miércoles, 19 de septiembre de 2012

Diálogo para besugos

Burgos. Miércoles, 19 de septiembre de 2012. Siete menos cuarto de la tarde. Salgo de trabajar y me dirijo a casa. Mi recorrido habitual transcurre por la avenida de Costa Rica y el paseo de Fuentecillas para después cruzar por el puente de la calle de León hacia la zona de Parralillos. Normalmente hago el trayecto a pie o en bicicleta (estoy en negociaciones para el patrocinio de Red Bull, ya que en Burgos es realmente un deporte de riesgo), pero hoy había cogido el coche para hacer unos recados en el descanso de mi horario partido. «Gran error», como diría Clint Eastwood; aunque, como veremos más adelante, tampoco es seguro que hubiera podido hacer el trayecto fuese cual fuese el medio de transporte.


Llego al puente de la calle de León y veo dos motocicletas de la policía local cortando el paso y, dicho sea de paso, formando un atasco monumental, ya que se limitan a eso, a cortar el paso, sin que se les pase por la cabeza dirigir el tráfico de la rotonda. Como buen ciudadano (es decir, como tonto de remate), guardo la calma, intento no poner las cosas peor de lo que están y me dirijo hacia el próximo puente, en la plaza de Castilla (por otra parte, gracias al estupendo plan urbanístico de nuestra ciudad, la única manera junto con el anterior de pasar al otro lado del río sin hacer un prolongado recorrido turístico). Sorprendentemente, la película es la misma: pasivo agente de la policía local, atasco aún más monumental y confusión cercana al pánico entre quienes circulan por la rotonda (un VW Golf —con matrícula española, no británica— incluso se aventura a hacer la glorieta en sentido contrario ante la imperturbable mirada del gendarme).


Dudando entre las diversas combinaciones circulatorias que se agolpan en mi mente, decido confiar en la sabiduría de la autoridad (Gran error II) y le pregunto: «¿Cómo puedo cruzar al otro lado del río?» «¿Es usted de Burgos?» Mirando a mi alrededor para asegurarme de que un bucle espacio-tiempo no me haya trasladado hasta Galicia, donde este tipo de respuesta sería más probable, le contesto: «Sí, vivo en Parralillos, pero vengo del puente de la calle León y también estaba cortado.» «¿Es usted de Burgos?» (Me quedo sin palabras). «Tiene usted que ir por la carretera del cementerio.» «¿A la carretera del cementerio para ir a Parralillos desde la plaza de Castilla?» «¿Es usted de Burgos?» (¿Pero a este tío d’ande l’han sacao?) «Sí, pero…» «Tiene que ir por la carretera del cementerio, coger la ronda y volver a entrar en Burgos por la calle Madrid.» (Silencio y mirada de admiración). «¿Es usted de Burgos?» (¡Y dale!) «¡Tiene que ir por…!» (Que sí, majete, que sí). «De acuerdo, era por si se le ocurría algún recorrido que no pasara por Cuenca.» (Adiós, majete). Veamos la impresionante imagen del recorrido:


Evidentemente, yo sí soy de Burgos (en cuanto a nuestro héroe, la verdad es que no entiendo qué hacen gastando millonadas en enviar sondas a Marte cuando aquí mismito tienen un fantástico espécimen), luego rápidamente opto por otra alternativa más económica que me supone menos de la mitad de trayecto. Y es al pasar por la plaza de El Cid cuando veo una gran aglomeración de gente en la zona del Museo de la Evolución Humana al mismo tiempo que comienza El ojo crítico en RNE (es decir, que las siete de la tarde ya quedaron atrás), donde me informan de que doña Sofía de Borbón se encuentra en nuestra ciudad para asistir al concierto de inauguración oficial del Fórum Evolución Burgos.


En resumen, decenas de ciudadanos secuestrados porque nuestros ínclitos regidores han tenido la ocurrencia de que una señora griega que vive en un palacio en Madrid venga a Burgos a inaugurar un edificio que ni ella ni ellos han pagado ni construido. Lo suyo habría sido que la cinta la hubiera cortado un obrero de la construcción desempleado víctima de alguna quiebra provocada por los impagos del Ayuntamiento de Burgos (y no son pocas), quien a buen seguro habría tenido la sensatez de no cerrar el tráfico de ninguna calle por tamaña sandez.


Como colofón, hago la llegada a mi hogar, dulce hogar, a las siete y veinticinco de la tarde. Caminando o en bicicleta habría llegado sobre las siete pero, como decía más arriba, hoy he necesitado el coche para hacer unos recados y, aún así, con la visita de tan insigne personaje es probable que tampoco me hubieran dejado pasar a pie.

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