lunes, 17 de diciembre de 2012

Hiroshima: matanza innecesaria, terror útil (William Blum)


Mientras Japón intentaba rendirse desesperadamente, los EE. UU., sabiendo que se podría poner fin a la guerra sin una invasión terrestre, lanzaron dos bombas atómicas: fue el pistoletazo de salida de la Guerra Fría.


¿Ganar la II Guerra Mundial y la Guerra Fría implica no tener que disculparse nunca? Los alemanes se disculparon con los judíos y con los polacos. Los japoneses se disculparon con los chinos y con los coreanos, además de con los Estados Unidos por no lograr establecer relaciones diplomáticas antes de atacar Pearl Harbor. Los rusos se disculparon con los polacos por las atrocidades cometidas contra la población civil, así como con los japoneses por los abusos contra los prisioneros. Incluso el Partido Comunista soviético se disculpó por sus errores en política exterior, que aumentaron la tensión con Occidente.


¿Hay alguna razón para que los EE. UU. pidan disculpas a Japón por pulverizar Hiroshima y Nagasaki? Ambos lados opuestos de esta cuestión se alinean en formación de combate cada aniversario de los lanzamientos de las bombas atómicas, que tuvieron lugar el 6 y 9 de agosto de 1945. La exhibición del Enola Gay en el Instituto Smithsonian con motivo del quincuagésimo aniversario generó en su día una cruda controversia que consiguió enfurecer a los veteranos de los EE. UU., quienes condenaron que se hiciera hincapié sobre las horrorosas muertes causadas por la bomba y sobre los persistentes efectos secundarios de la radiación, y se sintieron ofendidos por la descripción de los civiles japoneses como víctimas inocentes. Un grupo de las fuerzas aéreas afirmó que los veteranos se habían sentido atacados.


La controversia también se vio reavivada en Japón. Los alcaldes de las dos ciudades japonesas en cuestión denunciaron las grandes diferencias entre los puntos de vista de ambos países. Hitoshi Motoshima, alcalde de Nagasaki, superando el rechazo a ofender propio de su Cultura, se refirió a los bombardeos como uno de los dos grandes crímenes contra humanidad del siglo XX junto con el Holocausto.


Los defensores de la operación estadounidense argumentan que en realidad la bomba salvó vidas: en su opinión, hizo que la guerra terminara antes y evitó la necesidad de una invasión por tierra. Sin embargo, las estimaciones de un hipotético número de bajas, que oscilan entre 20.000 y 1,2 millones, se deben más a los programas políticos que a extrapolaciones objetivas.


En cualquier caso, definir la cuestión como una elección entre la bomba atómica y una invasión por tierra es una dicotomía irrelevante y totalmente falsa. Para el año 1945, toda la maquinaria militar e industrial de Japón se estaba paralizando al agotarse por completo los recursos necesarios para hacer la guerra. La armada y la fuerza aérea habían quedado destruidas barco por barco, avión por avión, sin posibilidad de reemplazo. En la primavera de 1945, cuando se cortó el suministro de petróleo a la isla, la guerra había terminado. Para el mes de junio, el general Curtis LeMay, encargado de los ataques aéreos, se quejaba de que, tras meses de terribles bombardeos, en las ciudades japonesas no quedaba ningún objetivo para sus bombarderos salvo por los cubos de la basura. Para el mes de julio, los aviones estadounidenses podían volar sobre Japón sin resistencia alguna y bombardear todo lo que quisieran durante el tiempo que desearan. Japón ya no podía defenderse.


PROPUESTAS RECHAZADAS.
Después de la guerra, el mundo se enteró de lo que los dirigentes estadounidenses ya sabían a comienzos de 1945: Japón había sido derrotado militarmente mucho antes de Hiroshima; llevaba meses, si no años, intentando rendirse; y los EE. UU. habían rechazado sistemáticamente sus propuestas. Un telegrama del 5 de mayo, interceptado y descifrado por los EE. UU., disipó cualquier posible duda de que los japoneses estaban deseosos de firmar la paz. Enviado a Berlín por el embajador alemán en Tokio, después de hablar con un oficial de grado superior de la armada japonesa, decía lo siguiente: «Dado que es evidente que la situación es desesperada, hay grandes sectores de las fuerzas armadas japonesas que no verían con malos ojos una solicitud de rendición por parte de los EE. UU., incluso si las condiciones fueran penosas.»


Que se sepa, Washington no hizo nada para aprovechar esta oportunidad. Posteriormente en ese mismo mes, el Ministro de Defensa Henry L. Stimson, de manera caprichosa, desechó tres recomendaciones diferentes para activar las negociaciones de paz, todas ellas de alto nivel y desde dentro de la Administración. Las propuestas abogaban por indicar a Japón que los EE. UU. estaban dispuestos a considerar la indispensable permanencia del sistema imperial, es decir, que no insistirían en una rendición incondicional.


A Stimson, como a otros altos dirigentes de los EE. UU., en principio realmente no le importaba si se mantenía o no al emperador. El término «rendición incondicional» fue siempre una medida propagandística: las guerras siempre terminan con algún tipo de condición. Hasta cierto punto, la insistencia era un factor interno con el objeto de que no pareciera que se apaciguaba a los japoneses. Sin embargo, lo más importante es que reflejó el deseo de que los japoneses no se rindieran antes de que la bomba pudiera ser utilizada. Stimson, una de las pocas personas que habían estado al tanto del proyecto Manhattan desde el principio, había llegado a considerarla su bomba, «mi secreto», tal como la llamaba en su diario. El 6 de junio, confesó al presidente Truman sus temores de que las fuerzas armadas pudieran haber dañado Japón tan seriamente antes de que las bombas atómicas estuvieran listas para lanzarse, que la nueva arma no tendría el escenario correcto para demostrar su fuerza. En sus últimos recuerdos, Stimson reconoció que no se hizo esfuerzo alguno para conseguir la rendición y no tener que utilizar la bomba; ni siquiera llegó a considerarse seriamente.


Un esfuerzo que habría sido muy pequeño. En julio, antes de que los dirigentes de los EE. UU., Gran Bretaña y la Unión Soviética se reunieran en Potsdam, el gobierno japonés envió varios mensajes de radio a su embajador en Moscú, Naotake Sato, pidiéndole que solicitara la ayuda soviética en la mediación de un acuerdo de paz. «Su majestad está deseosa de poner fin a la guerra tan pronto como sea posible», rezaba uno de los comunicados. Sin embargo, en caso de que los Estados Unidos y Gran Bretaña insistieran en la rendición incondicional, Japón se vería obligado a luchar hasta el final.


El 25 de julio, durante la reunión de Potsdam, Japón dio instrucciones a Sato para que siguiera reuniéndose con el Ministro ruso de Asuntos Exteriores, Molotov, con el objetivo de impresionar a los rusos con la sinceridad de su deseo de poner fin a la guerra y de hacerles entender que estaban intentando terminar con las hostilidades pidiendo unos términos muy razonables con el objetivo de asegurar y mantener su existencia y su honor nacionales (una referencia al mantenimiento del emperador).


Al haber descifrado el código de los japoneses años antes, en Washington no tuvieron que esperar a ser informados por los soviéticos sobre estas propuestas de paz: lo supieron de inmediato y no hicieron nada. De hecho, los archivos nacionales en Washington contienen documentos del gobierno de los EE. UU. que detallan similares propuestas de paz fallidas ya en el año 1943.


De ese modo, el presidente Truman y su intransigente Ministro de Asuntos Exteriores, James Byrnes, incluyeron el término «rendición incondicional» en la Declaración de Potsdam del 26 de julio con pleno conocimiento de que Japón estaba intentando desesperadamente poner fin a la guerra. En cualquier caso, esta última advertencia, así como la expresión de los términos de la rendición de Japón, no eran sino una farsa. El día antes de su publicación, Harry Truman ya había aprobado la orden de lanzar una bomba atómica de 15 kilotones sobre la ciudad de Hiroshima.


BOMBARDEO POLÍTICO.
A muchos oficiales del ejército de los EE. UU. no les entusiasmaba en absoluto la exigencia de rendición incondicional bajo la amenaza de utilizar la bomba atómica. Mientras se celebraba la Conferencia de Potsdam, el general Hap Arnold declaró que la guerra podría acabarse con el empleo de bombardeos convencionales. El almirante Ernest King opinaba que simplemente con un bloqueo naval se privaría de comida a los japoneses hasta su rendición. El general Douglas MacArthur, convencido que mantener al emperador era vital para conseguir una transición ordenada a la paz, estaba horrorizado con la exigencia de rendición incondicional. El almirante William Leahy estaba de acuerdo. Sostenía que la negativa a mantener al emperador provocaría la desesperación en los japoneses, con lo que aumentaría la lista de heridos. Y añadió que Japón, prácticamente derrotado, seguramente dejaría las armas si se abandonara la exigencia de una rendición incondicional. Al quedarse sin una explicación militar plausible que justificara el uso de la bomba, Leahy se apoyó en la creencia de que la decisión era claramente política, alcanzada tal vez debido a las enormes sumas que se habían estado gastado en el proyecto. Por último, tenemos al general Dwight Eisenhower y su relato de una conversación con Stimson, durante la cual le dijo lo siguiente al Ministro de Defensa:


«Japón ya ha sido derrotado, y lanzar la bomba es completamente innecesario. Nuestro país debe evitar escandalizar a la opinión pública mundial mediante la utilización de un arma cuyo uso, en mi opinión, ya no es una medida forzosa para salvar vidas estadounidenses. Es mi firme creencia que Japón, en este mismo momento, busca alguna manera de rendirse con un mínimo de dignidad. Mi actitud preocupó sobremanera al Ministro, quien rebatió airadamente las razones que aporté para apoyar mis conclusiones.»


DIPLOMÁTICOS DE GATILLO FÁCIL.
Si, como parece evidente, la política de los EE. UU. en 1945 no estaba basada ni en la búsqueda de la paz más pronta posible ni en el deseo de evitar una invasión por tierra, habrá que buscar por otro lado la explicación del lanzamiento de las bombas atómicas.


Se ha venido afirmando que el lanzamiento de las bombas atómicas no fue tanto el último acto de guerra de la Segunda Guerra Mundial como el primero de la Guerra Fría. Aunque Japón fue el objetivo, las armas apuntaban directamente al corazón rojo de la URSS. Durante tres cuartos de siglo, el factor decisivo de la política exterior de los EE. UU., prácticamente su requisito imprescindible, fue el elemento comunista. La Segunda Guerra Mundial y la alianza en el campo de batalla con la URSS no trajeron consigo un cambio ideológico en los anticomunistas que poseían y dirigían los EE. UU. Simplemente proporcionó un breve respiro en una lucha que había comenzado con la invasión de la Unión Soviética por parte de los EE. UU. en 1918. No es de extrañar entonces que, 25 años más tarde, mientras los soviéticos sufrían mayores bajas que cualquier otra nación en la II Guerra Mundial, los EE. UU. les ocultaran sistemáticamente el proyecto de la bomba atómica, al mismo tiempo que compartían información con los británicos.


Según Leo Szilard, científico del proyecto Manhattan, el Ministro de Asuntos Exteriores Byrnes había dicho que la mayor ventaja de la bomba no era su efecto sobre Japón, sino su facultad para hacer a Rusia más dócil en Europa.


Los EE. UU. planeaban con anticipación. Después de una reunión en mayo de 1945, un diplomático venezolano informó a su gobierno que el Secretario de Estado de Asuntos Exteriores Nelson Rockefeller les había comunicado la ansiedad que la actitud rusa provocaba al gobierno de los EE. UU. Los funcionarios de los EE. UU. comenzaban a hablar del comunismo de la misma manera en la que anteriormente habían hablado del nazismo, y estaban invocando la solidaridad continental y la defensa hemisférica contra aquel, dijo.


Churchill, que se había enterado sobre el arma antes que Truman, aplaudía y compartía su utilización: «Nos encontramos con un final expeditivo para la Segunda Guerra Mundial,» dijo sobre la bomba, «y puede que también para muchas otras cosas», agregó pensando en los avances rusos hacia Europa. «Ahora tenemos algo en nuestras manos que podría restablecer el equilibrio con los rusos».


En referencia a las consecuencias inmediatas de Nagasaki, Stimson escribió: «En el Ministerio de Asuntos Exteriores se desarrolló una tendencia a pensar en la bomba como un arma diplomática. Indignados por las constantes evidencias de las traiciones por parte de Rusia, algunos de los hombres a cargo de la política exterior estaban ansiosos por mantener la bomba durante un tiempo como su as en la manga. Los estadistas estadounidenses estaban deseosos de que su país intimidara a los rusos con la bomba que guardábamos de manera bastante ostentosa en nuestro regazo.»


Por supuesto, esta política, que llegó a ser conocida como «diplomacia atómica», no se desarrolló por completo el día después de Nagasaki. Las bombas tuvieron un efecto psicológico sobre Stalin por partida doble, tal como apunta el historiador Charles L. Mee, Jr. Los estadounidenses no solo habían utilizado una máquina apocalíptica, sino que lo habían hecho, tal como Stalin era conocedor, cuando ya no era necesario militarmente. Indudablemente, fue este último y escalofriante hecho el que causó una mayor impresión en los rusos.


LA MATANZA DE NAGASAKI.
Una vez que el Enola Gay hubo lanzado su carga sobre Hiroshima, el sentido común y la decencia, de haber sido tenidos en cuenta en este caso, habrían dictado una pausa lo suficientemente larga como para permitir que los dirigentes japoneses viajaran a la ciudad, confirmaran la magnitud de la destrucción y respondieran, todo ello antes de que los EE. UU. lanzaran una segunda bomba. A las 11 de la mañana del 9 de agosto, el primer ministro Kintaro Suzuki se dirigió al gabinete japonés: «Dadas las circunstancias, he decidido que nuestra única alternativa es aceptar la proclamación de Potsdam y poner fin a la guerra.»


Unos instantes más tarde, la segunda bomba caía en Nagasaki. Varios cientos de miles de civiles japoneses murieron en los dos ataques; muchos más sufrieron terribles lesiones y daños genéticos permanentes. Tras la guerra, su majestad el emperador seguía sentado en su trono, lo cual no suponía absolutamente ningún problema para los caballeros que dirigían los Estados Unidos. Nunca lo había sido.

jueves, 4 de octubre de 2012

Dude, Where’s My Country? IX

(Traducción de un extracto del capítulo Un paraíso progresista del libro de Michael Moore ¿Tío, qué han hecho con mi país?)


Hay un país del que me gustaría hablaros. Es un país sin parangón en todo el Planeta. Estoy seguro de que a muchos de vosotros os encantaría vivir allí. Es un país muy progresista, liberado y librepensador. Su pueblo abomina de la idea de entrar en guerra. La mayoría de sus ciudadanos no ha hecho el servicio militar y no se espera que por el momento vayan a agolparse en la cola para apuntarse. Aborrecen las armas de fuego y apoyan todo esfuerzo para restringir su uso. Sus ciudadanos son fervientes partidarios de los sindicatos y los derechos de los trabajadores. Mantienen la creencia de que las empresas siempre andan metidas en negocios turbios, por lo que no son de fiar. La mayo-ría de sus residentes creen firmemente en la igualdad de derechos para las mujeres y se oponen a cualquier intento de control de sus órganos reproductivos por parte del gobierno o grupos religiosos. Una gran mayoría de los ciudadanos de este país creen que los homosexuales deberían tener las mismas oportunidades que los heterosexuales y que no deberían sufrir ningún tipo de discriminación. En este país, casi todos están a favor de implantar las mayores protecciones necesarias para asegurar un medioambiente limpio y sano, y ejercen su responsabilidad individual haciendo su parte cada día para reducir la contaminación y los desechos. La ideología de este país está tan a la izquierda que el 80 % de sus ciudadanos está a favor de la sanidad pública para todos y la diversidad racial en la educación. Este país es tan “hippy chiflado por el amor libre” y todas esas cosas que solo un cuarto de su población cree que los drogadictos deberían ir derechos a la cárcel; puede que la razón sea que, al igual que su propio presidente, ¡el 41 % de los ciudadanos reconoce haber tomado drogas! Y en lo que concierne al sagrado matrimonio, el número de personas que conviven sin estar casados ha aumentado un 72 % en la última década, con un 43 % de parejas solteras que tienen hijos. Os digo que este país es tan rojeras y tan rarito que su partido conservador nunca consigue reunir a más del 25 % de sus votantes habituales, mientras que la gran mayoría de los ciudadanos se definen a sí mismos bien como miembros del partido progresista o, lo que es aún peor, como independientes o anarquistas, ¡estos últimos negándose a votar sistemáticamente! ¿Pero dónde está esta Utopía de la que estoy hablando, esta tierra de progres, pacifistas y ecologistas? ¿Y cuándo podremos usted y yo mudarnos allí? ¿Se trata de Suecia? ¿El Tíbet? ¿La Luna? Pues no, esta Tierra Prometida del Progresismo de la que hablo no es otra que… ¡Los EE. UU.!


Es difícil pensar en los EE. UU. de otra manera que no sea un país gobernado por una mayoría conservadora, una nación cuya ideología moral de la impresión de estar establecida por la Coalición Cristiana, un pueblo que parezca haber sido cortado con el patrón de sus ancestros puritanos. Sin embargo, la amarga realidad (y el secreto político mejor guardado de nuestros tiempos) es que los estadounidenses son más progresistas que nunca en lo que concierne tanto a su modo de vida como a sus opiniones con respecto a los grandes asuntos sociopolíticos actuales.


Esta información procede de fuentes tan fidedignas y dominantes como Gallup y tan patrióticas como los miembros de la Asociación Nacional del Rifle. Las encuestas se llevaron a cabo por organizaciones como Harris Poll, Washington Post, Wall Street Journal, USA Today, Harvard, National Opinion Research Centre, el programa PBS’s News Hour de Jim Lehrer, Los Angeles Times, ABC News y Fox News.


El 57 % del público estadounidense opina que el aborto debería ser legal en todos o casi todos los casos. El 59 % que la decisión sobre el aborto debería tomarlo la mujer junto con su médico. El 53 % que la legalización del aborto fue «algo positivo» para el país (en comparación con el 30 % que piensa que fue negativo) ¡y el 56 % está a favor bien de dejar el acceso de la mujer al aborto tal como está, bien de hacerlo aún más accesible! Desde su legalización en 1973, se han llevado a cabo cuarenta millones de abortos en los EE. UU. Una de cada tres mujeres ha abortado antes de llegar a los 45 y, entre estas, casi la mitad lo ha hecho más de una vez. ¿Qué significa esto para los conservado-res? Pues que las mujeres están decidiendo cuándo llega nueva vida a este mundo. Las mujeres tienen el control total de esta decisión. Esto es un amargo trago para los conservadores; después de todo, solo hace 83 años que las mujeres tienen siquiera el derecho al voto. ¡Y ahora tienen el poder de decidir quién nace y quién no!


El 86 % del público estadounidense reconoce estar «de acuerdo con los objetivos del movimiento a favor de los Derechos Civiles». Cuatro de cada cinco afirma que «la diversidad racial en el alumnado universitario es importante». El 74 % no está de acuerdo con la afirmación de que «no tengo demasiado en común con la gente de otros grupos raciales o étnicos»; todo lo cual nos coloca por delante de Gran Bretaña, Francia, Alemania y Rusia cuando se hace la misma pregunta en esos países. El 77 % adoptaría a un niño de otra raza y el 61 % dice tener amigos o familiares que están saliendo o están casados con personas de otra raza. De hecho, el número de matrimonios interraciales ha aumentado en más del doble en los últimos veinte años, de 651.000 a 1,46 millones. ¿Es que ya nadie sabe cuál es su lugar, todos han perdido el apego a los suyos? Ahora se pondrán a tener niños, ya no habrá manera de diferenciarlos por razas y, cuando eso ocurra, puede que por fin nos demos cuenta de lo ridículo de este asunto de las razas y comencemos a trabajar juntos en los problemas realmente importantes.


El 83 % de los estadounidenses dice estar de acuerdo con los objetivos del movimiento en defensa del medioambiente. Las tres cuartas partes opinan que los problemas medioambientales representan una seria amenaza para la calidad de vida en los EE. UU. El 85 % están preocupados por la contaminación en ríos y lagos, el 82 % por los residuos tóxicos y el agua potable contaminada, el 78 % por la contaminación del aire y el 67 % por el deterioro de la capa de ozono. El 89 % de la gente recicla y el 72 % comprueba las etiquetas de los productos para evitar comprar los que sean tóxicos, mientras que al 60 % le gustaría que el gobierno impulsara más la conservación de la energía que el aumento de la producción de petróleo, gas y carbón. Ante la disyuntiva de elegir entre “crecimiento económico” o “protección medioambiental”, suponiendo que ambas sean incompatibles, los estadounidenses eligen protección medioambiental. En una encuesta, incluso las dos terceras partes de los republicanos respondieron que votarían antes a un candidato ecologista que a uno no ecologista. Los estadounidenses confían cuatro veces más en las organizaciones ecologistas que en el Gobierno en cuanto a decidir qué es lo mejor para el medioambiente.


El 94 % del público estadounidense desea la promulgación de normas de seguridad federales sobre la fabricación y utilización de armas de fuego; ¡y el 86 % lo desea incluso si ello implica un aumento en el precio de dichas armas! El 73 % de los estadounidenses está a favor de una revisión de antecedentes obligatoria para cualquiera que compre un arma de fuego. Quieren un período de espera de cinco días antes de que se pueda conseguir un arma. Creen que debería obtenerse un permiso policial antes de poder tener un arma de fuego, que las armas deberían ser a prueba de niños y que no debería permitírsele tener un arma a quien haya maltratado a su cónyuge. Y en estados como Nueva York, el 59 % está a favor de una prohibición total de las armas de fuego. La NRA (Asociación Nacional del Rifle) gastó más de veinte millones de dólares en las elecciones del año 2000, sobre todo en dos de los estados con mayor número de cazadores del país —Michigan y Pensilvania—, con la esperanza de elegir gobernadores a favor de las armas de fuego y de esa manera derrotar a Al Gore. ¿El resultado? Que Gore ganó en ambos estados, y el pueblo de Michigan y Pensilvania eligió a gobernadores tachados de “anti armas de fuego” por el NRA. El NRA ha perdido el contacto con la realidad hasta tal punto, incluso con sus propios miembros, que cuando se encuestó a sus miembros en Michigan, la empresa de estudio de mercados de Lansing (Michigan) EPIC-MRA concluyó que el 64 % de los miembros eran partidarios del registro obligatorio de las ventas privadas de armas de fuego, el 59 % de regular que las armas deban guardarse sin estar cargadas, el 68 % de crear normas de seguridad normalizadas tanto para las armas nacionales como para las importadas, el 56 % de regular por ley un período de espera de cinco días antes de poder comprar un arma de fuego y el 55 % de prohibir los cargadores de munición de gran capacidad.


Solo el 25 % de los estadounidenses tiene un arma de fuego. La mayoría es consciente de que se está menos seguro cuando se tiene un arma de fuego en casa. ¿Por qué? Porque más de un millón de estadounidenses han sido asesinados con armas de fuego desde el magnicidio de Kennedy. ¡Harían falta otras quince guerras de Vietnam para conseguir matar a tantos compatriotas! Eso quiere decir que todo el mundo conoce a alguien que en alguna ocasión recibió algún disparo de arma de fuego. Y ya se sabe lo que ocurre cuando tanta gente es testigo de primera mano de la tragedia de la violencia con armas de fuego: ¡terminan odiando las armas! Y así opina la mayoría del país.


Ocho de cada diez estadounidenses cree en la Sanidad universal igual para todos los ciudadanos. Y el 52 % dice que estaría dispuesto a pagar más impuestos o primas de seguros para conseguirlo. No sorprende que quieran un servicio sanitario nacional cuando ya se están gastando en ello 4.200 dólares al año per capita, mientras que otros países con asistencia sanitaria universal pagan mucho menos: 2.400 en Alemania, 2.300 en Canadá o 1.400 en el Reino Unido. La única razón de que la Sanidad universal aún no exista en los EE. UU. es que todos políticos que están en contra están cubiertos al cien por cien por carísimos seguros privados. Rara vez en su vida han pagado a un médico, y no tienen la intención de que la clase trabajadora deje de subvencionarles este privilegio.


El 62 % de los ciudadanos están a favor de cambiar las leyes para que un menor número de delincuentes no violentos terminen en la cárcel. El 80 % quiere más trabajos comunitarios para quienes quebranten las leyes y el 76 % opina que los delincuentes están mejor fuera de la cárcel, compensando a sus víctimas, que dentro. El 74 % prefiere tratamiento y libertad condicional para los drogadictos no violentos. 94 millones de estadounidenses han tomado drogas ilegales alguna vez en su vida. ¡No es de extrañar que prefieran que los fumetas anden sueltos!


El 85 % de los estadounidenses están favor de la igualdad de oportunidades laborales para los homosexuales. Y el 68 % quiere que se promulguen leyes que castiguen a quien discrimine a los empleados homosexuales. La mitad dice que las parejas del mismo sexo deberían recibir las mismas prestaciones sociales que las de distinto sexo, y el 68 % opina que las parejas del mismo sexo deberían tener derecho a Seguridad Social, mientras que el 70 % está a favor de cobertura sanitaria para los cónyuges del mismo sexo financiada por las empresas. Por último, la mitad de los estadounidenses no encuentra ninguna pega a que las parejas homosexuales adopten niños.


El 58 % opina que los sindicatos son una buena idea, mientras que solo el 32 % está en contra. En un país en el que solo el 13,2 % de los trabajadores pertenece a un sindicato, todo ese apoyo adicional ha de venir de la mitad de los trabajadores no sindicados a los que les gustaría afiliarse si tuvieran la oportunidad. Además de todo lo anterior, el 72 % cree que Washington tiene muy poco en cuenta a la clase trabajadora. El empleado estadounidense medio no confía en absoluto en la clase empresarial: el 88 % confía poco o nada en los ejecutivos; el 68 % cree que los ejecutivos son menos honrados y de fiar que hace una década; el 52 % confía poco o nada en la contabilidad empresarial, por un 31 % que tiene algo de confianza; el 65 % opina que es necesario llevar a cabo una gran reforma del empresariado estadounidense; y el 74 % cree que los problemas se deben a la codicia y a la falta de moral, por lo que los empresarios deberían estar obligados a comportarse de manera ética.


Incluso en la única cuestión en la que los estadounidenses se inclinan hacia la derecha —la pena de muerte—, el apoyo a la pena capital ha caído de manera espectacular en los últimos cinco años (gracias en parte al trabajo de esos estudiantes de la Universidad North-western que descubrieron que al menos once personas que se encontraban en el corredor de la muerte en Illinois eran inocentes). Mientras que más del 80 % de la gente solía creer en la pena de muerte, esa cifra ha bajado hasta el 64 %. Esto supone una caída sensacional en el apoyo a una de las actividades más dantescas y crueles de la nación, que ya no se pone en práctica en ningún otro país industrializado occidental del Planeta. A medida que la gente se conciencie del riesgo de ejecutar a gente inocente, no se seguirá apoyando una práctica tan arriesgada.


Los conservadores saben que estos son los verdaderos EE. UU., y les saca de quicio vivir en una nación tan progresista. Todos los días de la semana pueden verse derechistas gritando y echando espumarajos por la boca. Se pasan el día, todos los días, escupiendo bilis sobre traidores, progresistas, maricones, progresistas, comadrejas, progresistas, franceses, progresistas; hasta tal punto que a veces me preocupa que puedan ahogarse en su propio veneno:


·          «¿Así que eres uno de esos sodomitas, eh? Espero que cojas el SIDA y te mueras, maldito cerdo. ¿Qué te parece? ¿Por qué no vas y me denuncias, maldito cerdo? ¿No tienes nada mejor que hacer que criticarme, montón de mierda? Si no tienes nada que hacer, ve a comerte una salchicha y ahógate con ella.» (Michael Savage[1]).
[1] Michael Savage expresó su encantadora opinion sobre los sodomitas y su amor por la ingestión de salchichas en su programa del canal MSNBC (ahora cancelado debido a este comentario en particular) Savage Nation (“nación salvaje”, N. del T.) el 5 de julio de 2003. Savage, cuyo verdadero apellido es Weiner (“salchicha”, N. del T.) diagnosticó a la izquierda de trastorno mental, así como de un cariño enfermizo hacia (¡oh, no!) el Islam en su programa del 19 de abril de 2003.



·          «Cualquier cosa que los progresistas puedan hacer para derribar el cristianismo y el judaísmo será bueno para ellos. Porque tienen la mente retorcida, porque el progresismo no es una filosofía, sino un trastorno mental.» (Michael Savage).


·          «Dios dice: “La Tierra es tuya. Tómala. Viólala. Es tuya.» (Ann Coulter[1]).
[1] Nuestra buena amiga Ann Coulter transmitió el mensaje de Dios diciéndonos que deberíamos “violar” a la Tierra en el programa Hannity and Colmes de Fox News el 22 de junio de 2001. Coulter, que estaba considerada por Fox News como una “erudita de la Constitución”, sugirió asesinar a los progresistas en la Conferencia de acción política conservadora de 2002.


·          «Tenemos que ejecutar a personas como John Walker para intimidar físicamente a los progresistas, para hacerles ver que ellos también podrían ser ejecutados. De lo contrario se convertirán en completos traidores!» (Ann Coulter).


·          «¡Deberíamos invadir sus países, asesinar a sus dirigentes y convertirlos al cristianismo!» (Ann Coulter, sobre los terroristas del 11S).


·          «Debo decirles que, cuando Michael Moore dice que este presidente es un presidente ilegítimo, está cruzando completamente la línea hacia el anarquismo.» (Bill O’Reilly).


·          «Es cierto que si eres pobre y no puedes permitirte un buen abogado, las posibilidades de acabar en la cárcel aumentan exponencialmente. ¿Pero sabes qué? ¡Te jodes!» (Bill O’Reilly[1]).
[1] Señalar en los Óscar el hecho de que George W. Bush es un presidente ilegítimo alentó a Bill O’Reilly a denunciarme por anarquista en su programa de Fox News el 14 de abril de 2003. Su cita sobre los pobres despachados a la cárcel sin un juicio justo proviene de su programa del 4 de septiembre de 2001.


·          «¡El feminismo se creó para permitir que las mujeres poco atractivas tuvieran más fácil acceso a la corriente dominante de la sociedad!» (Rush Limbaugh[1]).
[1] Tan bien fundada teoría de Rush Limbaugh sobre los orígenes del feminismo fue pronunciada en su programa sindicado del 28 de julio de 1995.


·          «¡Vosotros, los de la izquierda, no estuvisteis en la Guerra Fría, no estáis aquí ahora. Si alguna vez se nos ocurre prestaros atención acabaremos besándole los pies a algún dictador de cualquier otro país!» (Sean Hannity).


·          «¡Son un montón de cobardes timoratos y sin carácter!» (Sean Hannity, hablando de los izquierdistas de Hollywood).


·          «Canadá es un caso perdido de socialismo izquierdista. ¿Qué clase de amigos son esos?» (Sean Hannity[1]).
[1] Esta rabieta de Sean Hannity, arrebato de insultos incluido, fue publicada en Crain’s New York Business el 17 de febrero de 2003; y su consistente y probada disección de la Cultura canadiense apareció en el Ottawa Citizen el 23 de marzo de 2003.


Un día, hablando con el actor Tim Robbins —a menudo objeto del parloteo belicoso de la derecha—, me dijo «¿Cómo es que están tan furiosos y enfadados todo el tiempo, cuando ya tienen bajo su control la Casa Blanca, el Senado, el Congreso, el Tribunal Supremo, Wall Street, todas las tertulias radiofónicas y tres de los cuatro canales de noticias por cable? ¡Han conseguido su guerra, han conseguido sus recortes fiscales y su comandante en jefe tiene una aprobación del 70 %! Deberían estar contentos, pero no lo están.» La derecha está tan disgustada porque saben que están en minoría. Saben que los estadounidenses, en el fondo, realmente no están de acuerdo con su bando, y nunca lo estarán. Los estadounidenses, como la mayoría de los seres humanos, no quieren estar rodeados de personas llenas de odio y maldad. Y esa es la razón por la cual están tan enfadados, porque saben que son una especie en extinción. Por supuesto, la mayoría de los estadounidenses jamás se describirían a sí mismos como “progresistas”. En las dos últimas décadas, se ha convertido en la peor palabrota de la política estadounidense. Todo lo que un republicano tiene que hacer es calificar a su oponente de “progresista”, y será el fin del pobre perdedor.


Sin embargo, los estadounidenses normalmente odian votar a los progresistas porque a menudo la expresión “dirigente progresista” es un oxímoron: los progresistas no son dirigentes, sino seguidores. Los verdaderos dirigentes son los conservadores. Tienen el valor de sus convicciones. No se arrugan, no se pliegan y nunca se rinden. Persiguen sus ideales implacablemente. No tienen miedo y no permiten que nadie les tome el pelo. En otras palabras: realmente creen en algo. ¿Cuándo fue la última vez que se encontró con un progresista o un demócrata que se ciñó a un principio solo porque era lo correcto? Esa es la razón por la cual la mayoría de los estadounidenses no se fían de los progresistas. Nunca se saben hacia qué lado se van a inclinar. Los republicanos y los conservadores por lo menos son más previsibles y, en estos tiempos tenebrosos, ese consuelo es reconfortante para millones de personas.


No obstante, el Diccionario Universitario Webster define la palabra “progresista” del siguiente modo: ‘que no es estrecho de miras; que no es egoísta’ y ‘que no está limitado por principios ortodoxos o formas establecidas en filosofía política o religiosa; de opinión independiente; no conservador; partidario de una gran libertad en la institución o administración del gobierno’. “Progresista” también se define como ‘generoso’ y ‘que implica amplitud de espíritu a la hora de dar, juzgar, actuar, etc.’ Y así es exactamente como la mayoría de estadounidenses piensan, actúan y se comportan en estos tiempos. Aunque jamás utilizarán la palabra, ellos mismos son la propia encarnación de la definición de la palabra “progresista” con sus palabras y hechos de cada día.