lunes, 30 de julio de 2012

No todo está perdido

Reproduzco aquí la esperanzadora carta de D. Federico de Badajoz, del 25 de marzo de 2012, con la esperanza de que la bondadosa dependienta del relato no fuera amonestada o despedida de su puesto de trabajo por haber reducido el margen empresarial de sus patronos al rendirse a los dictados de su gran corazón.


La señora tendría ochenta y pico años muy bien llevados, era pequeñita, con el pelo blanco, con ojos azules y limpios, y se abrigaba con un chaquetón de muchos inviernos.
La dependienta de la tienda de congelados la saludó y preguntó con una enorme ternura qué deseaba. Después de un rato de duda y de consultar los precios, escogió un cuarto de menestra de verdura, cinco croquetas de bacalao y cinco gambas rebozadas. En total: 3,40 euros.
Cuando pagó, vi que llevaba un solo billete de cinco euros en el monedero. Mientras ella buscaba el dinero, la dependienta, a hurtadillas, le puso una croqueta y una gamba más.
La anciana, dando alegremente los buenos días, salió con su bastón y su pequeña bolsa de congelados. La dependienta siguió despachando. Los pocos clientes que allí estábamos nos miramos en silencio, y en los ojos de un señor de aspecto curtido y con barba me pareció ver una lágrima furtiva.
Ante tanta miseria moral que nos rodea, y ante las constantes noticias de quienes se enriquecen indecentemente, creo que la figura de la anciana, de la dependienta e incluso la del señor de la barba consiguen arrojar un poco de dignidad y de aire limpio en nuestra sociedad, y que podamos pensar que no está todo perdido.

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