viernes, 16 de diciembre de 2011

El alquimista paciente


La ciudad-estado de Venecia había sido próspera durante tanto tiempo que sus ciudadanos estaban convencidos de que su pequeña república tenía la suerte de su lado. Durante la Edad Media y el Renacimiento, su casi total monopolio sobre el comercio con Oriente la convirtió en la ciudad más rica de Europa. 


Bajo un beneficioso gobierno republicano, los venecianos disfrutaban de unas libertades que pocos italianos habían conocido anteriormente. Sin embargo, su fortuna cambió repentinamente en el siglo XVI. El descubrimiento del Nuevo Mundo transfirió el poder hacia la Europa atlántica: a los españoles y los portugueses, y más tarde a los holandeses y los ingleses. Venecia no podía competir económicamente y su imperio menguaba paulatinamente. El golpe final fue la devastadora pérdida de una preciada posesión mediterránea: la isla de Chipre, conquistada a Venecia por los Turcos en 1570.


Entonces las familias nobles de Venecia se arruinaron y los bancos comenzaron a venirse abajo. Los ciudadanos fueron presa de la melancolía y el abatimiento. Habían conocido un pasado fastuoso, bien por haberlo vivido, bien por haber escuchado historias sobre ello de sus mayores. La cercanía de los años de gloria lo hacía aún más humillante. En parte, los venecianos creían que la diosa Fortuna solo les estaba gastando una broma y que los buenos tiempos pronto volverían. Sin embargo, ¿qué podían hacer por el momento? 


En 1589 comenzó a extenderse por todo Venecia el rumor de la próxima llegada de un hombre misterioso llamado “Il Bragadino”, un maestro de la alquimia, un hombre que había conseguido increíbles riquezas merced a su habilidad, según se decía, de multiplicar el oro por medio del uso de una sustancia secreta. El rumor se extendía rápidamente, ya que unos años antes un noble veneciano de paso por Polonia había escuchado a un sabio profetizar que Venecia recuperaría sus pasados gloria y poder si pudiera encontrar un hombre que conociera el arte alquímico de la fabricación del oro. De este modo, mientras llegaban a Venecia las noticias sobre la cantidad de oro que tenía Bragadino (siempre estaba entrechocando monedas de oro en sus manos y su palacio estaba repleto de objetos dorados), algunos comenzaron a soñar: gracias a él, la ciudad prosperaría de nuevo. 


Por lo tanto, los miembros de las familias nobles más importantes de Venecia se dirigieron juntos a Brescia, donde vivía Bragadino. Recorrieron su palacio y observaron sobrecogidos la demostración de sus habilidades de producción de oro, simplemente con un pellizco de minerales aparentemente sin ningún valor y transformándolo en varias onzas de oro en polvo. Cuando el senado veneciano se disponía a debatir la idea de cursar una invitación a Bragadino para que se instalara en Venecia a cuenta de la ciudad, de pronto se corrió la voz de que competían con el Duque de Mantua por sus servicios. Llegó a sus oídos el relato de una espléndida fiesta en honor del duque en el palacio de Bragadino, destacando las ropas con botones dorados, relojes de oro, platos de oro y así sucesivamente. Preocupados por la posibilidad de perder a Bragadino frente a Mantua, el senado votó casi con unanimidad a favor de invitarle a Venecia y prometerle el montón de dinero que necesitaría para continuar viviendo con los mismos lujos; pero solo si se mudaba inmediatamente. 


Más adelante durante ese mismo año, el misterioso Bragadino llegó a Venecia. Sus penetrantes ojos negros bajo sus pobladas cejas y los dos enormes mastines negros que le acompañaban a donde fuera le convertían en una figura imponente e impresionante. Fijó su residencia en un suntuoso palacio en la isla de La Giudecca; la república financiaba sus banquetes, su costoso vestuario y todos sus caprichos. Una especie de fiebre por la alquimia se extendió por toda Venecia. En cada esquina, los vendedores ambulantes ofrecían carbón, alambiques, fuelles y manuales sobre la materia. Todo el mundo comenzó a practicar la alquimia; todos menos Bragadino. 



El alquimista parecía no tener ninguna prisa por comenzar a fabricar el oro que salvaría a Venecia de la ruina. Por extraño que parezca, esto no hacía sino aumentar su popularidad y sus seguidores; gente de toda Europa, e incluso Asia, se agolpaba para conocer a este hombre extraordinario. Pasaron los meses, con presentes que le llegaban a Bragadino a raudales de todas partes. Pero todavía no daba señales del milagro que los venecianos confiaban que hiciera. Al final, los ciudadanos comenzaron a impacientarse, preguntándose si tendrían que esperar toda la vida. Al principio los senadores les advirtieron de que no le metieran prisa: era un diablillo caprichoso al que había que convencer con zalamerías. Sin embargo, finalmente también la nobleza comenzó a especular y el senado se vio presionado a demostrar la rentabilidad de la enorme inversión de la ciudad. 


Bragadino solo tenía desdén para los escépticos, pero les dio una respuesta. Según les dijo, ya había depositado en la casa de la moneda de la ciudad la misteriosa sustancia con la que multiplicaba el oro. Podía utilizarse toda de una vez y producir el doble de oro pero, cuanto más lento fuera el proceso, mayor sería el rendimiento. Manteniéndolo durante siete años sellado en un cofre, la sustancia multiplicaría por treinta el oro de la casa de la moneda. 


La mayoría de los senadores estuvieron de acuerdo en recoger la mina de oro que prometía Bragadino. Otros, sin embargo, estaban furiosos: ¡siete años más con este individuo viviendo espléndidamente a expensas del dinero público! Y muchos de los ciudadanos de Venecia se hacían eco de esos sentimientos. Finalmente, los enemigos del alquimista exigieron que hiciera una demostración de sus habilidades: una cantidad considerable de oro, y pronto. 


Altivo, aparentemente leal a su arte, Bragadino respondió que Venecia, con su impaciencia, le había traicionado, por lo que deberían prescindir de sus servicios. 


Dejó la ciudad, pasando antes por la cercana Padua y después, en 1590, por Munich, invitado por el Duque de Baviera quien, como la ciudad de Venecia, había conocido grandes riquezas pero había caído en la bancarrota a causa de su despilfarro, por lo que esperaba recuperar su fortuna merced a los servicios del famoso alquimista. 


De este modo, Bragadino reanudó el acomodado convenio que había conocido en Venecia, repitiendo una vez más la misma pauta. 


Interpretación. El joven chipriota Mamugna había vivido varios años en Venecia antes de reencarnase a sí mismo como Bragadino el alquimista. Había visto cómo la melancolía había cuajado en la ciudad, cómo todos tenían fe en la salvación a través de alguna fuente indefinida. Mientras que otros charlatanes dominaban los timos cotidianos basados en su habilidad con las manos, Mamugna se especializó en la naturaleza humana. Con Venecia como su objetivo desde el principio, viajó al extranjero, ganó algo de dinero por medio de sus estafas alquímicas y después volvió a Italia, abriendo su negocio en Brescia. 


Allí fue donde se forjó una reputación de la que estaba seguro que se extendería hasta Venecia. De hecho, la distancia haría que su aura de poder fuera aún más impresionante. 


Al principio, Mamugna no hacía uso de vulgares demostraciones para convencer a la gente de sus habilidades alquímicas. Su suntuoso palacio, sus opulentas ropas y el tintineo del oro en sus manos eran suficientes para proporcionar argumentos superiores a cualquier razonamiento. Y así se establecía el círculo vicioso: su evidente riqueza confirmaba su reputación como alquimista, con lo que recibía más dinero de mecenas como el Duque de Mantua, lo cual le permitía vivir rodeado de riquezas, reforzando su reputación de alquimista, y así sucesivamente. Una vez establecida su reputación, con los duques y senadores rifándose sus servicios, era cuando recurría a la trivial necesidad de una demostración. Para entonces, sin embargo, la gente se había vuelto más crédula: necesitaban creer. Los senadores venecianos que le vieron multiplicar el oro tenían tal necesidad de creer que no advirtieron el tubo de cristal escondido en su manga, a través del cual dejaba caer oro en polvo encima de sus pellizcos de mineral. Brillante y caprichoso, era el alquimista de sus fantasías; una vez creada tal aura, nadie se daba cuenta de sus más simples engaños. 


Tal es el poder de las fantasías que tenemos arraigadas, sobre todo en épocas de escasez y decadencia. Las personas casi nunca son conscientes de que sus problemas surgen de sus propios errores y estupideces. Siempre hay alguien o algo ahí fuera a quien echar la culpa: los otros, el mundo, Dios; de este modo, la salvación debe venir también de fuera. Si Bragadino hubiera llegado a Venecia provisto de un análisis detallado sobre las razones subyacentes en el declive económico de la ciudad, así como de las duras medidas que podría adoptar para mejorar las cosas, habría sido recibido con desdén. La realidad era demasiado desagradable y la solución demasiado dolorosa: en su mayor parte el tipo de trabajo que los antepasados de los ciudadanos habían realizado para crear un imperio. Por otro lado, la fantasia (en este caso la romántica alquimia) era fácil de entender e infinitamente más apetecible. 


Si quieres acaparar poder, debes convertirte en una fuente de placer para todos los que te rodean; y el placer proviene de las fantasías de la gente. Nunca prometas mejoras graduales por medio del trabajo duro; es mejor que prometas la luna, una transformación grande y repentina, el cofre del tesoro. 


Las claves del poder. La fantasía no puede funcionar por sí sola. Necesita el telón de fondo de la rutina y de lo mundano. Es en la tiranía de la realidad donde la fantasía enraíza y florece. En la Venecia del siglo XVI, la realidad consistía en el declive y la pérdida de prestigio. La fantasía correspondiente describía una pronta recuperación de las glorias pasadas por medio del milagro de la alquimia. Mientras la realidad no hacía sino empeorar, los venecianos vivían en un feliz mundo de ensueño en el que su ciudad recuperaba su fabulosa riqueza y poder de la noche a la mañana, transformando el polvo en oro. 


Quienquiera que sea capaz de sacarse de la manga una fantasía a partir de una realidad agobiante tendrá acceso a un poder incalculable.

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