miércoles, 20 de febrero de 2013

Por qué deberían disculparse los EE. UU. (Connor Boyack)

En una entrevista sobre su libro ‘Sin disculpas: El caso de la grandeza estadounidense’, a Mitt Romney se le preguntó a qué se refería al decir que los EE. UU. no deben pedir perdón. Esta fue su respuesta: «Aunque hemos cometido algunos errores, nuestro expediente refleja cómo hemos promovido la libertad, la paz y la prosperidad en todo el mundo. Muchos en Washington opinan que los EE. UU. se verán eclipsados por otras naciones. En mi opinión, eso acarrearía graves consecuencias para la libertad y la paz mundiales.»


Fiel a su estilo, en realidad no respondió a la pregunta. Primero hizo una concesión muy superficial de que hemos cometido algunos errores. (¿Cuáles? ¿Cuántas veces? ¿Con qué posibles resultados perjudiciales?) Entonces continuó parloteando sobre una «opinión» de que otras naciones pudieran eclipsar a los EE. UU., algo que en su opinión «acarrearía graves consecuencias». Por lo tanto, no queda otra que intentar adivinar cuál es la posible relación entre la pregunta y la respuesta.


Mitt Romney, como era de esperar, se equivoca. Aunque no es el único que se dedica a vomitar este tipo de retórica vacía. El diputado Jason Chaffetz (republicano por Utah) dijo recientemente durante su discurso en la CPAC (Conservative Political Action Conference o Conferencia de Acción Política Conservadora) que «nunca jamás» deberíamos pedir perdón por los EE. UU. La exgobernadora Sarah Palin también dijo que «nunca deberíamos disculparnos por nuestro país». Como presidente, George H. W. Bush dijo que «nunca me disculparé por los Estados Unidos. Jamás. No me importa cuáles sean los hechos».


Estas declaraciones superficiales e ignorantes son una afrenta a cualquier sentido de la justicia, la moralidad y la virtud cívica. Si, tal como sugiere Romney, los EE. UU. «han cometido algunos errores», se podría llegar a la conclusión de que, según su gravedad y perjuicio, deberían disculparse o indemnizar a quien corresponda. Para ver en qué casos podría ser pertinente, y en clara contraposición con la superficialidad de Romney y su séquito de acólitos, vamos a profundizar un poco más y sopesar algunos ejemplos sin seguir ningún orden en particular:


Vuelo 655 de Iran Air.
La repugnante declaración del presidente Bush que hemos visto antes no fue un incidente aislado. Después de que un misil de la armada destruyera un avión civil iraní en 1988, matando a sus 290 pasajeros (incluyendo a 66 niños) Bush, en esa época vicepresidente haciendo campaña para las elecciones presidenciales, pronunció la siguiente respuesta ante el suceso: «Nunca me disculparé por los Estados Unidos, no me importa cuáles sean los hechos. No soy la clase de persona que se disculpa por los EE. UU.» Es fácil imaginarse cómo se sintieron las familias, amigos y el pueblo iraní en general al escuchar estos comentarios de boca de quien sería el próximo dirigente del supuesto mundo libre.


Guerra de Vietnam.
El papel de los EE. UU. en Vietnam no se ciñó únicamente a su intensa y prolongada participación militar. Como señaló Martin Luther King Jr. en un discurso en 1967, la implicación fue al mismo tiempo histórica y muy dañina.


Debieron de ver a los estadounidenses como extraños libertadores. El pueblo vietnamita proclamó su propia independencia en 1945, tras la ocupación conjunta franco-japonesa y antes de la revolución comunista en China. Ho Chi Minh estaba a la cabeza. A pesar de que calcaron la Declaración de Independencia de los EE. UU. en su propia proclamación de libertad, se negaron a recocerla. En cambio, decidieron apoyar a Francia en la reconquista de su antigua colonia.


La opinión por aquel entonces del gobierno de los EE. UU. (una vez más víctima de la terrible arrogancia occidental que ha envenenado el clima internacional durante tanto tiempo) era que el pueblo vietnamita no estaba «listo» para la independencia. Con tan trágica decisión, rechazaron la solicitud de autodeterminación de un gobierno revolucionario, el cual no había sido establecido por China (que no era santo de la devoción de los vietnamitas), sino por fuerzas claramente autóctonas entre las que militaba algún comunista. Para los campesinos, este nuevo gobierno significaba una verdadera reforma agraria, una de las necesidades más importantes en sus vidas.


Durante los nueve años posteriores a 1945, los EE. UU. negaron el derecho a la independencia del pueblo vietnamita. Durante nueve años, apoyaron vehementemente a Francia en su fallido esfuerzo para recolonizar Vietnam.


Antes del final de la guerra, los EE. UU. ya estaban costeando el ochenta por ciento de los gastos bélicos de Francia. Incluso antes de su derrota en Dien Bien Phu, los franceses ya habían comenzado a perder las esperanzas en su descabellado plan, pero ellos no. Incluso cuando Francia ya había dado la guerra por perdida, los EE. UU. les animaron a continuar con sus enormes suministros financieros y militares. Pronto estarían pagando la práctica totalidad de los costes de ese trágico intento de recolonización... ¿Qué iban a pensar los campesinos de quienes se aliaban con los terratenientes, mientras rechazaban poner en práctica sus propias palabras referentes a la reforma agraria? ¿Qué iban a pensar de quienes probaban sus más recientes armas con ellos, del mismo modo que los alemanes probaron nuevos medicamentos y nuevos tipos de tortura en los campos de concentración de Europa? ¿Dónde estaban las raíces del Vietnam independiente que afirmaban estar construyendo? ¿Quizá entre aquellos que no tienen voz?


Destruyeron sus dos instituciones más preciadas: la familia y la aldea. Destruyeron su tierra y sus cosechas. Cooperaron en el aplastamiento de la única fuerza política revolucionaria no comunista de la nación: la iglesia budista unificada. Apoyaron a enemigos de los campesinos de Saigón. Corrompieron a sus mujeres y a sus niños y mataron a sus hombres. ¿Esos eran los liberadores?


Al final quedó bien poco sobre lo que construir, salvo la amargura. En poco tiempo, los únicos fundamentos físicos que quedaban fueron las bases militares y el hormigón de los campos de concentración, que recibían el nombre de aldeas fortificadas. Es normal que los campesinos se preguntaran si los EE. UU. planeaban construir su nuevo Vietnam sobre una base como esa. ¿Cómo podríamos culparlos por pensar tal cosa? Es nuestro deber hablar por ellos y plantear las preguntas que ellos no pueden. Ellos también son nuestros hermanos.


Vayamos al acontecimiento que dio comienzo al envío de soldados a la guerra en una tierra lejana. La operación de bandera falsa del Golfo de Tonkin sirvió como carne de cañón para Robert McNamara, entre otros, con el objetivo de aumentar la participación de los EE. UU. en la batalla mundial de la guerra fría para reprimir el comunismo. El presunto objetivo era impedir la toma de poder de Vietnam del Sur por parte de los comunistas; tras más de una década de participación estadounidense y dada la corriente de oposición pública, el gobierno retiró su apoyo militar de la infructuosa campaña. Uno de cada diez vietnamitas había sido víctima de la guerra (1,5 millones de muertos y 3 millones de heridos); Vietnam se había pasado los últimos 116 años luchando contra intervenciones u ocupaciones extranjeras. Cerca de 60.000 estadounidenses muertos y 300.000 heridos por una innecesaria campaña militar que muy pocos políticos deseaban.


Golpe de estado de 1953 en Irán.
La CIA ayudó a derrocar al primer ministro Mohammed Mosaddeq, elegido democráticamente, sustituirlo por el autoritario monarca Mohammad Reza Pahlavi (el Shah) y formar a su policía secreta. Un gran trabajo para propagar la democracia, ¿no?


Eisenhower consideró este trabajo (operación Ajax) como «un éxito de la guerra secreta». Sin embargo, hoy en día se reconoce ampliamente que no fue sino un gran fracaso, puesto que les salió el tiro por la culata y se contribuyó decisivamente a la Revolución iraní de 1979 que derrocó al Shah y sustituyó su monarquía prooccidental por la República Islámica de Irán, que desde luego no es muy amiga de Occidente.


En el año 2000, Madeleine Albright, globalista y exministra de Asuntos Exteriores, afirmó que «La adminsitración Eisenhower creyó sus acciones justificadas por razones estratégicas. Pero el golpe de estado fue claramente un revés para el desarrollo político de Irán. Hoy en día es fácil ver por qué muchos iraníes se sienten aún molestos por la intervención de los EE. UU. en sus asuntos internos.» Sin ser una disculpa, el hecho de que se haya reconocido es al menos una pequeña aguja en el voluminoso pajar de una arrogancia imperial que viene desde hace tiempo.


Golpe de estado de 1973 en Chile.
El 16 de octubre de 1970, la CIA envió un mensaje a su oficina en Chile que decía lo siguiente: «Nuestra firme e irresoluta política es que Allende debe ser derrocado por medio de un golpe de Estado. Sería preferible hacer que esto ocurriera antes del 24 de octubre, pero los esfuerzos en este sentido continuarán de manera enérgica más allá de esta fecha. Debemos continuar generando la máxima presión hacia este fin, utilizando todos los recursos asignados. Es imprescindible que estas acciones se lleven a cabo de manera clandestina y segura, de tal modo que la participación del gobierno de los EE. UU. quede completamente oculta».


Apenas tres años más tarde, y supuestamente con el pretexto de erradicar el comunismo, la CIA contribuyó con éxito al derrocamiento del presidente Salvador Allende, democráticamente elegido, por medio de un golpe militar. El gobierno de los EE. UU. respaldó la junta militar que consolidó el control del gobierno. Dicha junta estaba integrada por los dirigentes de las diferentes ramas de las fuerzas armadas de Chile y encabezada por el general Augusto Pinochet.


Se sucedieron unos tres meses de alborotos y resistencia popular al golpe de Estado, que llevaron a la detención de decenas de millares de personas, retenidas en el Estadio Nacional. El informe Rettig estableció que la dictadura militar asesinó a 2279 personas por motivos políticos o como consecuencia de la violencia política. El informe Valech demostró que 31.947 personas sufrieron torturas y 1312 el exilio. Dos de cada tres casos de esta brutal opresión tuvieron lugar dentro del año que siguió al golpe de Estado patrocinado por los EE. UU.


Las guerras bananeras.
Las intervenciones militares en Centroamérica y el Caribe a principios del siglo XX recibieron este sobrenombre debido a su objetivo principal: mantener los intereses comerciales estadounidenses en la región (principalmente la producción bananera). La lista de países cuyos gobiernos fueron derrocados y sus territorios ocupados por los EE. UU. muestra la magnitud de la fuerza militar utilizada para despejar el camino a la prostitución corporativa estadounidense de los recursos naturales de estos países.


Smedley Butler, que en el momento de su muerte era el infante de marina más condecorado de la historia de los EE. UU., estuvo muy implicado en estas guerras y, más adelante, dejó pasmado a un auditorio con su relato y valoración sobre su participación:


Pasé 33 años como matón de alto nivel para las grandes empresas, Wall Street y la banca. En pocas palabras, era un extorsionador a sueldo del capitalismo.


Entre 1909 y 1912 ayudé a purificar Nicaragua para las instituciones bancarias internacionales de Brown Brothers. En 1916 ayudé a convertir México, sobre todo Tampico, en un lugar seguro para los intereses petroleros estadounidenses. En 1916 hice que la República Dominicana se plegara a los intereses azucareros estadounidenses. Ayudé a convertir Haití y Cuba en sitios decentes donde los chicos del National City Bank pudieran obtener beneficios. Ayudé a esquilmar media docena de repúblicas centroamericanas en beneficio de Wall Street.


En 1927 contribuí a que Standard Oil se saliera tranquilamente con la suya en China. Teníamos un chanchullo formidable. Me recompensaron con honores, medallas, promociones… Podría haber dado algún consejo que otro a Al Capone: a lo máximo que llegó fue a montar su organización en tres ciudades; la infantería de marina dominaba tres continentes.


Iraq.
Entre 1990 y 2003, por mandato de los EE. UU., la ONU impuso sanciones a Iraq tras la invasión de Kuwait por parte de Saddam Hussein. Una vez que los iraquíes fueron expulsados, las sanciones comenzaron con el mandato de la ONU de que el país cumpliera con la Resolución 687 del Consejo de Seguridad, que exigía que Iraq eliminara sus armas de destrucción masiva y reconociera la nación-estado de Kuwait.


Rolf Ekeus, el representante de la ONU responsable de identificar y destruir el armamento Iraquí, ya había atestiguado que 817 de los 819 misiles de largo alcance de Iraq habían sido destruidos. Este informe era una deuda política del presidente Bill Clinton, que encomendó a su nueva Ministra de Asuntos Exteriores, Madeleine Albright, la declaración de que las sanciones continuarían hasta que Saddam fuera destituido de su cargo; un objetivo bien diferente del original. Esto condujo a que Saddam rechazara trabajar con los inspectores de armas por más tiempo, con lo que la única esperanza de la Administración Clinton residía en que los graves sufrimientos impuestos a los ciudadanos iraquíes pudieran de alguna manera derribar al tirano.


Se estima que medio millón de niños murieron a consecuencia de las sanciones; un número que, según Albright declaró una vez en una entrevista, «mereció la pena». En el año 2000, Christian Aid realizó las siguientes estimaciones:


La consecuencia inmediata de ocho años de sanciones ha sido una caída drástica en los niveles de vida, el desmoronamiento de las infraestructuras y un grave descenso en la disponibilidad de servicios públicos. Queda pendiente la evaluación del daño a largo plazo en el tejido de la sociedad, pero los trastornos económicos ya han llevado a niveles intensificados de crimen, corrupción y violencia. La competencia por los cada vez más escasos recursos ha dado al estado iraquí la oportunidad de utilizar las rivalidades entre los diferentes clanes y sectas para mantener su control, fragmentando aún más la sociedad.


Durante las décadas de sanciones, se lanzaron bombas en Iraq casi a diario, mientras las sanciones prolongaban una larga campaña de violaciones de los derechos humanos. El jefe de ayuda humanitaria de la ONU, Dennis Halliday, dimitió como protesta, al igual que su sucesor, Hans von Sponeck. Escribieron esto entre los dos: «La muerte de unos 5000-6000 niños al mes se debe principalmente a la contaminación del agua, la falta de medicamentos y la desnutrición. No es Bagdad el responsable de esta tragedia, sino la tardanza de los gobiernos de los EE. UU. y el Reino Unido en el despacho de equipos y materiales.»


Hiroshima y Nagasaki.
Es imposible que los bombardeos de estas dos ciudades japonesas no vengan a la mente cuando se piensa en actos cometidos por el gobierno de este país que puedan requerir una disculpa. El presidente Harry S. Truman ordenó el bombardeo de estas dos ciudades, llenas de cientos de miles de civiles, supuestamente como represalia por el ataque a Pearl Harbor, una instalación militar. Las vidas de unos 200.000 civiles, hombres, mujeres y niños, fueron inmediatamente eliminadas o lenta y miserablemente mermadas por medio de los efectos del envenenamiento por radiación, en uno de los mayores crímenes de guerra que esta nación jamás ha cometido.


Sopesemos dos variantes de este acto. ¿Se habrían alegrado tantos estadounidenses por las represalias si, en lugar de lanzar las bombas, nuestro ejército hubiera reunido a todos y cada uno de los habitantes de las dos ciudades y los hubieran asesinado en cámaras de gas? O, en caso de que hubiera sido Alemania la que lanzara las bombas atómicas en las ciudades en lugar de nuestro gobierno ¿no habrían sido acusados sus responsables de crímenes de guerra y condenados a muerte en Nuremberg?


Guantánamo.
La Bahía de Guantánamo es el centro de detención militar donde el gobierno de los EE. UU. encarcela a presuntos terroristas. Comenzó a utilizarse en 1991, cuando George H. W. Bush lo empleó para reunir a los inmigrantes haitianos seropositivos, a quienes se separó a la fuerza de otros refugiados tras el golpe de estado en Haití de 1991. El 11 de enero de 2002 llegaron de Kandahar, a unos 13.000 km de distancia, los primeros prisioneros de la «guerra contra el terror» de George W. Bush y fueron encerrados en jaulas metálicas. Con el objeto de eludir los derechos que los prisioneros tienen garantizados en virtud de los Convenios de Ginebra, fueron catalogados como «combatientes ilegales» y, más tarde, como «combatientes enemigos».


Del total de 775 presos enviados a Guantánamo, para el año 2009 solamente quedaban 245. 420 fueron liberados sin haber sido acusados de ningún delito: enviados a casa sin ningún tipo de disculpa o compensación por los años de su vida que les habían hecho perder. Y hasta el momento solamente tres (¡tres!) individuos han sido acusados de algún delito: David Hicks fue declarado culpable, en virtud de una legislación retrospectiva presentada en 2006, de suministrar apoyo material a los terroristas en 2001; Salim Hamdan, por trabajar de conductor de Osama bin Laden; Ali al-Bahlul, por grabar un vídeo celebrando el ataque contra el USS Cole.


En resumen, los frutos de esta institución imperial son el enjuiciamiento de un hombre que donó dinero o suministros, un conductor y un videoaficionado. Se alteraron a la fuerza las vidas de cientos de individuos por la decisión del gobierno de los EE. UU. de encarcelarlos sin acusarlos de delito alguno, todo ello en el supuesto nombre de proporcionar seguridad para Iraq/Afganistán y para la «patria». Según algunas fuentes, ahora el gobierno planea mantener a 47 de estos individuos en custodia indefinida, negándolos la oportunidad de impugnar los alegatos presentados en su contra (probablemente erróneos) o de ser liberados por falta de pruebas.


Conclusión.
Desafortunadamente, la lista podría continuar. Los ejemplos arriba citados no son sino una simple muestra de una interminable crónica de circunstancias en las que el gobierno de los EE. UU. ha sido directamente responsable de negar a otros individuos sus derechos a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.


¿No deberían los EE. UU. disculparse por alguna de las atrocidades mencionadas más arriba? ¿Es posible que su gobierno sea capaz de lavarse las manos de estas acciones tan fácilmente, simplemente declarándolas necesarias para «proteger los intereses de los EE. UU.», «fomentar la democracia» o cualquier respuesta bochornosa por el estilo? ¿Es posible tolerar la ignorancia o arrogancia de los políticos actuales cuando manifiestan que «no debemos disculparnos por los EE. UU.»?


Hay al menos un aspecto que la historia deja absolutamente claro: independientemente de los propósitos establecidos y las justificaciones propuestas, los Estados Unidos de América han sido la causa y el origen de incontables muertes, destrucción y perjuicios. Cuando alguien dice que no debe disculparse por estas manchas en los valores de libertad de su nación, no es sólo un reflejo de su falta de moral, sino también un indicio de que algún día podría tomar parte en atrocidades similares.

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