martes, 17 de abril de 2012

¡Salve, futuro!


Al igual que D. Eduardo de Urbano, cuya carta “Manifiesto a favor del ‘botellón’” fue publicada el pasado 22 de enero en XL Semanal, no hace mucho que yo también me vi en la triste y desagradable situación del desempleo (durante varios años) para dirigirme más adelante a un largo peregrinaje (durante aún más años) por trabajos mal pagados y en condiciones poco menos que abusivas, situación que se prolongó durante casi una década, hasta que conseguí encontrar un trabajo medianamente decente, el cual hoy en día rezo para que no me arrebaten los mercados, el FMI, la UE, las agencias de calificación u otros terroristas financieros y caciques varios.
Del mismo modo, los amigos también celebrábamos de vez en cuando algún botellón, aunque el trasfondo era meramente pasar un rato juntos, divertirnos y ponernos un poco chispa: no buscábamos ninguna excusa barata ni chantaje emocional sobre lo duro que es ser joven, cómo todo el mundo está en contra de nosotros y no nos entienden, “soy rebelde porque el mundo me ha hecho así”, etc. Otra diferencia importante entre el “botellón años noventa” y el “botellón siglo XXI” radica en el “rastro”, tanto durante (léase contaminación ambiental) como después (basura y pestilencia por doquier). No cuesta tanto limitar los decibelios, no es tan difícil recoger al terminar la fiesta: de hecho, normalmente se trae todo en bolsas, y no hay que ser ninguna lumbrera, ni vanagloriarse de ser “el futuro”, para deducir su evidente utilidad para introducir dentro todos los restos y depositarlos en el contenedor más próximo (recalco lo de “depositar en”, ya que no es lo mismo que “estampar contra” o “arrojar hacia”).

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