viernes, 28 de septiembre de 2012

Americanos y extraterrestres



Podemos leer The event, la serie de ciencia ficción cuya primera temporada acaba de terminar, como un comentario a ciertos acontecimientos de la Historia reciente de América. En el primer episodio, por ejemplo, el presidente de Estados Unidos (que es, precisamente, de raza negra) tiene una conversación con sus consejeros que está diseñada para que nos creamos que están hablando de Guantánamo. La prisión de la que hablan, sin embargo, es otra, situada en Alaska, donde un grupo de unos noventa extraterrestres llevan detenidos desde hace más de sesenta años.
Caídos a la tierra a consecuencia de un accidente de su nave, los extraterrestres presos en Alaska son absolutamente idénticos a los humanos. Esta es la primera metáfora. Hay ciertas diferencias, pero en la práctica solo un análisis de ADN puede confirmar su naturaleza alienígena. Su apariencia, su inteligencia, sus emociones, su forma de comportarse, sus enfermedades, su psicología, son idénticas a las humanas. Incluso se repiten entre ellos las razas humanas, de modo que, de forma algo absurda, hay extraterrestres blancos, hispanos, orientales, árabes, persas, negros, etc. De manera que no solo son idénticos a los humanos sino que lo son en todos sus detalles y variedades raciales e históricas. A pesar de lo cual, una y otra vez se nos dice que no son humanos por mucho que parezcan serlo.
Frío genocidio.
Los extraterrestres deberán aniquilar a la totalidad de la población mundial a fin de traer aquí a los suyos. Este genocidio fríamente planificado es la segunda gran metáfora de la serie. Sofía, la líder de los extraterrestres, repite casi cada cinco frases que la aniquilación total de la raza humana va «contra sus principios», y que si han decidido tomar una decisión tan desagradable es por pura necesidad. Necesitan «hacerse sitio». Uno, afirma Sofía, «ha de preocuparse por los suyos.» En la serie, Sofía no aparece como una líder cruel e implacable, sino como una mujer culta, sensible y bondadosa.
Creo que las dos metáforas, la de los extraterrestres que son en todo idénticos a los humanos y la de la obligación de un pueblo a velar por sí mismo aunque sea a costa del sufrimiento de otros, son transparentes, y vienen a corroborar un pensamiento que hace tiempo que me ronda la cabeza y que nunca he sabido muy bien cómo expresar. Esta es la idea: que los americanos, en realidad, no saben lo que es el ser humano. Ellos no creen en el ser humano y no tienen, de hecho, ningún concepto cultural de lo que es el ser humano. Espero que se comprenda que esto no es ninguna crítica a un país que admiro, sino más bien una descripción, bastante consternada, de un hecho. Para los norteamericanos no existen los seres humanos: solo existen los americanos.
Los problemas de otro.
En uno de sus ensayos, Richard Rorty observa que no se le puede pedir al pueblo que sea tan idealista como para sentir la misma preocupación por los problemas de otros países que por los de su propio país. Sería deseable, dice Rorty, que tuviéramos una ética universal, pero en la práctica uno solo se siente conmovido si es un americano el que sufre alguna injusticia. Este punto de vista resulta fascinante, ya que a nadie en Europa se le ocurriría pensar, por ejemplo, que la tortura sufrida por un senegalés, un italiano o un iraní sea menos dolorosa e indignante que la sufrida por alguien del propio país. Esa ética universal que a Rorty le parece improbable y de una generosidad casi angélica, en Europa existe de una forma tan natural que ni siquiera nos damos cuenta.
Seguramente no todas las culturas creen en el ser humano universal, en la universalidad del sufrimiento y en la compasión indistinta, tal como enseñaron Buda y Cristo. Esos conceptos son la base de la civilización europea. América, al parecer, es otra cosa.

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