jueves, 14 de marzo de 2013

Los misiles de agosto (Seymour M. Hersh)



Bobby May, de Marianna, Arkansas, era el prototipo de sureño bonachón y campechano. Sirvió durante dieciocho años como jefe de policía del condado de Lee, en el ángulo oriental del estado, y desde hacía veinticinco años había entablado amistad con Bill Clinton, cuando éste presentó su fallida candidatura para el Congreso. La amistad se mantuvo constante incluso durante los peores momentos; May asistió a una recaudación de fondos con el presidente en Little Rock a finales de julio de 1998, en pleno escándalo de Monica Lewinsky, y contribuyó con diez mil dólares para ayudar a los candidatos del partido demócrata en Arkansas.


Ya como hombre de negocios en búsqueda de inversiones en petróleo y gas natural en África, dio la casualidad de que May se encontrara en Jartum la semana en la que los misiles de crucero estadounidenses Tomahawk destruyeron la planta farmacéutica de AI Shifa, el 20 de agosto de 1998. Viajaba con otro conocido de Clinton, H. H. Brookins, un obispo de la iglesia episcopal metodista africana de Nashville, que estaba interesado en la cuestión de la libertad religiosa en Sudán.


La planta sudanesa, retratada por el presidente en una declaración televisada como una instalación de armamento químico, era uno de los dos objetivos: también se lanzaron Tomahawks contra ubicaciones en Afganistán sospechosas de albergar campos de entrenamiento de terroristas bajo el control de Osama bin Laden, el extremista Saudí que anteriormente había promulgado una fetua haciendo un llamamiento a los ataques contra objetivos militares y civiles estadounidenses. Bin Laden había convocado a sus acólitos a una reunión en los campamentos.


La administración Clinton justificó los ataques con misiles como represalia por los camiones bomba que trece días antes habían destruido las embajadas estadounidenses en Nairobi (Kenia) y Dar es Salaam (Tanzania), matando a doce estadounidenses y a más de doscientos cincuenta africanos. Había «pruebas convincentes», dijo Clinton, de que bin Laden y sus adláteres fundamentalistas islámicos habían participado en los atentados de las embajadas y tenían planes para atacar otros objetivos estadounidenses. Los campos en Afganistán y la planta en Sudán, que había sido relacionada con la red de bin Laden, tenían que ser destruidos, dijo el presidente a la nación, debido a la «amenaza que representaban para la seguridad nacional.»


El aviso fue aún más sorprendente debido al hecho de que, apenas tres días antes, Clinton había realizado su comparecencia ante el gran jurado en relación con el caso Lewinsky. Los ataques con misiles recordaron a los estadounidenses el poder y la importancia de la presidencia estadounidense. Clinton concluyó su comunicado televisado, retransmitido desde Martha’s Vineyard, donde se encontraba de vacaciones, comunicando a la nación que se disponía a volver a Washington «para recibir las últimas informaciones por parte de su equipo de seguridad nacional.» Volvió a hablar esa misma tarde desde el despacho oval, sin agregar demasiada información y, una vez más, retratando los campos de entrenamiento de Afganistán y la planta de Sudán como una «amenaza inminente para la seguridad nacional.» En algún momento de esa tarde, Samuel R. (Sandy) Berger, consejero de seguridad nacional del presidente, aseguró a los corresponsales de prensa de la Casa Blanca que la Administración disponía de información irrefutable «con respecto a la supuesta fábrica farmacéutica en Jartum, de la que sabemos con gran seguridad que está produciendo fundamentalmente el penúltimo producto químico para la fabricación del gas nervioso VX».

 

En aquellas primeras horas después del comunicado de Clinton, Berger y otros altos cargos de seguridad nacional involucrados en la decisión de bombardear —la ministra de asuntos exteriores Madeleine K. Albright, el ministro de defensa William S. Cohen y el general Henry Hugh Shelton, presidente de la jefatura del estado mayor— estaban a todas luces al tanto de que los problemas personales del presidente podrían plantear preguntas sobre los verdaderos motivos de los ataques con Tomahawks. Durante las sesiones informativas televisadas para la prensa, los cuatro cargos hicieron hincapié en el inminente peligro de más ataques terroristas y la necesidad de que los EE. UU. se mostraran firmes; argumentos que inclinaron la balanza para la mayoría de estadounidenses, así como para la mayoría de miembros del Congreso.

 

No obstante, algunos periodistas plantearon la cuestión de si el presidente podría haber utilizado la fuerza militar para distraer la atención de la nación del escándalo Lewinsky. Pero los principales asesores de Clinton insistieron en que los asuntos personales no tenían nada que ver con los ataques Tomahawk. «La única motivación detrás de esta acción del día de hoy era nuestra obligación absoluta de proteger al pueblo estadounidense contra actividades terroristas», declaró el ministro Cohen en una sesión informativa en el Pentágono. «Esa es la única motivación. No se ha tenido en cuenta ninguna otra consideración.»


«Por desgracia, esto es la guerra del futuro,» dijo AIbright. Cuando a Berger le preguntaron sobre la naturaleza de la planta química en Sudán, respondió con seguridad, «Voy a ser muy claro sobre esta cuestión: se trataba de una planta que producía armamento químico, y tenemos pruebas físicas de ello.» La prensa fue informada más adelante de que un operario de la CIA había obtenido una muestra del terreno circundante de la planta de Al Shifa que contenía Empta, un ingrediente clave en la producción del gas nervioso.

Bobby May, que lo estaba viendo por la CNN desde su habitación del Hilton Jartum, estaba convencido de que el presidente y su consejero de seguridad nacional estaban cometiendo un tremendo error. Unos días antes de que fuera bombardeada, había recorrido junto con Brookins la planta de Al Shifa, por la cual habían deambulado sin encontrar restricciones evidentes a sus movimientos, mientras los empleados de la planta empaquetaban y embotellaban los medicamentos. Por supuesto, May no era experto en armas químicas, por lo que no encontró la manera de demostrar que no se estaba fabricando armamento químico en las instalaciones. Con todo, ello no impidió que se quedara atónito al ver la cobertura de la conferencia de prensa del consejero de seguridad nacional. «Estaba tumbado en la cama mientras veía cómo la Casa Blanca describía el lugar como una fábrica de productos químicos fuertemente custodiada,» me dijo May recientemente. «No podía creer lo que estaba oyendo. Había tenido mucha fe en nuestros servicios de inteligencia hasta entonces. No podía entenderlo.»


«Pasé un total de dos meses en Jartum,» en el transcurso de varios viajes, continuó May. «Uno de los lugares adonde los sudaneses les gustaba llevarte era la planta farmacéutica. Era un sitio de interés turístico para ellos.» Eran unas instalaciones típicas para las visitas de grupos de colegios, añadió.


El obispo Brookins, a la cabeza de la iglesia episcopal metodista africana desde mediados de los setenta, había vuelto a Nashville el día antes de los bombardeos. Aunque Brookins, al igual que May, no tenía ninguna experiencia técnica en procesos de fabricación de armas químicas, opinaba que había visto lo suficiente como para estar convencido, después de enterarse de los bombardeos, de que «alguien había cometido un error». Varias semanas más tarde, May y él se pusieron en contacto con la Casa Blanca por separado en un esfuerzo por transmitir al Presidente sus preocupaciones sobre el bombardeo. May incluso lo sacó a colación con un funcionario de Clinton mientras asistía a una recaudación de fondos en la Casa Blanca. No pareció importarle en absoluto a nadie en la Administración.

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