé. «Bueno, unos mordisquitos de plátano no me vendrán mal». Solo era un espejismo y, al acercarme un poco más, pude darme cuenta de que no se trataba de un avituallamiento “general”, sino más bien “individual”; es decir, que constaba sólo de una señora, y que el plátano no era para quien lo quisiera, sino para algún afortunado en particular al que estaba esperando. No lo entendió de la misma manera uno de los participantes que iba a mi altura en ese mismo momento, quien ni corto ni perezoso agarró “la fruta prohibida” y la pobre mujer tuvo que salir corriendo detrás de él para recuperarla antes de que “el maratoniano chorizo” la engullera sin ningún remordimiento.


Y si la señora bananera pudo alcanzar a mi circunstancial compañero de fatigas fue porque para estas alturas ya nos encontrábamos en el tan temido kilómetro treinta. Muchas veces me habían hablado otros veteranos maratonianos de “los caretos del kilómetro treinta”, refiriéndose a ese límite al que se llega tarde o temprano y en el cual el corredor sufre una suerte de transfiguración debida a la fatiga, los dolores de todo tipo, la deshidratación, el calor, etc. No obstante, puedo decir que en esta ocasión tuve la suerte de que por el momento mi semblante seguía siendo el mismo de siempre, normalito pero resultón, aunque con barba de un par de días.



En el párrafo anterior están las palabras “tarde o temprano”, y es que a todo cerdo le llega su San Martín. Y a mí me llegó alrededor del kilómetro 37, cuando ya sabía que el recorrido no me iba a dar ninguna tregua porque todo lo que quedaba era cuesta arriba. A estas alturas ya no sabía si era un cerdo o una gallina, ya no me enteraba ni de la música que sonaba por los auriculares, veía cómo muchos se retiraban, el SAMUR atendía las lipotimias de otros en los laterales, la más mínima cuesta, ya fuera hacia arriba o hacia abajo, se convertía en las montañas del Himalaya, y el más leve bordillo hacía temer un desastroso tropiezo. En fin, el Apocalipsis. La monserga anterior de «vas muy rápido y la vas a cagar» había sido sustituida por la famosa frase de Buda «El dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional», utilizada también por Haruki Murakami en su libro De qué Hablo Cuando Hablo de Correr.


A estas alturas cada zancada era un mundo, pero la cantidad de gente alentando y aplaudiendo a los corredores era increíble. Completos desconocidos me miraban a los ojos y me decían que ya estaba, que ya había llegado, que ya lo había conseguido. Yo les devolvía la mirada y no entendía nada, todo parecía un sueño, no porque me fuera a desmayar, ya que todavía me encontraba bastante bien y no hacía demasiado calor, sino porque el intenso dolor de las piernas actuaba casi como un potente lisérgico y, si no fuera porque el recorrido estaba delimitado y al final te paraban para darte la medalla, habría seguido corriendo hasta caerme redondo.

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La entrada al Parque del Buen Retiro es espectacular; ya daba igual la música que llevara porque las charangas, los altavoces y los gritos de la gente se superponían y la dejaban en un segundo plano. El arco de la meta llevaba un reloj incorporado que marcaba un tiempo de 3:22:56, pero yo no me lo creía; no obstante, mi cronómetro decía más o menos lo mismo (un poco mejorado debido al tiempo transcurrido entre el pistoletazo de salida y mi paso real por ésta): 3:22:32. «Vale, chaval, te puedes retirar tranquilo. No sólo te estrenas en Madrid, sino que terminas y, por si no fuera suficiente, haces un tiempo que no te lo crees». Y es que en esos momentos, deambulando hacia la estación de Atocha, buscando a Vero y a Diana a diestra y siniestra, sin fuerzas, literalmente, ni para abrir la botella de bebida isotónica (pensaba que las piernas me dolían, pero cuando de verdad conocí el dolor fue cuando bajé los antebrazos después de llevarlos levantados casi tres horas y media), estaba completamente decidido a no volver a calzarme unas zapatillas en mi puñetera vida.


Pero, como buen deportista, hoy ya estoy pensando en la siguiente. Además, puedo estar agradecido. 42 kilómetros de sube y baja y ningún percance: ni ampollas, ni rozaduras, ni pájara, ni calambres, ni alergia, ni asma. Sólo una inacabable vuelta a casa en Metro («¡Maldita sea!» Pensaba. «¡Menos de tres horas y media para correr el maratón y luego tardo más de una hora en llegar a la ducha!»). Bueno, ahora que hablo del Metro puedo decir que anteriormente no he sido totalmente sincero: he dicho que no sufrí ningún percance, pero al llegar a la estación de destino (tengo que decir que me levanté en la anterior para que no me pasara como a Barney “Cómo Conocí a Vuestra Madre” Stinson después de correr el Maratón de Nueva York) un carterista casi nos tira al suelo a una señora y a mí al intentar robarle el bolso por el método del tirón, cosa que afortunadamente no consiguió. «Bueno, si se lo hubiera conseguido llevar habrías salido detrás de él para recuperarlo, tú que estás hecho un deportista, ¿verdad?», dijo la muy ilusa antes de despedirnos.

lunes, 11 de abril de 2011

Un ejemplo de sabiduría


Cuentan que un viajero fue a visitar a un sabio maestro. Su humilde morada se encontraba prácticamente vacía, solamente tenía una cama, un cuenco para la comida y poco más. El visitante observó sorprendido esa austeridad y le preguntó: «¿Cómo es que vive con tan poco?» A lo cual el sabio respondió: «Tú también vas con una mochila muy pequeña». Ante estas palabras, el viajero alegó: «Pero es que yo solo estoy de paso, estoy viajando», a lo cual el maestro añadió: «Yo también».