lunes, 24 de noviembre de 2014

Una década después del 11S: Somos lo que detestamos



Llegué a Times Square alrededor de las nueve y media de la mañana del 11 de septiembre de 2001. Una gran multitud se había quedado paralizada delante de las pantallas gigantes. En lo alto, por encima de las pantallas, se podían ver las nubes de humo que salían de las dos torres del World Trade Center. Según decían muchos entre la multitud, dos aviones se habían estrellado contra las torres. Salí disparado hacia la redacción del New York Times en el 229 W de la calle 43, cogí unos cuantos cuadernos de notas, me colgué al cuello mi pase de prensa para poder atravesar los controles policiales y tomé la autovía del West Side hacia el World Trade Center. La carretera estaba cerrada al tráfico. Caminé entre corrillos de técnicos de urgencias, policías y bomberos. Los camiones de bomberos, vehículos de emergencia, ambulancias, coches de policía y camiones de rescate estaban al ralentí sobre el asfalto.


La torre sur se derrumbó alrededor de las diez de la mañana con un rugido gutural. Enormes nubes grises de humos nocivos, polvo, gas, hormigón pulverizado, yeso y restos humanos convertidos en arenilla envolvían ondulantes el Bajo Manhattan. El sol quedaba oculto. La torre norte se derrumbó una media hora después. El polvo pendía como un sudario sobre Manhattan.


Entre grupos de policías y bomberos aturdidos y cubiertos de cenizas, me dirigí hacia el lugar donde hasta hace unos minutos se levantaban las torres. Saqué un cuaderno para hacerles alguna pregunta, pero no podían articular palabra. Desolados, negaron con la cabeza y se abrieron paso cuidadosamente con la mano. Para cuando llegué a la zona cero, se había convertido en un paisaje lunar; pisos enteros de las torres se habían derrumbado como un acordeón. Saqué trozos de papel de un piso, y un poco más abajo había papeles de oficinas de treinta pisos más arriba. Pedacitos pequeños de los cuerpos de las víctimas —un pie en un zapato de mujer, un trozo de una pierna, parte de un tronco— yacían esparcidos entre los escombros.


Montones de personas, quizás más de doscientas, se abrían paso entre el humo y el calor para saltar hacia su muerte desde las ventanas rotas. Algunos lo hacían solos, otros en parejas. Parecía como si se turnaran, cada cuerpo que se dejaba caer dando paso al siguiente. Sus últimos actos de individualidad. Caían durante unos diez segundos, alcanzando los 240 kilómetros por hora, muchos de ellos agitando los brazos o moviéndose como si estuvieran nadando. Sus ropas, y en algunos casos sus paracaídas improvisados de cortinas o manteles, se hacían trizas. Se estampaban contra el pavimento con golpes perturbadores y espeluznantes. Bum. Bum. Bum. Lo que más conmocionaba a los testigos eran los ruidos sordos de los cuerpos al chocar contra el suelo.


Las imágenes de los «saltadores» resultaban demasiado espantosas para las cadenas de televisión. Incluso antes de que las torres se derrumbaran, las imágenes de hombres y mujeres cayendo desde las ventajas quedaron censuradas en las transmisiones en vivo. Los periódicos del día siguiente, incluyendo el New York Times, mostraron imágenes aisladas para después proscribirlas. Así se suprimió el suicidio en masa, uno de los elementos cruciales y fundamentales en la narrativa del 11S. Y aún hoy se mantiene oculto a la conciencia pública.


Los «saltadores» no encajaban en el mito que reclamaba la nación. La suerte de los «saltadores» transmitía un mensaje tan profundo y perturbador sobre nuestro propio destino, sobre nuestra insignificancia y fragilidad en el Universo, que hubo que prohibirlo. Los «saltadores» demostraban que hay umbrales de sufrimiento que provocan una aceptación voluntaria de la propia muerte. Los «saltadores» nos recordaron que a todos nos va a llegar el momento final en el que la única opción que nos quedará, en el mejor de los casos, será elegir cómo queremos morir, no cómo vamos a vivir. Y que es posible morir antes de expirar físicamente.


Sin embargo, la conmoción del 11S exigía imágenes e historias de resistencia, redención, heroísmo, valor, abnegación y generosidad, no de suicidios colectivos provocados por la abrumadora desesperación.


En momentos de crisis, los periodistas nos convertimos en clínicos. Recogemos datos, hechos, descripciones e información básica, y realizamos entrevistas tan rápidamente como sea posible. Encajamos esos hechos en narrativas familiares. No creamos hechos, sino que los manipulamos. Hacemos que los hechos se atengan a la imagen que tenemos de nosotros mismos como estadounidenses y seres humanos. Trabajamos dentro de los confines de la mitología nacional. Convertimos el periodismo y la Historia en un refugio contra la memoria. La pretensión de que el asesinato en masa y el suicidio pueden transformarse en un tributo a la victoria del espíritu humano fue la mentira que transmitimos al público ese día y que hemos seguido contando desde entonces. Como dijo el filósofo francés Maurice Halbwachs, el presente cobra sentido solamente a través de la lente del pasado: «nuestra concepción del pasado se ve afectada por las imágenes mentales que empleamos para solucionar los problemas actuales, de modo que la memoria colectiva es fundamentalmente una reconstrucción del pasado iluminada por el presente. La memoria necesita alimentarse constantemente de fuentes colectivas y se sostiene merced a los apoyos sociales y morales.» Esa noche volví a la redacción abriéndome paso a través de los gases emitidos por las llamas del amianto, el combustible de avión, el plomo, el mercurio, la celulosa y los escombros de los edificios. Me senté frente al ordenador intentando escribir y recobrar el aliento. Todavía tenía colgada del cuello la fina mascarilla de papel. Era fácil identificar a quienes habían estado en el lugar de los hechos ese día, porque a todos ellos les costaba respirar. Casi todos nosotros estábamos convulsionados por la conmoción y el dolor.


Sin embargo, no tardaría en producirse otra reacción. Los que habíamos estado cerca de los epicentros de los ataques del 11S estábamos sobre todo afligidos y apenados. Los que se habían quedado a una cierta distancia se dejaron llevar por la creciente jerga nacionalista y los llamamientos a las hostilidades que no tardarían en triunfar sobre la razón y la cordura. El nacionalismo es una enfermedad que tuve la oportunidad de conocer de cerca en mi labor como corresponsal de guerra. Es irreflexivo. Se trata sobre todo de un sentimiento de exaltación. El reverso de la moneda del nacionalismo es siempre el racismo, la deshumanización del enemigo y de cualquiera que parezca cuestionarse la causa. La plaga nacionalista comenzó casi inmediatamente. Mi hijo de once años me preguntó cuál era la diferencia entre los coches que exhibían banderas pequeñas de los EE. UU. y aquéllos en los que ondeaban banderas grandes de los EE. UU. «Cuanto más grande es la bandera, más gilipollas es el que la lleva,» le dije.


Los muertos del World Trade Center, el Pentágono y Pensilvania se utilizaron para bendecir el ansia belicista del Estado. Cuestionarse las prisas por ir a la guerra equivalía a deshonrar a nuestros mártires. Aquellos de nosotros que éramos conscientes de que los ataques tenían un claro origen en los largos años de humillaciones y sufrimiento que Israel había infligido a los palestinos, la imposición de nuestras bases militares en Oriente Medio y las brutales dictaduras árabes financiadas y respaldadas por los EE. UU., nos convertimos en apóstatas. Nos convertimos en defensores de lo indefendible. Como me gritó Christopher Hitchens en el escenario en Berkeley, éramos «los defensores de los terroristas suicidas».


Como muy poca gente se molestaba en examinar nuestras actividades en el mundo musulmán, los ataques se calificaron de incomprensibles por el Estado y sus perros falderos de la prensa. Quienes llevaron a cabo los ataques fueron tildados de miembros de una cultura y una religión primitivas en el mejor de los casos y probablemente maléficas. El Corán —aunque prohíbe tanto el suicidio como el asesinato de mujeres y niños— se describió como un manual para el fanatismo y el terror. Los atacantes personificaban el choque titánico de civilizaciones, la interminable batalla cósmica entre el bien y el mal, entre las fuerzas de la luz y las de la oscuridad. Las imágenes de los aviones estrellándose contra las torres y de los heroicos rescatadores que emergían de los escombros se mostraban una y otra vez. El público se veía inundado con las dolorosas historias de los supervivientes y de las víctimas. Las muertes y el derrumbe de las torres se convirtieron en iconos. Los proveedores de guerra y odio se apropiaron hábilmente de las ceremonias de conmemoración, que se convertían en vehículos para justificar la ley del Talión. Así, tal como aquí habían muerto inocentes, no tardaron en morir otros inocentes en el mundo musulmán. Una vida por otra vida. Un asesinato por otro asesinato. Muerte por muerte. Terror por terror. Si antes mencionábamos las religiones malvadas y primitivas, aquí tenemos el ojo por ojo y el diente por diente como ejemplo.


Los acontecimientos que se desarrollaron en las semanas posteriores a los ataques fueron la vieja y conocida batalla entre la fuerza bruta y la inventiva humana, entre los primitivos instrumentos de violencia y la capacidad para la empatía y el entendimiento. Y la inventiva humana perdió contra una lógica despiadada que no habla el lenguaje del entendimiento. Las bocas y las mentes se llenaron de tópicos vacíos y sin sentido sobre el terror que el Estado nos entregaba. Nos convertimos en lo que aborrecíamos. Las muertes se utilizaban para justificar la guerra preventiva, la invasión, la operación «shock y pavor», la ocupación prolongada, los asesinatos selectivos, las torturas, las colonias penales extraterritoriales, acribillar a familias en puestos de control, los bombardeos aéreos masivos, los ataques con misiles y con vehículos aéreos no tripulados, y las matanzas de docenas de personas inocentes, que pronto serían cientos, después miles, más adelante decenas de miles y finalmente cientos de miles. Ocasionamos montones de cadáveres en Afganistán, Irak y Pakistán, y extendimos el alcance de nuestra máquina de matar a Yemen y Somalia. Beatificando a nuestros muertos, cimentando el miedo y el imperativo de una guerra permanente en la psique nacional, y avivando nuestra humillación colectiva, el Estado llevó a cabo crímenes, atrocidades y asesinatos que empequeñecieron lo perpetrado contra nosotros el 11S. Lo mejor que puede hacer la fuerza es imponer el orden. Nunca puede generar armonía. Y la fuerza estaba justificada, y todavía está justificada por los primeros muertos. Diez años más tarde, estos muertos nos atormentan como el fantasma de Macbeth.


«La primera muerte es la que infecta a todo el mundo con la sensación de estar amenazado,» escribió Elias Canetti. «El papel desempeñado por el primer muerto para avivar una guerra nunca está lo suficientemente valorado. Los gobernantes que quieren desencadenar una guerra saben muy bien que deben procurarse o inventarse una primera víctima. No hace falta que sea nadie importante, e incluso puede ser cualquier persona anónima. Lo único que importa es que haya muerto y que todo el mundo crea que el enemigo ha sido el responsable. Se ocultan todas las posibles causas de su muerte excepto una: su pertenencia al mismo grupo al que pertenece a uno mismo.»


Fuimos incapaces de aceptar la realidad de esta matanza anónima porque ello habría significado sacar a la luz la espantosa verdad de que vivimos en un universo moralmente neutral en el que la vida humana, incluyendo la nuestra, puede apagarse con cualquier caprichoso acto de violencia sin sentido; que no tenemos ningún tipo de protección, ni de Dios, ni del destino, ni de la suerte, ni de las supersticiones, ni del Estado.


Todavía no nos hemos dado cuenta de en qué nos hemos convertido, de la funesta erosión del derecho nacional e internacional y de la absurda pérdida de vidas, recursos y billones de dólares para librar guerras que, en definitiva, nunca podemos ganar. No vemos que nuestros propios rostros se han vuelto tan retorcidos como los de los dementes secuestradores que tomaron por la fuerza aquellos tres aviones comerciales hace una década. No nos damos cuenta de que ha triunfado la retorcida visión de Osama bin Laden de un mundo de violencia y terror indiscriminados. Los ataques nos convirtieron en monstruos, malignos espíritus grotescos, sádicos y asesinos que lanzan bombas sobre aldeas con niños y torturan con ahogamientos simulados a quienes secuestramos, despojamos de sus derechos y encarcelamos durante años obviando su derecho a una tutela efectiva. Nos pusimos a actuar antes de ser capaces de pensar y, como consecuencia, una diabólica ansia de violencia nos atrapó en sus garras.


Podríamos haber tomado otro camino. Podríamos haber construido sobre la profunda solidaridad y empatía que recorrió todo el mundo después de los ataques. Incluso en el mundo musulmán, donde trabajé las semanas y meses posteriores al 11S, la repugnancia que provocaron los crímenes perpetrados hace diez años era casi universal. Si hubiéramos permitido que fueran las agencias de inteligencia y los diplomáticos quienes respondieran a los ataques, podrían haberse abierto posibilidades, no de guerra y muerte, sino en última instancia de reconciliación y comunicación, de reparación de las injusticias cometidas por Israel en Oriente Medio con nuestra aprobación. Pero desperdiciamos la oportunidad. Nuestra brutalidad y nuestro triunfalismo, los subproductos del nacionalismo y de nuestro orgullo infantil, reavivaron el movimiento yihadista. Nos convertimos en la herramienta más eficaz de reclutamiento del movimiento islamista radical. Nos rebajamos a su barbarie. Nos convertimos también en terroristas. El triste legado del 11S es que ganaron los más hijos de puta. En ambos bandos.

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