viernes, 12 de julio de 2013

Repensar el Curpillos


La reciente celebración, el pasado 7 de junio, de la festividad del Curpillos o Corpus Chico, ha puesto de manifiesto la decadencia de este tradicional festejo burgalés, que ha perdido todo su significado y su trasfondo para convertirse, con el patrocinio de nuestras autoridades, en un macrobotellón y una competición de vandalismo.

Desde hace bastantes años, cada vez más gente se refiere al «Curpillos» como «El Parral» o «fiesta del Parral». Es decir, que la mayoría de quienes se desplazan hasta allí en esta fecha desconocen u obvian completamente el verdadero motivo de que haya un viernes a primeros de junio en el que los burgaleses dispongamos del día libre. Celebrado por primera vez en el año 1331 y ligado al Monasterio de Las Huelgas y a la victoria de Alfonso VIII en la batalla de las Navas de Tolosa (1212), el Corpus Chico es una fiesta religiosa con motivo de la cual se realiza una procesión y un desfile militar en el que se saca el pendón de las Navas de Tolosa, arrebatado al califa Miramamolín. No fue hasta 1953 cuando el Ayuntamiento de Burgos declaró fiesta local esta celebración, añadiéndose posteriormente la jira del parque de El Parral, a la que los burgaleses acudían con su propia comida y bebida y no se encendían fuegos de ningún tipo. Aún más reciente, aunque para muchos se trate de una tradición tan arraigada e imprescindible como la Semana Santa o el Corpus Christi, es la costumbre de que las peñas instalen sus parrillas y sus barras para que los burgaleses podamos degustar esos chorizos, morcillas, morros, vinos y cervezas que tan sabrosos resultan en un entorno campestre, así como el mercadillo que tiene lugar en el exterior del recinto del parque.


Visto todo lo anterior, ya tenemos los datos suficientes para poder discernir lo que realmente es «tradición» (Curpillos, Las Huelgas, Navas de Tolosa) de lo que simplemente es «típico», «divertido» y, seamos realistas, «pan y circo» para la plebe. Sin embargo, en las últimas ediciones, sobre todo en esta última tan lluviosa, no hemos llegado ni siquiera a eso: el porcentaje de personas que acuden a la fiesta para consumir los productos de las peñas se ha reducido considerablemente, al mismo tiempo que ha aumentado en la misma proporción la cantidad de elementos que se instalan por todo el parque con sus bolsas y carros de supermercado repletos de todo lo necesario para celebrar un señor botellón. De este modo, por un lado el dinero que antes iba a las peñas ahora se lo llevan los supermercados de la zona, y por otro la entrañable jira del Parral se convierte en un macrobotellón en el que los vándalos campan a sus anchas con el beneplácito de las autoridades y con miles de niños como espectadores, dejando cada año un legado de cuarenta toneladas de basura y decenas de peleas, intoxicaciones etílicas, cortes, heridas, fracturas, golpes, contusiones, mareos y lipotimias.

Llegados a este punto, y teniendo también en cuenta la llamada de atención que nuestro Ayuntamiento ha recibido de Patrimonio Nacional debido al pésimo estado de conservación del Parral, es evidente que ha llegado el momento de replantearnos qué futuro queremos para esta fiesta de todos los burgaleses. No me cabe la menor duda de que, tanto los más tradicionales que acuden a la procesión de las Huelgas, como los más partidarios de la vertiente etílico-gastronómica, estarán de acuerdo en que en los últimos años esta celebración está adquiriendo un cariz vergonzoso y lamentable, a la par que insostenible para los presupuestos de las peñas e incompatible con la gestión lógica y coherente que se merece un espacio verde tan bello como el parque de El Parral.


No sé hasta qué punto los responsables de Patrimonio Nacional serán conscientes de que el verdadero propósito del Ayuntamiento de Burgos, empezando por su concejala de medioambiente, Carolina Blasco, es tomarles el pelo y hacer todo lo posible para que las cosas sigan igual (de mal) que los últimos años. Según el último acuerdo firmado entre ambas partes, hay una serie de compromisos que el Ayuntamiento debía asumir «de manera inmediata»:

• Establecimiento de «medidas de vigilancia y control para evitar los botellones y otros usos inconvenientes»: no se ha hecho absolutamente nada al respecto, siguiendo la doctrina de insignes ciudadanos como «Rotten_Kovalenko», «ciudadanoanonimo» o «ana», que desde Diario de Burgos nos aseguran tajantemente que «el parral es para botellones de toda la vida, y punto», que «el botellón del parral es ya una tradición guste o no al resto de ciudadanos, además de impulsar la “ecocomia” [sic]» o que «se hace ahora lo mismo que hace 20 años».


• «Adecuación a la normativa vigente de los asadores»: aquí han entrado los vecinos de San Pedro de la Fuente, asegurando que «merendar a la brasa en El Parral es una “tradición”». La definición de «tradición» según el DRAE es ‘transmisión de noticias, composiciones literarias, doctrinas, ritos, costumbres, etc., hecha de generación en generación’ y ‘doctrina, costumbre, etc., conservada en un pueblo por transmisión de padres a hijos.’ Es decir, que quien quiera preservar las tradiciones del Curpillos, deberá abstenerse de encender brasa alguna y llevar su merienda preparada desde casa, tal como se hizo durante años hasta que se instalaron las parrillas.

• «“Reconstrucción” del muro perimetral y la antigua verja»: estos elementos fueron destruidos por la empresa encargada de la edificación de la Facultad de Económicas. En el caso concreto de la antigua verja de forja que daba la entrada al parque, hubo de ser sustituida después de que la golpeara un camión de las obras de la Universidad. Luego evidentemente no es el Estado, sino el Ayuntamiento de Burgos, la UBU, la empresa constructora… quienes deben hacerse cargo de su «reconstrucción», que no «construcción».


Y es que en Burgos tenemos tantos espacios verdes como en Vitoria (por ejemplo), pero mientras que allí son la capital verde europea porque cuidan sus parques, aquí los destrozamos. Además, probablemente tengamos más zonas verdes que cualquiera de las muchas grandes capitales que se vanaglorian de las suyas: Nueva York y su Central Park, París y sus Jardines de Luxemburgo, Londres y su Hyde Park o Fráncfort y su Friedberger Platz, donde casualmente también se celebra un botellón todos los viernes, aunque con unas características bien diferentes de las que sufrimos por aquí. El motivo o excusa para celebrar este botellón «teutónico» es el mercado de vinos que se celebra cada viernes en esta plaza, donde se ofrecen salchichas en todas sus variedades, frutas, quesos y hasta platos vegetarianos o productos de la huerta traídos por agricultores locales, además de, por supuesto, vino, cerveza y sidra. Lo que comenzó siendo un mercado semanal de especialidades locales, poco a poco ha ido ganando popularidad hasta convertirse en un botellón de los de toda la vida, pero con el matiz que impone la diferencia entre un gobierno local de pandereta como el nuestro y otro serio como el de la ciudad sobre el Meno: para que el mercadillo pueda seguir celebrándose, los asistentes deben abandonar la plaza y recoger todas sus pertenencias a las diez y media de la noche. Para agilizar el procedimiento, la policía aparece puntual a las diez para recordar a los despistados que sean tan amables de recoger sus pertenencias para no importunar a los vecinos. Y ahí comienza un proceso de recogida y limpieza de una hora de duración. Literal. Quien haga la prueba y pase por Friedberger a las once y media jamás encontrará rastro de la que había montada unas pocas horas antes.

Queda clara pues la diferencia con un país civilizado, donde los parques, jardines, instalaciones o infraestructuras se consideran algo propio, patrimonio de todos, mientras que aquí lo vemos como algo ajeno, que no es de nadie. Nuestro comercio, nuestra industria y nuestras infraestructuras son del primer mundo, pero nuestro civismo, nuestro respeto al prójimo y nuestra conciencia social son casi tercermundistas. Y esto no es algo que se reduzca lo «verde», sino que es algo general en nuestra actitud; no hay que alejarse mucho del Parral para ver otro ejemplo significativo en las piscinas de San Amaro, donde el maltrato a las instalaciones hace que parezca mentira que se inauguraran hace sólo dos años.


Con el Parral llevamos al pie de la letra ese lema humorístico que decía «el bosque es de todos, quema tu parte», porque cada día pueden verse decenas de ejemplos de acciones que lo degradan sin necesidad alguna: vehículos a motor circulando y estacionando en su interior, fumadores que arrojan sus colillas encendidas en pleno verano, botellones, fuego a escasos metros de los árboles, celebraciones de cumpleaños y parrilladas tras las cuales nadie recoge los desperdicios, etc.

El caso concreto de los botellones es aún más preocupante si cabe, teniendo en cuenta que entre los grandes grupos de personas que acuden a éstos no hay casi nadie capaz de deducir que, si han traído sus botellas y demás en bolsas de supermercado, lo más sencillo es volver a utilizar esas mismas bolsas para dejar el parque tal como lo habían encontrado, en lugar de arrojarlas por doquier según las van vaciando. No es sólo que no respeten el parque, el medioambiente o el vecindario, sino que ni siquiera muestran la más mínima consideración hacia su propia capacidad de raciocinio, poniéndose en ridículo a sí mismos fin de semana tras fin de semana. Pero claro, según las últimas tendencias en el campo de la psicopedagogía, es mejor dejarles que se «expresen», no vaya a ser que se traumaticen debido a la frustración que supone «reprimir su personalidad». Además, cualquier impedimento que se les pusiera iría en detrimento de sus sacrosantos «derechos» y «libertades».


Y es que en este país cada vez se nos llena más la boca cuando hablamos de nuestros «derechos» (al ocio a costa de todo y de todos, a disfrutar de la Naturaleza como nos venga en gana, a no recoger nuestros desperdicios y que luego vengan otros a hacerlo por nosotros, etc.), pero nadie se acuerda de que para poder convivir en una sociedad plenamente libre, es decir, para poder disfrutar de nuestra libertad y permitir que también lo hagan nuestros conciudadanos, tan importantes son los derechos como los deberes, obligaciones y responsabilidades para con la sociedad y para con el resto de personas. La primera demostración de libertad se demuestra y se expresa con uno mismo: no es libre quien es esclavo de sus instintos primarios ni quien se deja llevar por la voluntad de la masa. No es libre quien derriba un árbol o un contenedor de basura, ni quien destroza la luna de un portal, el buzón de un vecino o el retrovisor de un coche (actos vandálicos habituales con motivo del Curpillos y otros botellones), porque no tiene el suficiente sentido común para reprimir esas pulsiones primitivas y violentas. Tampoco es libre Vicente, que hace lo que le diga la gente, ya sea beber con el único propósito de emborracharse, hacer sus necesidades en la vía pública o violentar el descanso de los vecinos (actos antisociales habituales cualquier fin de semana en invierno y cualquier día de la semana en verano).

Una cometa ejerce su derecho de volar en total libertad gracias a que tiene una obligación, un hilo manejado por la responsabilidad que evita que colisione con el resto de cometas al mismo tiempo que se encarga del deber de utilizar la fuerza del viento para que no se estrelle contra el suelo. En cuanto la responsabilidad suelta la cuerda, o en el momento en que ésta se rompe, la cometa deja de volar o el viento se la lleva a la deriva.

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